Por Katia Shtefan*

En el pentecostalismo, se suele creer que las iglesias más antiguas no enfatizan lo suficiente el papel del Espíritu Santo en el desarrollo del creyente y de la Iglesia en general. De hecho, muchos atribuyen la falta de fe que reina en el mundo actual a la incapacidad del ser humano y de las instituciones humanas (incluidas las iglesias) a reconocer y valorar la presencia del Espíritu. Se lamenta la pérdida del fervor de la primera iglesia, del fuego que recibieron los apóstoles el día de Pentecostés y que les inspiró a esparcir la fe por todo el mundo. El pentecostalismo surgió justamente para recuperar esa fe inicial.

Sin embargo, muchos desconocen que existe una iglesia que ha tratado de mantener esa fe a lo largo de los siglos, desde los tiempos apostólicos, y que por eso mismo se llama “ortodoxa”. En griego, la palabra “ortodoxa” significa la doctrina o adoración (doxa) correcta (orto). Es decir, la meta de la Iglesia Ortodoxa es glorificar a Dios tal como enseñó Jesús junto a sus apóstoles. ¿Cómo ha preservado entonces esta iglesia la presencia del Espíritu Santo?

Cincuenta días después de la Pascua de Resurrección, los ortodoxos, tal como los demás cristianos, celebran el día de Pentecostés. Es considerada una de las doce fiestas grandes de la Iglesia, junto a la Pascua, la Navidad, la Epifanía y varias otras. Tal como estas otras fiestas más conocidas, Pentecostés tiene varios significados para los ortodoxos. Se considera tanto la fecha del nacimiento de la Iglesia como una afirmación de la Trinidad. Según el tropario o himno principal de la fiesta, al descender en forma de lenguas de fuego, el Espíritu Santo da a los Apóstoles, meros pescadores, la “sabiduría” necesaria para “conquistar el universo”, es decir, para evangelizar a otros pueblos. Además, esta revelación del Espíritu confirma su presencia en el mundo y en la divinidad trina. En esa unidad entre Padre, Hijo y Espíritu Santo se basa la unidad de la naciente Iglesia. Así lo aclara otro himno llamado el kontaquio: “Cuando el Altísimo descendió y confundió las lenguas, Él dividió las naciones. Mas cuando distribuyó las lenguas de fuego, llamó a todos a la unidad. Por lo tanto, unánimes, glorificamos el Santísimo Espíritu”. Por lo tanto, Pentecostés deshace la división lingüística y espiritual que se produce en la Torre de Babel, llamando a todos a la misma unidad que comparten el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El lunes posterior a Pentecostés, que siempre se celebra un domingo, es el Día del Espíritu Santo y el siguiente domingo es el Día de Todos los Santos, de todos los que realmente han adquirido ese espíritu.

Pero si tal es la importancia de esta fiesta para la Iglesia Ortodoxa, se podría preguntar, ¿por qué no enfatiza más en su teología y ritos este actuar particular del Espíritu Santo, es decir, el fenómeno de la glosolalia? O bien, ¿por qué no enfatiza otros dones del Espíritu, como la sanación, la profecía y otros tipos de visión? Desde una perspectiva pentecostal o carismática en general, esto es precisamente lo que hace falta en confesiones tradicionales como la ortodoxa. ¿Qué papel juega entonces el Espíritu Santo en la Iglesia Ortodoxa?

