Nota contextual

El pastor Guillermo Castillo Moraga, nació en Cauquenes el 23 de enero de 1880. Experimentó su conversión a los 18 años y fue uno de los precursores de la experiencia pentecostal en el Avivamiento de 1909. Fue ayudante del Pr. Willis Hoover y, posteriormente, ordenado pastor en octubre de 1910, teniendo como primer lugar de trabajo ministerial la ciudad de San Fernando. Desempeñó su tarea ministerial, también, en Quillota, posibilitando la apertura de nuevas obras en Calera, Llay-Llay, Los Andes, Cabildo, entre otras. En mayo de 1936 asumió como segundo superintendente de la Iglesia Evangélica Pentecostal, sucediendo en dicha función al Pr. Hoover. Es destacable su aporte en el desarrollo de estudios bíblicos, preparando a candidatos al ministerio pastoral, como fortaleciendo los conocimientos de los pastores ya ordenados, lo que puede ser relevado en el documento que ponemos en la palestra. Falleció el 7 de marzo de 1949[1].

La publicación del documento que compartimos acá, corresponde a una carta abierta que apareció en “Fuego de Pentecostés”, órgano oficial de la Iglesia Evangélica Pentecostal, en julio de 1938[2]. La coyuntura electoral que deriva en que la primera magistratura del país sea asumida por Pedro Aguirre Cerda, es, en lenguaje literario, el clímax de un proceso político sumamente álgido, bisagra de lo que ocurre entre 1924-1938 y 1938-1973. El período 1925-1938 estuvo marcado por una serie de demostraciones de fuerza, a modo de golpes de estado, generando condiciones de inestabilidad en el país (el producto más estable es la Constitución de 1925). Entre 1932 a 1935, se produce en el país la instalación del fenómeno de “polaridad”, conocido como la “política de los tres tercios”, que busca el desarrollo de coaliciones amplias y policlasistas, de las cuales el Frente Popular es su máxima expresión. El Partido Radical, con un peso electoral importante, se abre a la posibilidad de establecer una relación estratégica con el Partido Socialista y el Partido Comunista, a la que muy interesantemente, Aguirre Cerda se oponía inicialmente dentro del radicalismo. Pero, la finalidad de derrotar a Gustavo Ross Santa María, Ministro de Hacienda y “delfín político” de Arturo Alessandri Palma en su segundo período presidencial, aparejó el camino para el acuerdo.

Las elecciones realizadas el 30 de octubre de 1938, fueron antecedidas por un hecho dramático, a saber, la “Matanza del Seguro Obrero”. El 5 de septiembre de dicho año, jóvenes del Movimiento Nacional Socialista, intentaron hacer un golpe de estado a Alessandri, disparando al Palacio de la Moneda desde la Universidad de Chile y el edificio del Seguro Obrero (hoy, sede del Ministerio de Justicia). Los jóvenes nazis, a los cuales no se les unieron destacamentos militares, fueron reducidos y reunidos en el edificio del Seguro Obrero donde fueron masacrados. 58 jóvenes murieron en la ocasión. El gobierno, a su vez, propició el encarcelamiento de Jorge González von Mareés, diputado por Santiago y líder del MNS, junto a Carlos Ibáñez, expresidente y candidato a un segundo período. Ambos llamaron a votar por Aguirre Cerda, llevando a una cuestión inédita: una alianza antifascista ganaría en Chile con votos nacionalsocialistas. Aguirre Cerda obtuvo en dicha elección un 51,01% de los votos, Ross un 48,97% e Ibáñez un 0,02%[3].

