Por Charles E. Moore*

¿Qué tienen en común movimientos ampliamente diversos como el socialismo religioso, la neo-ortodoxia, el neo-pentecostalismo de la Nueva Reforma Apostólica y el anabautismo de Bruderhof[1], con pensadores como Karl Barth, Emil Brunner, Eberhard Arnold, Dietrich Bonhoeffer, Jacques Ellul y Jürgen Moltmann? Todos ellos heredan la concepción de la Biblia y del Reino de Dios de Johann Christoph Blumhardt (1805-1880), un humilde y tranquilo pastor luterano alemán.

Cuando se trata de Johann Christoph Blumhardt, las opiniones vuelan. Hay quienes son altamente escépticos a las historias en torno a él, y otros que les molesta su visión amplia de un derramamiento universal del Espíritu Santo, que afecte y redima toda la creación. También están aquellos, que consideran que su confianza en el Espíritu y su comprensión del reino son tan apasionantes, y política y socialmente asombrosas, que son tentados a desechar de una la teología tradicional de occidente. En cualquier caso, Blumhardt es uno de los formidables testigos de Dios y uno que merece que le tomemos atención.

JOHANN Christoph Blumhardt nació el 16 de julio de 1805 en Stuttgart, en una familia pobre de artesanos que participaba del pietismo suabo[2]. A su padre le habían dicho con anterioridad que su hijo tenía ciertos dones especiales, así que lo envió a la escuela, con el gran costo que eso le implicaba. […]

Después de la muerte de su padre en 1822, Blumhardt consiguió formación gratuita en los seminarios de la Iglesia y en la Universidad de Tubinga. […] A diferencia de sus amigos, no le impresionaban los filósofos idealistas de Tubinga. Les escuchaba con interés, pero le atraían más las realidades concretas y terrenas del mundo bíblico. La forma en que leía la Biblia, combinaba sorprendentemente una apertura desprejuiciada y el sentido común. Mientras tanto, estudió en Tubinga una variedad de materias, incluyendo filosofía, historia, matemáticas, física, astronomía y medicina, así como inglés y francés. Esto le sirvió después en la escuela misionera de entrenamiento en Basilea, donde enseñó idiomas bíblicos así como física, química e historia universal.

El primer cargo de Blumhardt fue en una parroquia en Dürrmenz. Esto duró un periodo corto, pues pronto le ofrecieron un cargo como profesor en la escuela misionera de Basilea, donde su tío tenía un puesto. Sus estudiantes apreciaron inmediatamente su franqueza. […] Llegó a ser muy conocido en los círculos del movimiento de reavivamiento y aceptaba con alegría las invitaciones a exponer. […]

Fue su amor y natural cercanía con la juventud, que lo llevó eventualmente a retomar el ministerio en una parroquia. Se le solicitó relevar al anciano y cansado pastor en Iptingen, que se había aislado a sí mismo y perdido todo contacto con los fieles. De hecho, la Iglesia era conocida como la más difícil de todo Württemberg. […]

El involucramiento personal de Blumhardt tuvo un gran impacto en la parroquia de Iptingen. Era difícil que algún día caminara por el pueblo sin ser abordado por alguien. Los fieles acomplejados en la pobreza y la enfermedad lo recibían en sus hogares y vaciaban sus males sobre él. Incluso el anterior y anciano pastor retomó fuerzas y caminaba junto a él por el pueblo. Pero después de solo un año y medio, el tiempo de Blumhardt en Iptingen llegó a su fin. A pesar de que la gente lamentaba su partida, Blumhardt y su novia Doris Köllner querían tener su propia casa pastoral para poder casarse y servir a la gente. Ante la solicitud de Christian Gottlob Barth (1799-1862), muy reconocido en los círculos cristianos, Blumhardt fue llamado a Möttlingen, un pequeño pueblo en Selva Negra (Schwarzwald). Comenzó ahí su trabajo en el verano de 1838.

