Por René Tec López*

Cuando el hoy ganador indiscutible de las elecciones de México, Andrés Manuel López Obrador, anunció su alianza con el PES (Partido Encuentro Social), las críticas más feroces surgieron del interior de su partido debido a la aparente contradicción que representaba unir a dos partidos ideológicamente antagónicos. Por un lado, estaba Morena (Movimiento de Regeneración Nacional) que pregonaba ser un partido de izquierda en favor de los más oprimidos de la sociedad, incluyendo a la diversidad sexual y los pueblos indígenas y, por otro lado, el PES, organización política fundada por pastores y líderes evangélicos neopentecostales que abiertamente han participado en campañas contra el aborto y el matrimonio igualitario[1]. Este “pragmatismo visceral”, como varios analistas lo han bautizado, no fue una gran sorpresa para los que sabemos que López Obrador es un hombre muy espiritual. A pesar de haber mantenido su confesión religiosa muy en lo privado, AMLO se ha identificado como cristiano en el más amplio sentido de la palabra. Sin ninguna denominación específica, lee la Biblia evangélica, así como trae consigo una foto de la Virgen de Guadalupe en su billetera.

La afinidad entre AMLO y el dirigente del PES, Hugo Eric Flores Cervantes, fue trazándose desde hace tiempo cuando este último formó parte de la administración de la Jefatura de Gobierno de Marcelo Ebrard (2006-2012) -próximo Secretario de Relaciones Exteriores de AMLO- en la Ciudad de México. Esta relación se afianzó cuando el mismo Obrador comenzó a utilizar metáforas bíblicas en sus discursos y llamó al diálogo interreligioso y ecuménico para una Constitución Moral con el objetivo de establecer la paz en el país.

A diferencia de las contiendas electorales pasadas[2], AMLO tenía que ser extremadamente cuidadoso en sus estrategias políticas. Había perdido por márgenes muy reducidos y necesitaba tener la mayor ventaja en las elecciones para evitar cualquier intento de fraude. Así que la unión con grupos políticos ideológicamente distantes podría ser peligroso y a la vez muy útil. No obstante, la imagen de AMLO resultaba -y sigue resultando- bastante ambigua. A veces es un radical defensor de los derechos humanos y opositor ferviente de la oligarquía económica, y otras veces es un avispado conservador que guarda silencio ante el tema del aborto y el matrimonio igualitario, y prefiere llevarlo a consulta antes que proclamar una postura personal al respecto. Esta fluctuación en su discurso, afianzada en su alianza con el PES y el PT, permitió que los sectores más conservadores del país se alejaran de las “campañas del miedo” que se habían desatado en su contra en años pasados, tachándolo de comunista, dictador y autoritario, y, de esta forma, brindarle su confianza con el voto el día de la elección.

Esta serie de eventos le ayudaron a construir una imagen de apertura que coincidió con su discurso de reconciliación. La campaña de la coalición “Juntos Haremos Historia” estuvo llena de símbolos religiosos que sostuvieron la preferencia del electorado por esa opción. Por eso no fue sorprendente que, el día de la toma de protesta de AMLO como abanderado del PES, Flores Cervantes le haya externado al candidato -después de dedicarle una canción inspirada en la Biblia y como si desde el púlpito de una iglesia se tratara- lo siguiente: “esa es la canción que le queremos poner don Andrés Manuel López Obrador, surge de que pensamos que usted es Caleb y que está a punto de conquistar el monte Hebrón, donde gobernó David”.

Sin embargo, tanto López Obrador como Flores Cervantes han expresado que esta inusitada unión fue exclusivamente de carácter electoral, asumiendo que existen diferencias ideológicas entre ambos, y permitiendo que los puntos en común sean suficientes para tomar la misma causa de lucha: la necesidad de un verdadero cambio de régimen, especial atención por las clases desfavorecidas y el combate efectivo contra la corrupción.