Ese es el contexto en el que emerge la carta del Pr. Castillo. Se estaba frente a uno de los procesos eleccionarios más complejos dados en el Chile del siglo XX. Es allí donde emerge la voz de un pastor, nada más y nada menos, que del Superintendente de una de las dos iglesias pentecostales mayoritarias del país. Con ello, el Pr. Castillo rompe el lugar común de los pentecostales como sujetos inmersos en una dicotomía férrea entre iglesia/mundo, o en una versión mucho más elaborada, como “refugio de las masas”. Aquí no vemos un llamado a la apoliticidad ni tampoco, la “pastorlatría” que ha caracterizado a líderes cooptadores dentro del mundo evangélico chileno, sobre todo cuando han intentado cubrir con un manto de cristianismo sus reales convicciones políticas. Resulta interesante, además, que en dicha coyuntura electoral se propició la precandidatura a la presidencia de Genaro Ríos, fundador en 1933 del Ejército Evangélico de Chile, y destacado músico pentecostal, en una “alternativa socialcristiana de izquierda”[4], quien luego adhirió a la candidatura de Ibáñez, y luego de la matanza del Seguro Obrero, apoyó al Frente Popular. En el contexto de la precandidatura, algunos medios periodísticos motejaban a Ríos como el candidato de los pentecostales. Es frente a ello, que Castillo se posiciona buscando el “resguardo de los sanos principios de pureza cristiana que sustentamos, basados en la fe de Jesús los que deseamos mantener por sobre todas las cosas”[5]. Además, el Pr. Castillo dirá que “nos vemos en la necesidad de DECLARAR que la obra que presido no se mezcla en política, y por lo tanto, no se mantiene ninguna vinculación con partidos políticos o combinaciones de esta naturaleza”[6]. Aquí no se discute lo que el cristiano miembro de la Iglesia Evangélica Pentecostal realiza en la sociedad, sino lo que la IEP realiza como institución. Esa institución, en palabras del Superintendente, no coarta la conciencia y el quehacer que todo cristiano debe realizar fuera de los muros de sus templos.

La ausencia de cooptación, paternalismo y por sobre todo la promoción de actos de libre conciencia de los creyentes, son dignas de relevar en una nueva coyuntura electoral, tan marcada por los llamados de líderes evangélicos a posicionarse por “alternativas genuinamente cristianas”, que a la sazón no existen. El llamado del Pr. Castillo a que los cristianos no nos comprometamos “con ningún candidato político, a menos que sea de nuestra confianza, pero en todo caso individualmente y no exigiendo a otros miembros que lo hagan”, puede resultar fructífero para nuestra relación actual con la política y, por supuesto, con nuestros hermanos en las comunidades en las que servimos al Dios Todopoderoso.

Sabemos las limitaciones de los documentos. Ellos no son fuentes de las que emana el conocimiento como dirían los positivistas. Tampoco son argumentos de autoridad, que puedan ser esbozados para dirimir discusiones. Son huellas del pasado, que nos permiten junto a la pesquisa de otras huellas, proporcionarnos por la vía del análisis reconstructivo e interpretativo, una o más miradas respecto de la acción de los sujetos en el tiempo y el espacio, como también, posibilitan preguntas respecto de nuestro presente. Si las palabras del Pr. Castillo abren preguntas, nos damos por satisfechos con esta transcripción.

Luis Pino Moyano, Licenciado en Historia[7].

Carta abierta a los pastores, obreros y miembros de nuestras iglesias

Algunos hermanos de distintas iglesias me han preguntado qué actitud deberíamos asumir los Evangélicos Pentecostales en la política. Sin tomar en cuenta otras opiniones al respecto, la mía propia es que, debemos cumplir con los deberes cívicos que las leyes establecidas nos exigen como ciudadanos, pero, del modo que se encuadre siempre al espíritu de la Palabra de Dios, esto es individualmente, según el dictado de nuestras conciencias.

La Palabra del Dios Santo, nos manda: “Dar al Cesar lo que es de Cesar, y a Dios lo que es de Dios”, es decir, lo que a cada cual le corresponde, siempre haciéndolo en rectitud y limpieza. Nosotros los cristianos no debemos comprometernos con ningún candidato político, a menos que sea de nuestra confianza, pero en todo caso individualmente y no exigiendo a otros que lo hagan.

No debemos recibir un centavo por nuestro voto. Hacerlo es cohecho, penado por las leyes del país y por la Palabra de Dios, código de nuestra fe cristiana a quien debemos absoluta obediencia. El salmo 15 nos da una clara luz sobre este importante asunto, y el Señor Jehová por conducto de Moisés nos dice en Éxodo 23:8: “no recibirás presente (regalo): porque el presente ciega a los que ven, y pervierte las almas justas”.