Blumhardt junto a su esposa, recién casados, estaban por entrar a una época destacada y dramática. A diferencia de sus predecesores, Blumhardt pronto hizo amistades entre los jóvenes, especialmente con los varones. Desafortunadamente, la Iglesia misma estaba internamente muerta. Una niebla impenetrable estaba puesta sobre la congregación. Aun haciendo todo en sus manos, la situación no cambiaba. Incluso Blumhardt mismo comenzó a sentirse fatigado. De todas formas, dedicó sus fuerzas a servir a la gente. Dictó clases de confirmación a los niños, levantó junto a su esposa una olla común en la casa pastoral para alimentar a los enfermos, tomó el cargo de director de una de las escuelas del distrito, y escribió música y armonías para varios himnos, preparando un nuevo himnario.

Comenzando el otoño de 1841, Blumhardt se vio envuelto en lo que después sería conocido como la “Lucha”[3] (“Kampf” en alemán o “Fight” en inglés). Gottliebin Dittus (1815-1872), una niña enfermiza que había sido activa en el grupo de jóvenes, estaba actuando de forma algo extraña. En enero de 1841 había rumores sobre sucesos misteriosos, hasta demoníacos, que ocurrieron en torno a ella. Había algo repulsivo e inexplicable en su comportamiento y amenazante en su conducta. Esto alejó a mucha gente, incluso a Blumhardt. También Gottliebin parecía evitar al pastor.

Recién en abril de 1842 recibió reportes más detallados de lo que le estaba pasando a ella. Aun así, Blumhardt era reticente. De todas formas, llegó un punto en que Gottliebin cayó en violentas convulsiones y el médico que la atendía, Dr. Späth, fue llorando donde Blumhardt: “¡Dejar a una persona enferma en tal estado, hace pensar que no hay nadie en este pueblo que se preocupe de las almas en necesidad! ¡Ciertamente no se trata de algo natural!”[4]. Blumhardt habló sobre qué estaba sucediendo con un misionero de Königsfeld, quien le recordó que no se olvidara de su deber como pastor. Blumhardt se sintió obligado, finalmente, a involucrarse.

Ciertamente, Gottliebin estaba en dificultad y al sufrir sus ataques padecía de convulsiones espumosas, parálisis completa y rabias salvajes. También podía llegar a ser extremadamente violenta con ella misma y con otros. Aún peor eran las terribles voces que salían de ella, maldiciendo y blasfemando contra Dios, y confesiones desesperantes sobre pecados pasados y maldad infernal. Todo esto era acompañado de pesados objetos que parecían ser arrojados alrededor, con vientos, golpes y ruidos descomunales que atormentaban la casa de Gottliebin.

En un periodo de dos años, Blumhardt visitó regularmente a Gottliebin, siendo acompañado prudentemente por amigos de confianza del consejo de la Iglesia y del pueblo. Debía evitarse a toda costa la curiosidad y el miedo. Sentía que la confidencialidad pastoral era esencial si se quería dar ayuda. De todas formas, sus esfuerzos hacia la confidencialidad fueron en vano. Sus detallados informes a las autoridades de la Iglesia sobre la enfermedad de Gottliebin y su eventual recuperación fueron publicados. Nadie sabe realmente quién fue el responsable de la filtración, pero fue un claro intento de ridiculizar a Blumhardt. Esto llevó a Blumhardt y a Friedrich Zündel, su principal biógrafo, a escribir su propia versión de lo ocurrido.

Eventualmente, la lucha por el alma y el cuerpo de Gottliebin llegó a un fin. Blumhardt describe el momento decisivo de esta forma:

“Fui dominado por una especie de rabia. Repentinamente vino sobre mí, y solo puedo confesar lo siguiente: fue inspirada de lo alto, aunque no hubiese sido consciente de ello entonces. Me acerqué a ella con pasos firmes… agarré sus apretadas manos para sujetarlas, si acaso era posible (lo que no debí haber hecho, pues después quedó doliéndole), y llamé por su nombre a la niña inconsciente con fuerza en su oído. “Junta tus manos y ora: ‘¡Señor Jesús, ayúdame!’ ¡Hemos visto por suficiente tiempo lo que el demonio hace, veamos ahora lo que el Señor Jesús puede hacer!” Luego de un rato ella despertó, oró esas palabras luego de mí, y todas las convulsiones cesaron con el asombro de todos los presentes. Este fue el momento decisivo que me empujó irresistiblemente a actuar por la causa.”[5]