La mejor y más simple expresión de la teología ortodoxa son sus oficios. Tal es el caso del Espíritu Santo. Todos los oficios ortodoxos, por más cortos que sean, empiezan con una invocación del Espíritu Santo. La oración que siempre se lee es: “Oh, Rey Celestial, Paráclito, Espíritu de Verdad, que estás en todas partes, y llenas todas las cosas. Tesoro de todo lo bueno, y dispensador de la vida; ven y mora en nosotros, purifícanos de toda mancha y salva nuestras almas, oh Bondadoso”. Esta oración nos entrega mucha información básica sobre el Espíritu Santo: es rey tal como Dios Padre; está en el cielo, pero también lo llena todo; nos consuela (paráclitos en griego); nos purifica y salva como fuente de todo lo bueno, incluyendo la verdad y la vida misma, y es por eso que Dios anima al primer hombre con un soplo divino (Gén. 2:7). Por ende, el Espíritu Santo puede y debe vivir en nosotros. Eso es finalmente lo que se busca aquí: empezar la oración con una inspiración divina para glorificar a Dios y recibir su ayuda. De hecho, es común entre los ortodoxos rezar esto antes de cualquier acción importante en la vida.

A pesar de esta clara omnipresencia, los ortodoxos creen que uno recibe el Espíritu Santo en su plenitud solo en los sacramentos, sobre todo el bautizo. El nuevo fiel recibe el Espíritu no solo a través del agua bendita en la que se sumerge, sino también a través del santo crisma y la comunión, porque se unen tres sacramentos: el bautizo, la crismación y la primera comunión.

La crismación, conocida como confirmación en la Iglesia Católica, es en realidad bastante diferente de su equivalente romano. El crisma[1] (ungüento en griego) es un aceite bendito con muchas especies aromáticas preparado por los patriarcas (los obispos principales de la Iglesia Ortodoxa) una vez al año, durante la Semana Santa. Se prepara según las instrucciones en Éxodo 30:22-33, pero, a diferencia de ese texto, se usa para bendecir no solo el templo, sino también a las personas. Durante la crismación, untando un pincel en este aceite, el sacerdote ortodoxo dibuja una cruz en varias partes del cuerpo del bautizado, diciendo cada vez, “el sello del don del Espíritu Santo”. Es lo mismo que se hace en el sacramento de la unción, que no es extrema para los ortodoxos, sino que aplica a todos los enfermos de cuerpo o alma. Por eso, la unción se da no solo en casos particulares, sino también cada sábado en la vigilia, un oficio de preparación para la divina liturgia (misa) del domingo.

Entonces, después de bautizarse y crismarse, el nuevo fiel está listo para recibir por primera vez el cuerpo y la sangre de Cristo. Estos tres sacramentos marcan el renacer del creyente, el comienzo de su nueva vida espiritual. Por eso, el obispo griego de Pittsburgh, Maximos Aghiorghoussis, quien es conocido por sus obras sobre el Espíritu Santo, dice, “Para los cristianos ortodoxos, el bautizo es nuestra Resurrección Pascual personal y la crismación es nuestro Pentecostés personal, la habitación en nosotros del Espíritu Santo”[2].

Se espera que al participar en la vida de la Iglesia, la persona mantenga vivo dentro de sí el Espíritu que recibe ese día. Eso significa no solo asistir a los oficios y actividades sociales de la Iglesia, sino además y sobre todo participar en los sacramentos, como la comunión, la confesión y la unción. Los ortodoxos creen que el Espíritu Santo nunca abandona a quien lo ha recibido, por más pecados que cometa después. Como indica el Obispo Kallistos Ware[3] al comparar la perspectiva de varios santos padres  de la Iglesia Ortodoxa, el Espíritu sigue presente en la persona aunque ésta no lo sienta. De hecho, el creyente suele adquirir conciencia de Él solo con el tiempo y las tribulaciones, lo que a veces culmina en un “segundo” bautizo que en realidad es nada más que la actualización y cumplimiento del primero. Pero en cuanto a las señales visibles de este proceso, los santos difieren bastante. Algunos, como San Marcos el Asceta (s. V), no describen ninguna. Otros, como San Juan Clímaco (579-649), hablan del fenómeno del llanto divino. Sin embargo, el santo advierte, “lágrimas sin pensamiento son propias solo de una naturaleza irracional” (paso 7:17) y luego agrega, “no confíes en tus fuentes de lágrimas antes de que tu alma se haya purificado perfectamente” (paso 7:35)[4]. Por lo tanto, el llanto divino es solo el que proviene de un alma purificada y consciente. Otros santos, como el autor de las Homilías atribuidas a San Macario el Grande (295-392), hablan de visiones de una luz o un fuego divinos, estados de trance o éxtasis.

