Ku Klux Klan, grupo cristiano racista, es recibido en el servicio de una iglesia bautista en Portland, Oregon, 1922. (Oregon Historical Society, OrHi 51017.) Imagen tomada de: https://eji.org/history-racial-injustice-racial-segregation-in-church

Por Peter Leithart*

El Siguiente artículo es más bien una breve reseña de Peter Leithart al libro The Black Roots and White Racism of Early Pentecostalism. Nos ha parecido relevante publicarlo, primero, porque destaca la fuerte unidad interracial que demostró en sus inicios el movimiento pentecostal. Pero, en segundo lugar, en vista del resurgimiento de los sentimientos de racismo en Chile a causa de la inmigración. Desafortunadamente, el movimiento pentecostal no logró perpetuar dicha unidad, y este puede ser un momento para volver a reflexionar sobre el problema del racismo.

Elvis Castro Lagos

Espíritu de segregación

El Avivamiento de la Calle Azusa que detonó el movimiento pentecostal estuvo acompañado de un estallido de reconciliación racial. Un visitante anglicano quedó asombrado:

«Fue algo muy extraordinario que pastores blancos del sur estuvieran dispuestos y entusiastas por ir a Los Angeles adonde los negros a tener comunión con ellos y recibir a través de sus oraciones e intercesiones la bendición del Espíritu. Y era aun más asombroso que estos pastores blancos volvieran al sur e informaran a los miembros de sus congregaciones que habían estado juntos con los negros, que habían orado en un Espíritu y habían recibido la misma bendición que ellos» (citado en Iain MacRobert, The Black Roots and White Racism of Early Pentecostalism, 56).

MacRobert continúa: «Mattie Cummings informó que en Azusa “todos eran iguales, no importaba si uno era negro, blanco, verde o gris. Había un maravilloso espíritu. Alemanes y judíos, blancos y negros, comían juntos en la pequeña cabaña en el fondo. Nadie pensó alguna vez en el color”. Cuando la congregación en la Calle Azusa se organizó como la Apostolic Faith Gospel Mission, los doce ancianos estaban conformados por tres negros y nueve blancos, de los cuales cinco eran hombres y siete mujeres. Las barreras de raza y sexo se habían roto tanto en el púlpito como en las bancas» (56).

William Seymour, cuyo ministerio detonó el avivamiento, escribió: «Nuestros hermanos de color deben amar a nuestros hermanos blancos y respetarlos en la verdad, de manera que la palabra de Dios pueda moverse con libertad, y nuestros hermanos blancos deben amar a sus hermanos de color y respetarlos en la verdad de manera que el Espíritu Santo no sea entristecido» (citado en p. 68).

Esto no duró.

De visita en la Calle Azusa en Octubre de 1906, a Charles Fox Parham no le gustó lo que vio. Le causó repulsión que los «blancos imitaran los bobos y crudos negrismos del sur, y lo atribuyeran al Espíritu Santo» (citado en p. 60). Más tarde, al escribir sobre el «animalismo» de las reuniones, dijo: «He visto reuniones donde todos se abarrotan en torno al altar, y apoyados unos en otros como cerdos, blancos y negros mezclados. Esto debería bastar para ruborizar de vergüenza a los demonios, por no hablar de los ángeles, y, no obstante, todo esto se le atribuía al Espíritu Santo» (ibíd.).

El racismo no era accidental en la perspectiva de Parham. Él creía que las razas arias descendían de los hijos de Israel; los sajones son «hijos de Isaac». Él esbozaba la constitución racial-religiosa de la humanidad en estos términos: «Los descendientes de Abraham son los hindúes, los japoneses, los altoalemanes, los daneses (tribu de Dan), los escandinavos, los anglosajones y sus descendientes en todas partes del mundo. Estas son las naciones que han adquirido y retenido salvación experimental y profundas verdades espirituales. En tanto que los gentiles —los rusos, los griegos, los italianos, los bajoalemanes, los franceses, los españoles, y sus descendientes en todas partes— son formalistas, quienes raramente obtienen el conocimiento y la verdad descubierta por Lutero: la de la justificación por fe o la verdad enseñada por Wesley, la santificación por fe. En tanto que los paganos —la raza negra, la raza morena, la raza roja, la raza amarilla— a pesar del celo y el esfuerzo misionero, casi todos todavía son paganos. Pero en el amanecer de la era venidera serán dados a Jesús como herencia» (61).

Durante la década de 1920, Parham escribió y predicó para organizaciones abiertamente racistas (62).

Parham era una aberración, pero un indicio de la dificultad de mantener la visión interracial inicial de William Seymour para el movimiento. La división racial ocurrió más sutilmente. Cuando William H. Durham tomó el mando de la misión durante la ausencia de Seymour en 1911, encendió una controversia teológica concerniente a la santificación. Para el momento de su muerte en 1912, había dividido el movimiento, no solo teológica sino racialmente:

«Para entonces, sus posturas contenciosas y sectarias habían dividido el movimiento pentecostal. En cuanto a la cuestión de la santificación no había cabida para el diálogo. Él condenaba y ridiculizaba las creencias de sus opositores. Para él, la glosolalia era la única evidencia de que una persona había recibido el Espíritu Santo. Seymour, por su parte, aunque aceptaba la glosolalia como la evidencia inicial, creía que solo era una de las manifestaciones del Espíritu. Aunque Seymour procuró continuamente un movimiento multirracial, Durham lo rechazó y formó un movimiento dominado por blancos» (63).

Durham era solo el primero: «Tarde o temprano, todos los líderes pentecostales blancos se separaron de Seymour y Azusa. Sus justificaciones para hacerlo variaban con el momento de su separación, pero finalmente los blancos se apartaron de Seymour y sus orígenes religiosos negros, y el sueño de Seymour de igualdad y comunión interracial quedó hecho trizas» (64).

Hacia 1914, la Iglesia de Dios en Cristo se había convertido en el centro del pentecostalismo negro, mientras que las Asambleas de Dios eran una iglesia de predominio blanco. MacRobert concluye que la raza desempeñó un rol en casi todas las divisiones del movimiento pentecostal (66).

*Teólogo por la Universidad de Cambridge, autor y pastor de la Iglesia Presbiteriana en América (PCA).

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Originalmente publicado en Patheos, 2018. Traducción y comentario de Elvis Castro Lagos.

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