A pesar de que vendrían nuevos ataques, incluyendo chillidos desafiantes y almas perdidas acusándose a sí mismas, Gottliebin Dittus llegó a ser completamente sanada. Por extraño que parezca, su hermano mayor y su hermana empezaron a tener ataques demoniacos similares, Hans-Jörg y Katharine. Para entonces, Blumhardt había aprendido que la Biblia, oración y ayuno eran suficientes para tener la victoria. También aprendió a mantener cierta distancia, contenerse, discernir de forma vigilante. “Jesús hoy” era el único que podría traer ayuda decisiva.

Aquella ayuda vino durante Navidad de 1843. Después de mantener bajo vigilancia por cuarenta horas a Katherine, la hermana de Gottliebin, Blumhardt vio como la última batalla fue ganada. Katherine inclinó su cabeza y la parte superior de su cuerpo muy por detrás de su silla y gritó las siguientes palabras: “¡Jesús es vencedor!”. Estas palabras retumbaron tan fuerte que fueron escuchadas y entendidas por todo el pueblo. La lucha había llegado a su fin.

“¡Jesús es vencedor!” (“Jesus ist Sieger!” en alemán, “Jesus is victor!” en inglés). Este grito de batalla caracterizará en gran medida el ministerio de Blumhardt desde ahí en adelante. Lo que siguió fue bastante inesperado para Blumhardt: un despertar espiritual y, finalmente, la renovación de la congregación entera.

Empezaron a suceder cosas durante la primera semana de 1844. Vino a él un joven sinvergüenza, un matón de cantina a quien Blumhardt apenas conocía, y luego de dos largas charlas, en las cuales dio a conocer horripilantes confesiones, pidió perdón en el nombre de Jesús y pidió imposición de manos. Había leído al respecto en un antiguo libro. Luego llevó amigos hacia Blumhardt, que estaban en tan profunda dificultad como él. Dentro de dos semanas, otros miembros de la congregación hicieron lo mismo. Blumhardt estuvo disponible para cada uno y les escuchaba, muchas veces terriblemente conmocionado por todas las atrocidades que salían a la luz, y luego les concedía a los penitentes perdón y aliento.

Más y más personas iban a confesar sus pecados y rogar por perdón. Blumhardt cuenta:

“Cada día tenía personas conmigo hasta las once y media de la noche, y temprano a las seis de la mañana ya había alguien esperando. Esto continuaba sin pausa todo el día de tal forma que no podía pensar en nada más. En la escuela dominical de ayer, en la agolpada sala de clases, pedí que me excusaran de conversaciones a favor de mi trabajo en el boletín mensual, pero debido a eso he de esperar aún más visitantes para hoy. Si esto sigue… ¿qué voy a hacer con esto? Está mucho más allá de lo que me pudiera imaginar. Hasta ahora, ha venido un total de 156 personas, todas derramando lágrimas de arrepentimiento. Si no la primera, a la segunda vez o seguramente a la tercera vez que vienen. Como manejar esto es un rompecabezas para mí.”[6]

Ante todo esto, Blumhardt quedaba asombrado, alentado por las palabras “¡Jesús es vencedor!”. Incluso los miembros más respetados y religiosos de la Iglesia, aunque no fueron los primeros en alistarse para ver al pastor, eventualmente fueron y confesaron sus pecados. Matrimonios fueron restaurados, propiedades robadas fueron devueltas, enemigos reconciliados, alcoholismo rampante fue puesto bajo control, y consciencias atribuladas fueron sanadas.