En este respecto, el santo más conocido es San Serafín de Saróv, un santo ruso muy querido del s. XVII. Él enseñaba que la meta de la vida cristiana es la adquisición del Espíritu Santo. Hablando con su discípulo Motovílov, el santo dijo, “Es necesario que el Espíritu Santo entre en nuestro corazón. Todo lo bueno que hagamos, que hagamos por Cristo, nos es dado por el Espíritu Santo, pero sobre todo la oración”[5]. Entonces Motovílov le preguntó, “Padre, ¿cómo puedo ver la gracia del Espíritu Santo? ¿Cómo puedo saber si está conmigo o no?” San Serafín le dio varios ejemplos de la vida de los santos, pero al ver que no entendía, le dijo, “Ahora estamos ambos, querido compañero mío, en el Espíritu Santo”. Entonces Motovílov vio que la cara del santo se transfiguró, llenándose de luz más brillante que el sol. También empezó a sentir un calor de verano y una fragancia placentera. No obstante, en sus escritos, San Serafín explica que este tipo de experiencia es el fruto de la oración, el ayuno, las obras de misericordia y la participación en los sacramentos[6].

Pero el santo ortodoxo que más describe este tipo de fenómeno y más importancia le da es San Simeón el Nuevo Teólogo (949–1022). Él alude no solo a las lágrimas y la luz, sino también a una experiencia que involucra todo el cuerpo y alma:

Una persona que tiene dentro de sí la luz del Santísimo Espíritu, incapaz de soportarla, cae postrada al suelo; y llora y grita con terror y gran temor, pues ve y experimenta algo que supera la naturaleza, el pensamiento y la imaginación. Es como si sus entrañas estuvieran incendiadas: devorado por el fuego e incapaz de tolerar la llama abrasadora, él está fuera de sí y no puede controlarse en absoluto. Y aunque derrama lágrimas incesantes que le dan algo de alivio, el fuego de su anhelo se prende con llamas aun más feroces. Entonces llora con más abundancia y, lavado por el diluvio de sus propias lágrimas, él brilla como un relámpago con un resplandor cada vez mayor. Cuando está totalmente en llamas y se vuelve como de luz, ahí se cumple el dicho: “Dios se une a los dioses y es conocido por ellos”[7].

De hecho, el pequeño movimiento carismático que se formó dentro de la Iglesia Ortodoxa en los años 60 se basó en gran parte en estas enseñanzas. El archimandrita (un monje-sacerdote) Eusebius Stephanou creó la Hermandad de San Simeón el Nuevo Teólogo que existe hasta el día de hoy. Sin embargo. Muchos escritores ortodoxos han criticado su interpretación de San Simeón. Por ejemplo, Spencer Eastabrooks señala que lo que el Padre Eusebio ignora es que según San Simeón solo pocos llegan a este estado exaltado porque requiere una vida ascética basada en la adquisición de las virtudes. Según San Simeón, “el bautizo en el Espíritu…ni se logra ni se mantiene al invocar a Dios en un instante o en repetidas ocasiones, sino solo mediante la purificación total del corazón y el moldear nuestra voluntad completamente a la de Dios” (10-11)[8].

