Por Ronaldo Diaz*

Cuando uno hace un recorrido a través de los primeros siglos de cristianismo, hay algo que inmediatamente llama la atención: existe diversidad en la forma como se expresa la fe. Había quienes creían que la mejor forma de conectarse con lo divino era teniendo una comunidad de fe en medio de una ciudad o pueblo, pero para otros, la mejor forma de experimentar la fe era a apartándose y vivir –prácticamente- en el desierto.  Así también, para otros la experiencia religiosa se vivía a través de la reflexión, de escribir extensos tratados acerca de lo que es y no es la fe cristiana, pero para otros la fe se vivía mejor a través de caminar muchos kilómetros anunciando el evangelio.

Esto es un poco lo que pasa con muchas denominaciones cristianas. Cada una de ellas son formas de expresar la fe las cuales, mientras se mantengan dentro de cierto marco, son absolutamente válidas: quien pertenece a la rama pentecostal, lo más probable es que le dará más énfasis a la experiencia mística como la forma de experimentar la fe. Así también, quienes se identifican como bautistas, lo más probable es que darán un mayor énfasis al estudio y racionalización de los escritos sagrados como la forma más apropiada de experimentar la misma.  No es mi intención hacer un análisis de todas las expresiones que hoy existen en la fe cristiana; para nada, sino que humildemente me gustaría llevarlos a hacer una reflexión sobre el cómo nuestras comunidades de fe están experimentando  el acontecer político.

Hace no tantos años, para una parte importante de las iglesias cristianas evangélicas del país, el que algunos de sus miembros participara en política era visto como una actividad que iba contra los valores que esta religión creía, defendía y predicaba. Hoy, esa visión negativa de la política está cambiando, y también lo que se entiende por política; ya no se trata solo de hermanos y de hermanas que participan en algún partido político, también son hermanos y hermanas que participan en grupos intermedios, asociaciones, sindicatos, grupos de discusión, organizan marchas, etc.

Pese a lo anterior, planteo mi preocupación por un giro que está tomando la incursión de cristianos en política: se están formando polos entre los hermanos y hermanas que quieren participar en política, en cuanto a que ya no se trata de la disputa planteada en la primera parte del párrafo precedente, sino acerca de cómo se debe enfrentar la cuestión política.

Sí, hemos dado un paso y ahora estamos de acuerdo que debemos participar e involucrarnos en los temas públicos, pero ¿cómo lo hacemos? ¿Habrá que seguir el cauce institucional participando en elecciones y aspirando a escaños de elección popular? ¿O habría que tomar las calles y resistir todo lo que sea institucional? Dos planteamientos válidos a los que califico como continuistas y rupturistas, respectivamente.

En este punto es que quiero aclarar que no creo que la tensión sea mala, y sería infantil pedir que estas ya no existieran; sino que mi planteamiento apunta hacia cuando no sabemos cómo lidiar con ella.  Quienes optan por salir a marchar y creen –legítimamente- que esa es la forma de llevar adelante los cambios que el país necesita, muchas veces critican duramente –y creo que en muchos casos injustamente- a quienes quieren optar por la vía más institucional, ya que según he escuchado se  “venden a un sistema corrupto”, “solo quieren robar plata” y “tener poder”.

Quienes están dispuestos a participar en elecciones, siguiendo un cauce más institucional,  muchas veces bajo los pactos electorales de los aporreados partidos políticos chilenos, critican a quienes son rupturistas dado que “solo critican” y “no aportan nada”, y “en muchos casos ni siquiera optan por sufragar”, y “mucho menos han sido candidatos a un escaño”. Y a todo lo anterior hay que sumar los argumentos teológicos que cada postura tiene, con lo cual tienes dos grandes temáticas para hablar en la mesa después del almuerzo familiar: “política” y “religión”.

Pese a lo anterior, creo que ambas posturas equivocan en omitir algo fundamental: ambos se necesitan. Sí, en una sociedad polarizada es difícil ver los matices porque cada parte nos quiere mostrar solo su color, pero creo que hoy lo más sano es ver el matiz.

Por una parte, lo político, nuestra sociedad y como humanos, necesitamos que ciertas cosas prevalezcan, necesitamos estabilidad, necesitamos caminos que otros han andado y que sabemos que son seguros. Sin embargo,  por otra parte, es cierto que  no podemos vivir pensando que todo lo que se ha establecido y que todo lo que se ha dicho, tiene que seguir siendo así porque sí.

Nadie puede decir que algo es inmejorable, pero también es inviable vivir desarmando todo cuando a alguien, o a algún grupo no le guste. Por ello es que sostengo que en los extremos está el peligro, y al extremo es hacia donde nos quieren llevar ciertos grupos.

Tengo la convicción, que para bien o para mal, el camino del cristianismo, es un camino de tensión; no es un camino de prender fuego al imperio y descabezar al emperador, pero tampoco es un camino que se rinde al imperio.

Es un camino mejor.