Ciertamente, ya no había más letargo en las reuniones dominicales de Blumhardt. Se siguió un gran número de nuevas actividades, incluyendo la formación de aproximadamente nueve pequeños grupos, a veces en parroquias vecinas y asociadas. Las clases de confirmación se llevaron a cabo diariamente con reuniones formales. Todos eran parte de la oración, el canto, la lectura y la reflexión en torno a un capítulo de la Biblia. También venía una gran cantidad de visitas de toda el área alrededor, que pusieron a prueba la capacidad de la casa pastoral, los hoteles y los hogares de los fieles. A veces, hasta unos doscientos cincuenta hombres dormían en las colinas cerca de Möttlingen, ansiosos de escuchar la prédica de Blumhardt el día siguiente.

Entre los miles que iban los domingos, hubo muchos que encontraron sanidad. Fueron sanados un hombre con reumatismo severo, un niño de tres años con todo su cuerpo quemado por aceite, un niño con una enfermedad incurable en el ojo, y gente con tuberculosis, artritis, infecciones vertebrales y enfermedades mentales. Pronto, Blumhardt tuvo que lidiar con objeciones de pastores en el área, alarmados e indignados ante tantas confesiones privadas (les parecía demasiado católico) y llenos de envidia. Por esta razón, y porque era imposible cuidar de tantos invitados, Blumhardt les alentó a los visitantes de otros pueblos a escuchar simplemente el texto bíblico y el sermón. Aquellos con enfermedades seguían siendo sanados de cuerpo y alma.

Los reportes de tales sanidades llegaron a volverse sensacionalistas. Nuevamente, Blumhardt intentó calmar el alboroto. ¡La sanidad del cuerpo no era la meta! Su preocupación fue siempre la sanidad integral de la persona, que requería especialmente del perdón de los pecados.[7] Con todo, Blumhardt aprendió de su experiencia con Gottliebin que el evangelio no puede restringirse a necesidades espirituales o a una vaga garantía para el más allá. El reino de Dios es una realidad que ha irrumpido en medio nuestro y ha afectado a la persona completa.

Cuando las personas empezaron a dar crédito a Blumhardt por el poder de sanidad, él protestó con vigor. ¡Sólo Jesús puede sanar! Blumhardt advertía en contra del uso mecánico de oraciones o formas dadas de bendición. Insistió en que no podemos guiar o dirigir arbitrariamente las cosas de Dios. Sin embargo, Blumhardt se volvió cada vez más un problema para las autoridades civiles y eclesiales. Las autoridades eclesiales le acusaban de realizar sanidades en vez de llamar a un doctor. Por esto, le prohibieron recibir visitas en la noche y recibir visitas de forma individual. Poco a poco, Blumhardt fue acorralado en los confines de la vida eclesial tradicional.

Al crecer la fama de Blumhardt, se profundizó la frustración de las autoridades eclesiales. Era inevitable que estas cedieran en algo. Sumado a esto, estaba el hecho de que la parroquia de Möttlingen era simplemente demasiado pequeña para todos los visitantes.

Dada la generosa ayuda de amigos y benefactores, Blumhardt fue capaz de adquirir Bad Boll, un spa con manantiales de azufre que no estaba siendo rentable. En el verano de 1852 se mudó ahí con su familia y cuatro miembros de la familia Dittus, incluyendo Gottliebin, que entretanto se había convertido en su colaboradora más leal. Las autoridades eclesiales permitieron que Blumhardt siga siendo un pastor de la Iglesia estatal, pero sin sueldo, y concordaron en permitir que Bad Boll sea una parroquia especial. Esto permitió a Blumhardt seguir oficiando bautismos, comunión, confirmaciones, casamientos y funerales. Aparte de eso, no se le impusieron más restricciones.

El spa tenía sus propios empleados, que debieron ser integrados al trabajo de Blumhardt. También, estaban todos los huéspedes que iban a Bad Boll a causa de Blumhardt. Constantemente había alrededor de ciento veinte a ciento cincuenta huéspedes. No es de sorprender que aquellos que trabajaban en el spa y aquellos de la familia espiritual de Blumhardt no siempre se llevaran bien. Aun así, bajo el paciente cuidado y supervisión de Blumhardt, se formó una nueva atmósfera en el antiguo spa.