Y vaya que existen diferencias ideológicas abismales. El PES se origina en un contexto en donde se están generando transformaciones sustanciales dentro del campo religioso y social, afectando específicamente al protestantismo evangélico. El fenómeno neopentecostal surge como un torbellino que desterritorializa lo sacralizado por las denominaciones históricas y pentecostales clásicas. En lo que pareciera un enramado de bifurcaciones e intersticios, las expresiones neopentecostales logran penetrar las rígidas paredes de las iglesias más tradicionales y consiguen confluir en un mismo espacio el bautismo del Espíritu Santo, la teología de la prosperidad y un compromiso bélico por instaurar el reino de Dios en la tierra. De esta forma, Hugo Eric Flores Cervantes, antiguo miembro de la iglesia neopentecostal “Casa sobre la Roca”, comenzó a constituir un proyecto de partido político gracias a las buenas relaciones que sostuvo con el gobierno de Felipe Calderón (2006-2012). En el libro de Mariano Ávila Arteaga, Entre Dios y el césar: líderes evangélicos y política en México (1992-2002), Flores Cervantes expresa: “queremos el poder para crear un modelo de gobierno de justicia y de misericordia para que este pueblo voltee a ver a Dios. Eso será posible con gobernantes íntegros cristianos”.

El registro como partido político lo obtuvo en el 2014, y en el corto tiempo que lleva el PES desempeñándose en las contiendas electorales, se ha visto en alianzas con el PRI, el PAN y ahora con Morena. A lo que Romero Puga (2018) describe categóricamente: “en palabras del profeta Jeremías, como una burra salvaje en época de apareamiento a la que los que la desean no necesitan buscar demasiado, porque es ella quien corre hacia ellos. Encendedora de hogueras, oscurantista, homofóbica e hipócrita”. Y no es menor la descripción sabiendo que el PES se define como el partido de la familia -tradicional y heterosexual-.

Abiertamente se han declarado en contra del matrimonio igualitario, de la interrupción del embarazo y de la legalización de las drogas, y aunque también se definen como un partido “liberal”, sus ideales aparentemente progresistas “terminan siendo funcional a los idearios más conservadores” (Panotto, 2015), apuntando así, hacia una democracia radical desde una visión evangélica construida a partir de cuestionables interpretaciones bíblicas.

La presencia del PES junto al movimiento que encabeza López Obrador responde a lo que Parker (2012) vislumbra como el ascenso de corrientes políticas contrarias a las tendencias neoliberales, que podrían ser progresistas, populistas y de izquierda, pero que ya no son antirreligiosas. Incluso se apoyan en referentes, valores y símbolos religiosos, lo que hubiese sido impensable en plena época de la Guerra Fría.

Pero lo interesante de las elecciones presidenciales en México no va a ser el triunfo previsto de AMLO, sino la reconfiguración del panorama político en el Congreso de la Unión. Para la Cámara de Senadores, el PES logró obtener 9 escaños, pero para la Cámara de Diputados alcanzó 56, convirtiéndose así en la cuarta fuerza política del país. En un insólito resultado, el partido evangélico tendría una presencia considerable en el poder legislativo, lo que conlleva a una serie de inquietudes en cuanto al estado laico de la Cámara. Y, paradójicamente, debido al encanto del nuevo sistema electoral, es muy probable que el PES pierda el registro como partido político al no haber obtenido más del 3% en alguna de las elecciones federales (presidente, senadores y/o diputados). Este suceso atípico provocaría que los diputados elegidos del PES lleguen a la Cámara sin fracción parlamentaria, viéndose obligados a unirse a alguno de los partidos presentes.

Los evangélicos neopentecostales, entonces, cobrarían relevancia en los pasillos legislativos, pero a la vez, no tendrían la oportunidad de presentarse en las próximas elecciones con un frente único. Esta situación solo se puede comprender debido a la falta de confianza que la sociedad mexicana tiene hacia la institucionalización y participación de las religiones dentro del campo político. Según la Encuesta Nacional sobre Creencias y Prácticas Religiosas en México (2016), el 75% está en contra de que las religiones participen abiertamente en política electoral, al 88% no le parece que se usen símbolos religiosos y el 67.9% considera reprochable que las iglesias sean propietarias de medios de comunicación masiva. Al mismo tiempo, el 65.2% dijo estar en contra del matrimonio entre parejas del mismo sexo, el 71.1% no considera correcto el derecho de las parejas homosexuales a la adopción de hijos y un 62.1% rechaza el aborto. Por lo tanto, observamos que en México persevera un pensamiento conservador y religioso, pero a la vez secular y no institucional.