Asimismo, Konstantín Matákov considera que para San Simeón, el bautizo en el Espíritu es el fruto del arrepentimiento, de una madurez espiritual, y que es imposible sin participar en los sacramentos de la Iglesia. Analizando el texto de San Simeón ya citado, dice,

para San Simeón, semejantes estados extáticos, en primer lugar, no son una meta en sí; en segundo lugar, no tienen un carácter automático, colectivo e inconsciente…sino que son bastante personales; en tercer lugar, son el fruto de una vida de arrepentimiento; en cuarto lugar, el éxtasis, según la opinión de San Simeón, es un estado común para los principiantes y se explica por una falta de experiencia espiritual. San Simeón compara a esta persona con un recluso que hace mucho tiempo que no ve la luz en la cárcel y, habiéndola visto, entra en un frenesí. Pero cuando alguien se acostumbra a ver la luz, medrando en las virtudes, entonces ‘permanece en la luz, o más bien junto a ella, y no se encuentra en éxtasis, sino que se ve a sí mismo y a los cercanos según el estado en que están’”[9].

Por lo tanto, aunque los santos no concuerdan totalmente entre sí sobre las formas en las que se manifiesta el Espíritu Santo, todos indican que su presencia se adquiere mediante una vida ascética. Podría ser llanto, luz o calor, o nada sensorial, pero estas experiencias tienden a ocurrir poco y en soledad.

El lector pentecostal notará rápidamente la ausencia en estas descripciones de la glosolalia.  Esto se debe en parte a que la glosolalia tiene más peso para los ortodoxos cuando implica lenguas existentes. Se cree que en el día de Pentecostés, los apóstoles adquirieron la habilidad de hablar otros idiomas humanos. Es por eso que los extranjeros presentes allí los entendieron y se maravillaron (Hechos 2:5-11). Esto permitió a los apóstoles cumplir lo que les pidió Jesús: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mar. 16:15; Mat. 28:19). Por lo tanto, la glosolalia se entiende como un don práctico cuyo fin es la evangelización. De hecho, algunos santos ortodoxos han experimentado este tipo de glosolalia. Según Hal Smith, cierto monje ortodoxo cuanta lo siguiente: “San Efrén el Sirio visitó a San Basilio el Grande (s. IV) y los dos se comunicaron de esta forma: cada uno habló en su propio idioma y el otro entendió. En la biografía del Anciano[10] Porfirio, se registra que una atea francesa lo visitó en Grecia y se comunicaron de este modo: el Anciano habló en griego; la mujer habló en francés; y los dos se entendieron”[11].

Por supuesto, en el caso de los corintios, el apóstol también menciona “lenguas…angélicas” (1. Cor. 13:1), lenguas que “nadie…entiende” porque  “el que habla en lenguas no habla a los hombres, sino a Dios” (14:2). No obstante, en los siguientes versículos San Pablo aclara que esta incomprensión es una gran desventaja: “Pero el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación. El que habla en lengua extraña, a sí mismo se edifica; pero el que profetiza, edifica a la iglesia” (vv. 3-4). De hecho,  Pablo cuestiona cuánto se edifica a sí mismo el que habla en lengua extraña porque “si yo oro en lengua desconocida, mi espíritu ora, pero mi entendimiento queda sin fruto” (v. 14). Por lo tanto, San Pablo da preferencia a la profecía por ser comprensible, mientras que las lenguas, cuando son incomprensibles tanto para el que habla como para los que escuchan, no edifican. Por eso es tan importante la interpretación. De hecho, a falta de intérprete, el apóstol recomienda que el fiel “se calle y hable para sí mismo y para Dios” (v. 28).

El único provecho que Pablo ve en este caso es el del asombro: “las lenguas son por señal, no a los creyentes, sino a los incrédulos; pero la profecía, no a los incrédulos, sino a los creyentes” (v. 22). Por ende, las lenguas extrañas tienen el valor de sorprender y así quizás atraer a quienes no creen, pero solo al inicio. En algún momento, ellos tendrán que entender lo que oyen para realmente creer. Además, el apóstol admite el riesgo de que tales fenómenos espanten a los nuevos más que atraerlos. Pregunta, “Si, pues, toda la iglesia se reúne en un solo lugar, y todos hablan en lenguas, y entran indoctos o incrédulos, ¿no dirán que estáis locos?” (v. 23). Por eso el apóstol pide que todos hablen por turno, sea para hablar en lenguas o profetizar (vv. 27-31), y agrega, “Dios no es Dios de confusión, sino de paz” (v. 33) y, “hágase todo decentemente y con orden” (v. 40). Es por eso que los oficios ortodoxos son tan estructurados y solemnes, tan poco sentimentales.