Gente de toda Alemania y fuera de ella, creyentes y no creyentes, sean escépticos o curiosos, iban a presenciar por sí mismos lo que habían oído. Todos, sin excepción, fueron recibidos con calidez. Si bien las distinciones de clase eran respetadas, se cruzaban fácilmente por la vida comunal y familiar. Todos se sentaban junto al otro en las grandes comidas comunes: realeza y campesinos, religiosos y no religiosos, alemanes y extranjeros.

La comunidad, grande como era, siguió siendo una gran familia. Las mañanas empezaban con una reunión guiada por Blumhardt para el personal de la comunidad. Luego, los familiares del personal más cercano con sus niños y abuelos se reunían para la “bendición de los niños”, en la que el “abuelo Blumhardt” bendecía cada niño con la imposición de manos. Luego, toda la comunidad se reunía para el desayuno con todos los huéspedes, luego de lo cual Blumhardt guiaba otra reunión muy similar a los devocionales que llevaba a cabo diariamente en la noche, después de la cena.

El estilo de predicación de Blumhardt era natural, aterrizado, sin rastro alguno de la oratoria del púlpito[8]. Después de la cena, así como a mediodía, se quedaba sentado rodeado por sus huéspedes, generalmente fumando un cigarro. En estos momentos estaba dispuesto a conversar todo tipo de asunto que se le presentara. Respondía con sensibilidad a preocupaciones personales, pero de una forma que también dispongamos todos nuestros asuntos ante Dios. La gente que conocía por primera vez a Blumhardt, solía quedar sorprendida por lo sencillo y lo “poco espiritual” que era. Como dijo una vez un huésped: “No se da absolutamente ninguna importancia a sí mismo y habla, también en las conversaciones, de nada extraordinario. Está siempre lleno de humor y, de vez en cuando, de chistes terrenales.”[9] Al mismo tiempo, Blumhardt podía ser muy brusco y duro cuando la ocasión lo demandara.

Como en Möttlingen, en Bad Boll ocurrían sanidades interiores y exteriores. De hecho, no era nada inusual que alguien fuera liberado o sanado ahí mismo en la mesa común. Nuevamente, Blumhardt se aseguraba de que no se hiciera ningún escándalo. Se oponía a todo intento de enfatizar los dones individuales del Espíritu. Al mismo tiempo, no todos aquellos en necesidad recibían sanidad. Blumhardt acompañaba frecuentemente a personas en necesidad a visitar un doctor simpatizante.

Blumhardt consideraba al otro como un hijo o hija de Dios, y por lo tanto miembro de la familia de Dios. Sin importar de quién se tratara. Como diría el hijo de Blumhardt, Christoph Friedrich: “¡Todos pertenecen a Dios!”[10]. De esta forma, la comunidad reflejaba el reino de Dios y se volvió un lugar de renovación y comunión para el cuerpo y el alma para un sinnúmero de personas. Sin lugar a dudas, el impacto de Blumhardt se hizo sentir en todo Bad Boll. Igual de importante, era la comunidad de oración, amor y sacrificio reunida en torno a él. […]

Blumhardt ministró fielmente en Bad Boll hasta que falleció en 1880. Sus últimas palabras, dichas en su lecho de muerte, comisionaban a Christoph que siguiera el legado: “Te doy una bendición para victoria.” Aquella bendición se mantuvo efectivamente, pues su hijo no solo mantuvo el trabajo de su padre, llegando a ser muy conocido por derecho propio, sino que también se aventuró en caminos nuevos e inexplorados.[11]

BLUMHARDT, con su vida, ministerio y pensamiento, ha dejado una imborrable marca en muchos pensadores y movimientos.[12] Es difícil explicar por qué y cómo es así, pero en pocas palabras, fue la visión y comprensión que Blumhardt y su hijo tenían de la realidad del reino de Dios en la tierra. La victoria de Jesús significaba que todas las cosas podían ser hechas nuevas. Es esto lo que atrajo y sigue atrayendo a tantos.