La tendencia a la fragmentación del campo evangélico pareciera ser un impedimento para presentar frentes unitarios que abanderen las intenciones y deseos de las iglesias. Si bien, en torno a ciertas cuestiones morales y del debate ético como la lucha contra la “ideología de género” y el aborto, la unión de las iglesias católicas, protestantes, evangélicas (pentecostales y neopentecostales) podría ser factible al conseguir acuerdos con incidencia importante en el escenario político. Sin embargo, en una nación que se encuentra en plena transición hacia una cultura de pluralidad religiosa, como lo es México, las diferentes denominaciones tendrán que aprender a lidiar y dialogar ante la diversidad de opciones políticas que los creyentes tienen independientemente de su confesión religiosa.

De cualquier forma, la posibilidad de tener una poderosa “bancada evangélica” en el Congreso mexicano, como la existente en Brasil, ya no es una idea descabellada. Parecería que la pérdida del registro del PES como partido político fue una derrota del movimiento neopentecostal, sin embargo, mi impresión es que la agenda conservadora de las iglesias en México se hará visible en los próximos años. Será interesante observar cómo se desempeñan los diputados del posiblemente extinto PES cuando el Ejecutivo presente las iniciativas de la despenalización del aborto y la marihuana que la futura Secretaria de Gobernación ha determinado hacer apenas asuman el poder.

Los neopentecostales habrán llegado al monte Hebrón, pero están todavía muy lejos de conquistarlo.

*Antropólogo social por la Universidad Autónoma de Yucatán, estudiante de doctorado en Estudios Americanos por el IDEA-USACH.

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Notas

[1] Encabezaron el Frente Nacional por la Familia junto a otras religiones y asociaciones provida para protestar contra la propuesta que el presidente Enrique Peña Nieto había enviado al Congreso para la legalización del matrimonio homosexual. Debido a la presión, los diputados tumbaron la iniciativa.

[2] AMLO contendió por la presidencia en 2006 y 2012 encabezando la coalición de los partidos de izquierda: Partido de la Revolución Democrática (PRD), Partido del Trabajo (PT) y Movimiento Ciudadano (MC). En 2006 perdió con una diferencia de 0.62% ante Felipe Calderón del Partido Acción Nacional (PAN) y en el año 2012 Enrique Peña Nieto del PRI obtuvo la victoria con 7 puntos arriba del izquierdista.

Referencias

Ávila Arteaga, M. (2008) Entre Dios y el Cesar: líderes evangélicos y política en México. Grand Rapids / México: Libros Desafío y Centro Basilea.

(2016) Encuesta Nacional sobre Creencias y Prácticas Religiosas en México RIFREM. Informes de resultados, México: CONACYT/RIFREM/El Colegio de la Frontera Norte/El Colegio de Jalisco.

Panotto, N. (2015) “Manifiesto contra el fundamentalismo político evangélico” en Lupa Protestante, 18 de diciembre de 2015, [en línea: http://www.lupaprotestante.com/blog/manifiesto-contra-el-fundamentalismo-politico-evangelico/]

Parker, C. (2012) “Religión, cultura y política en América Latina: nuevos enfoques. A modo de introducción” en Cristian Parker G.(editor) Religión, política y cultura en América Latina: nuevas miradas, Santiago de Chile: IDEA-USACH

Romero Puga, J. C. (2018) “El PES y la ramera de Babilonia” en Letras Libres, 9 de enero de 2018. [En línea: http://www.letraslibres.com/mexico/politica/el-pes-y-la-ramera-babilonia]

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