Asimismo, en capítulos anteriores, el apóstol indica que las lenguas, sean humanas o no, son uno de los varios dones espirituales que existen. En 1 Cor. 12, vv. 7-11, menciona los siguientes: palabras de sabiduría y de ciencia, fe, sanidad, milagros, profecía, discernimiento de espíritus, lenguas y su interpretación. El apóstol no da ninguna prioridad a las lenguas; es lo último que menciona. De hecho, al final de este capítulo, San Pablo implica que hay cierta jerarquía de dones y vuelve a colocar las lenguas al final:

a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas. ¿Son todos apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿Todos maestros? ¿Hacen todos milagros? ¿Tienen todos dones de sanidad? ¿Hablan todos lenguas? ¿Interpretan todos? Procurad, pues, los dones mejores. Más yo os muestro un camino aún más excelente. (1 Cor. 12:28-31)

Este “camino aún más excelente” se explica en el siguiente capítulo, el famosísimo capítulo 13 que parte así: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe” (1 Cor. 14:1). Por lo tanto, el mayor don espiritual, en el que deben basarse todos los demás, es el amor. Pablo implica que hablar una lengua humana o angelical desconocida para todos los presentes y sin intérprete no demuestra amor hacia el prójimo porque ignora su necesidad de entender y así edificarse.

Por lo tanto, si San Pablo habla tanto de las lenguas en esta epístola, no es por su importancia, sino justamente para que los corintios no abusen de ellas. George Nicozisin[12] explica que en ese tiempo los corintios estaban muy influidos por el culto a Dionisio. Los seguidores de este culto creían que las orgías divinizaban al hombre. La música, los bailes con giros, la intoxicación y ciertas palabras provocaban que el alma perdiera conciencia y abandonara el cuerpo para unirse a la deidad[13]. Por eso, los corintios habrían hecho demasiado hincapié en la glosolalia. Para mostrarles la diferencia entre el cristianismo y el paganismo y evitar que vuelvan a sus antiguas andanzas, San Pablo aclara de qué forma se debe usar las lenguas.

De todos modos, un pentecostal podría legítimamente preguntar por qué los dones espirituales en general son tan escasos el día de hoy en comparación con la época apostólica. San Juan Crisóstomo, quien escribió los oficios ortodoxos más importantes, notó este cambio ya en los siglos IV-V. En su comentario a 1 Cor. 2:5, explica que debido a su falta de educación formal, los apóstoles evangelizaron más a través de los milagros y la inspiración divina que la sabiduría humana. Además, como explica Hal Smith[14], San Juan creía que los eventos “más evidentes y abrumadores” habían terminado para no achicar el papel la fe. San Juan cita las palabras de Jesús a Tomás, “bienaventurados los que no vieron, y creyeron” (Juan 20:29), y también a Pablo: “por fe andamos, no por vista” (2 Cor. 5:7). Por eso, según San Juan, los milagros no han parado, sino que han cambiado de forma. Ahora consisten en “la conversión del mundo”,  “el cambio de costumbres salvajes” y “una vida pura”, todo lo cual puede “detener la boca del diablo mismo”[15].

Por lo tanto, a diferencia de la Iglesia Pentecostal, la Iglesia Ortodoxa no lamenta tanto la falta actual de milagros. Lamenta la falta de fe que caracteriza este mundo, pero considera que a estas alturas, después de todas las maravillas obradas por Jesús y sus santos,  el ser humano no debería tener tanta necesidad de ver milagros para creer. Y en realidad, los milagros siguen sucediendo. Hay muchos ejemplos de sanaciones, profecías y otros fenómenos parecidos en la ortodoxía contemporánea. No se publica mucho sobre ellos justamente para evitar su sobrevaloración.