Creo que esto se puede llevar a todas las aspiraciones legítimas que tienen nuestras hermanas y hermanos por participar en política, hay quienes tendrán razón cuando identifiquen que ya no hay cauce institucional que pueda resolver algún asunto importante, y por lo tanto, habrá que dar paso a algún movimiento no tan estructurado que pueda sacar a colación alguna problemática importante, pero también hay que reconocer que hay problemáticas a las cuales se le podrá dar una mejor solución a través de cauces institucionales.

Hoy estamos ad portas de una elección municipal en la cual se están presentando muchos candidatos provenientes del mundo cristiano evangélico, de todas la denominaciones, de diferentes espectros políticos. He tenido el honor de conocer personalmente  a muchos de ellos; y es cierto, tal vez no tienen las mejores campañas, no tienen los mejores eslogans, y por supuesto, no tienen la mayor cantidad de recursos monetarios y humanos para sacar adelante sus campañas. Pese a lo anterior, estoy seguro de algo: tienen el deseo de servir, tienen el deseo de aprender, tienen el deseo de ganar y hacer algo diferente por sus comunas.  No, no son personas que quieren transformar sus municipios en iglesias, no son personas que quieren transformar los concejos municipales en cultos.

En este punto es necesario hacer un llamado a dejar de lado la ignorancia, la cual lleva a los prejuicios y a la difamación. No, la política no te hace malo; no, la política no te hace corrupto; no, la política no te hace ser deshonesto; no, la política no te hace ser mentiroso; así como tampoco el cuchillo en si es  el culpable del asesinato. En este sentido, la política puede ser utilizada  para fines mezquinos; pero es eso, se utiliza. Así también, el participar en una marcha es hacer una manifestación política, en cuanto a que cuando marchas estas expresando que “estás en política” y que te interesan las cosas de la polis, cuando opinas sobre lo que pasa en tu comunidad, estás haciendo una acción política; por algo alguien hablaba del humano como un zoon politikón; no te puedes deshacer de ella, no la puedes dejar de lado, pero si la podemos manifestar de diferentes maneras.

No creo que tengas que votar por alguien por el puro hecho de ser cristiano, y sé que lo ideal sería poder escuchar las propuestas de cada candidato y poder llegar a una decisión informada, pero lamentablemente la forma en la cual se gestan estas elecciones dificulta mucho el que cada candidato pueda pasar por cada casa tomando un tacita de café con cada ciudadano.

Sin embargo, creo que todos podemos estar de acuerdo en que dar una oportunidad a alguien que tiene un anhelo que no representa un perjuicio terrible para la comunidad no será algo catastrófico. Es cierto, tal vez ese hermano y esa hermana no te ha ofrecido todo un plan de gobierno para la comuna, tal vez no tienen un tremendo equipo de gente al cual pueden acudir. Pero tal vez son buenos padres y madres, son buenos hijos, son buenos esposos y esposas, son buenas vecinas y vecinos, son buenos miembros en sus comunidades de fe, son buenos empleados y son buenos jefes.

Estoy convencido que el apoyar a un hermano y a una hermana para que pueda llegar a ocupar un cargo de elección popular es una decisión que va en la dirección correcta; es cierto, tal vez no compartes algunos que otros puntos con él, pero debemos reconocer que está trabajando para abrir una puerta que ha permanecido cerrada  durante muchas décadas a muchos ciudadanos.

Para terminar, me gustaría hacer referencia a un argumento cuasi poético que he leído en muchos posts en blogs, ensayos y comentarios en facebook que apuntan a decir que el querer iniciar una carrera política es similar a hacerse parte del Imperio, hacerse parte de aquello que los primeros cristianos resistieron. Sinceramente, creo que tal afirmación no tiene cabida en el contexto de una democracia; es cierto, está un poco coja, a veces se ve fea y muchas veces la cuestionamos, pero creo que nadie en su sano juicio podría negar que está a años luz de ser similar a lo que era el Imperio en Roma. Pero también hay que reconocer que muchas veces los estados se comportan como imperios, pero no todo estado funciona de la misma forma, y no todo cristiano que inicia una carrera política se está rindiendo a la gran bestia (el que lee, entiende).

Recuerdo que hace unas semanas nos reunimos con un grupo de candidatos, y hay de todo; más a la izquierda, más a la derecha, de aquella denominación, de esa otra denominación, de aquellos que hablan en lenguas extrañas y de aquellos que ven con dudas a esas personas que hablan en esas lenguas. Pero ahí estábamos, creyendo que hay algo más grande que los partidos, que las denominaciones y definiciones doctrinales, hay algo que nos impulsa y que trasciende todo lo que pasará: Jesús, el Cristo. Y espero, sinceramente hermano y hermana rupturista, que podamos encontrar junto a los hermanos y hermanas continuistas, esa unidad y complementariedad, dejemos atrás los prejuicios y la ignorancia, y andemos con gozo aquel camino estrecho y angosto, el cual finalmente lleva a la vida.

*Cientista político por la Universidad Diego Portales. Evangélico.

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