El apóstol San Pablo nos recomienda que como cristianos debemos levantar manos limpias, esto es dirigirnos a Dios en oración, sin contaminación, ni reprensión de conciencia. Debemos también orar a Dios para que nuestro país sea guardado de todo mal, nos libre de derramamiento de sangre, y que la protección divina sea con todos los que lo componen. Debemos orar en particular por los que dirigen los destinos de la nación, para que obren con rectitud y equidad y mediante su ayuda puedan solucionar los problemas graves que nos afectan directamente a nosotros.

Esta es la enseñanza que doy en mi propio campo y lo recomiendo a todos los amados hermanos en todo el país. Si hacemos esto, veremos días mejores mediante la ayuda de nuestro Dios.

Vuestro hermano en Jesús.

Guillermo Castillo, Superintendente.

*Pastor Superintendente de la Iglesia Evangélica Pentecostal (1937-1949)

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Originalmente publicado en la revista Fuego de Pentecostés N° 117, Santiago, Julio de 1938. Transcripción de Luis Aránguiz Kahn. Documento facilitado por Manuel Alveal Vera.

Notas

[1] Datos biográficos disponibles en http://www.corporacionsendas.cl/biografia_castillo.php (revisado en octubre de 2017)

[2]  Guillermo Castilo. “Carta abierta”. En: Fuego de Pentecostés. Nº 117, Santiago, julio de 1938, p. 8. Agradecemos a Manuel Alveal, quien nos facilitó este documento desde su hemeroteca personal.

[3] A quienes les interese ampliar su mirada sobre este proceso, sugiero la lectura de: Sofía Correa et al. Historia del siglo XX chileno: Balance paradojal. Santiago, Editorial Sudamericana, 2001, pp. 123-128; Tomás Moulian. Fracturas. De Pedro Aguirre Cerda a Salvador Allende (1938-1973). Santiago, LOM Ediciones, 2006, pp. 23-55.

[4] Juan Ortiz. Genaro Ríos Campos. De circense a Pastor, creador del canto pentecostal. En: http://www.sendas.cl/biografias/genaro-rios/ (revisado en octubre de 2017).

[5] “Declaración”. Fuego de Pentecostés. Op. Cit. La breve nota aparece firmada por “El Superintendente”, es decir, Guillermo Castillo.

[6] Ibídem.

[7] En la transcripción se tuvo en cuenta la revisión y actualización de la ortografía acentual, con la finalidad de no generar distractores en la tarea lectora.

3 COMENTARIOS

  1. […] ¿Cuál es la diferencia entre pentecostalismo y cristianismo pentecostal? Mi tesis es que el cristianismo pentecostal es cautivo del pentecostalsimo. Si hoy vemos iglesias pentecostales predicando errores teológicos como el despreciable evangelio de la prosperidad, que demonizan al pobre, que prefieren la política corrupta en lugar del servicio al prójimo, eso es porque los pentecostales han olvidado que antes de ser pentecostales, son cristianos. Como dice el pastor Samuel Lee, es como si hubiese ocurrido un secuestro. Cuando perdemos el corazón cristiano, entonces simplemente nos queda el “pentecostalismo” como lo ven muchos hoy. Ese estereotipo de iglesias con pastores enriquecidos al que la sociedad no tiene reparo en asociar con enriquecimiento ilícito, de personas que prefieren atacar al prójimo visceralmente antes que conocerlo, amarlo e invitarlo a conocer el amor de Dios, o de personas que simplemente votan como les ordena su autoridad religiosa. […]

  2. […] El superintendente de la Iglesia Evangélica Pentecostal, Guillermo Castillo, en 1938 afirmaba que: “debemos cumplir con los deberes cívicos que las leyes establecidas nos exigen como ciudadanos, pero, del modo que se encuadre siempre al espíritu de la Palabra de Dios, esto es individualmente, según el dictado de nuestras conciencias. Nosotros los cristianos no debemos comprometernos con ningún candidato político, a menos que sea de nuestra confianza, pero en todo caso individualmente”. […]

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