De todos modos, lo que claramente une a estas dos iglesias es una firme creencia en el Espíritu Santo y su poder de obrar milagros. La forma en que se otorga y manifiesta ese espíritu divino es lo que las distingue, pero su importancia en ambas iglesias es innegable. En realidad, por más raro que parezca, estas iglesias comparten muchas otras cosas que se espera abordar en un próximo artículo. Pero baste decir por ahora que tanto sus similitudes como sus diferencias reflejan su historia y el desarrollo de su teología.

*Licenciada en letras rusas e hispanas por la Georgetown University, USA. Magister en Literatura Comparada, U. Adolfo Ibañez, Chile. Miembro de la Iglesia Ortodoxa del Patriarcado de Antioquía en Chile.

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Notas

[1] De hecho, la palabra “Cristo” viene del griego christós (el ungido), de la misma raíz que la palabra “crisma”.

[2] Citado en Fr. George Nicozisin, “Speaking in Tongues: An Orthodox Perspective.” https://www.goarch.org/-/speaking-in-tongues-an-orthodox-perspective

[3] “Personal Experience Of The Holy Spirit According To The Greek Fathers.” Ponencia presentada en la conferencia

“European Pentecostal/Charismatic Research” que hubo en Praga del 10 al 14 de septiembre en 1997. http://silouanthompson.net/2008/08/personal-experience/.

[4] Citado en Fr. Seraphim Rose, “As a Sign of the Times.”

http://www.fatheralexander.org/booklets/english/charismatic_revival_s_rose_e.htm. Mi traducción.

[5]https://orthodoxwiki.org/Seraphim_of_Sarov#Motovilov. Mi traducción. El libro citado aquí es The Aim of Christian Life: The Conversation of St Seraphim of Sarov with N.A. Motovilov by St. Seraphim of Sarov and N.A. Motovilov. Saints Alive Press, 2010.

[6] Citado en Fr. Seraphim Rose y en Spencer Eastabrooks. “A Continuing Pentecost: The Experience of the Holy Spirit in Orthodox Christianity”. The Canadian Journal of Orthodox Christianity. Mi traducción.

http://www.fatheralexander.org/booklets/english/charismatic_revival_s_rose_e.htm

[7] San Simeón cita acá a San Gregorio Nacianceno (329-389). Este texto proviene de la obra de San Simeón Capítulos prácticos y teológicos (3:21), cuya traducción al español existe, pero el texto que aparece es mi propia traducción dado que aparece en inglés en la ponencia de Kallistos Ware ya mencionada.

[8] “A Continuing Pentecost: The Experience of the Holy Spirit in Orthodox Christianity”. The Canadian Journal of Orthodox Christianity. Mi traducción.

[9] “La ortodoxía y el pentecostalismo”. https://www.proza.ru/2012/01/12/1696. Mi traducción.

[10] En los monasterios ortodoxos, los monjes que poseen el don de la dirección espiritual, por lo general los mayores o más experimentados, se llaman guéronta (griego) o stáretz (ruso), lo que en español equivale a “anciano”.

[11] “The Gift of Tongues,” 7 de oct. 2010, http://orthodoxmonk.blogspot.com/2010_10_01_archive.html. Citado en Hal Smith, “Modern Charismatic Movement Similar to Charismaticism in the Early Church?”, 8 de enero 2018 https://blogs.ancientfaith.com/orthodoxbridge/4711-2/.

[12] “Speaking in Tongues: An Orthodox Perspective,” 3 de oct. 2005, https://www.goarch.org/-/speaking-in-tongues-an-orthodox-perspective.

[13] Nicozisin explica que de allí viene la palabra éxtasis, en griego ek (fuera) stasis (firme, parado, colocado).

[14] Smith cita la Homilía XXIX de San Juan.

[15] Smith cita la Homilía VI.

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