No es que haya tenido una teología muy desarrollada. Detrás de la visión que Blumhardt tenía del reino de Dios no había otra cosa más que la intensificación tangible del grito: “¡Jesús es vencedor!”. Jesús estableció su señorío en la cruz, pero desde ahí su reino debe seguir avanzando en la tierra. El Espíritu ha de derramarse una y otra vez para liberar a las personas y a las instituciones humanas del yugo de espíritus inmundos. Siempre que ocurre esto, el pueblo de Dios es renovado. Enfermedades del cuerpo y las relaciones humanas son sanadas, y una nueva realidad social se impone en todas las áreas de la vida. Para Blumhardt y para tantos otros que han sido influenciados por él, la tarea de la Iglesia es dar testimonio de esta nueva realidad.

Más concretamente, esto significa que la vida cristiana debe tomar la forma de una batalla. Ser un cristiano no es una condición espiritual ni un sistema de creencias constituido por un conjunto de prácticas religiosas. Seguir a Cristo demanda tomar cierta actitud ante el mundo. Hayan individuos poseídos o no alrededor nuestro, confrontamos de todas formas un mundo infectado y gobernado por principados y poderes contrarios a Cristo: en la política, la tecnología, la economía, la academia, el arte, la religión, etc. Por medio de la contrición y el poder del Espíritu, estas áreas pueden y necesitan ser ganados para el reino. La devoción cristiana tiene poco que ver con la piedad religiosa y todo que ver con penetrar la oscuridad con la luz.

Blumhardt creía que muchas fuerzas extrañas mantenían su fortaleza en la tierra. Consecuentemente, el cristiano tenía que dejar atrás todo “pacifismo espiritual”, incluyendo la piedad privada, individualista y ligada al ego; para ser movido a una vida llena del Espíritu. Vivir para el reino demanda el cumplimiento de la voluntad de Dios como regla exclusiva, superando todas las influencias y valores hostiles a Cristo. Esto tiene consecuencias prácticas, manos y pies. No hay señorío sin Señor, no hay reino sin súbditos, no hay reino de Dios sin un pueblo de Dios convocado para dar testimonio del reino de Dios y su autoridad. La tarea de la Iglesia es simple y clara: ser un anticipo fiel de la victoria final de Cristo, nacida en la cruz y reivindicada a la luz de su regreso.

Por esta razón es que Blumhardt procuró una y otra vez un nuevo derramamiento del Espíritu Santo, como el dado en Pentecostés. A pesar de la tibieza de la Iglesia y su negligencia, Blumhardt nunca dudó de que el Espíritu trabajara en ella. Sin negar lo anterior, Blumhardt deseaba y esperaba que el Espíritu del poder de los apóstoles fuera dado en mayor medida, como en el cristianismo primitivo. “Somos un pueblo deshidratado”, escribió una vez, y “solo una parte de la promesa fue cumplida en el tiempo de los apóstoles”.

¿Significa esto que la Iglesia está condenada? No. Blumhardt creía que este torrente del Espíritu vendría de nuevo. Pero para que esto suceda, debíamos esperar activamente. “La sed está a punto de matarnos, y el pueblo se deteriora interior y exteriormente. Pero ahora que estamos necesitados, Dios dará su Espíritu nuevamente.”[13]

Junto a Blumhardt, tengamos esta misma expectativa. Al menos, oremos por ella.

* CHARLES E. MOORE es miembro de Bruderhof, en la comunidad Mount Community del estado de Nueva York, EEUU, donde sirve como pastor y profesor. También es editor y autor en Plough Publishing.

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Originalmente publicado en Lutheran Forum Vol. I, No.4 (Winter 2018). Traducido y editado con autorización. Traducción y edición de Patrick Bornhardt Daube, miembro de la Iglesia Evangélica Luterana en Concepción y presidente del centro de alumnos de la Comunidad Teológica Evangélica de Chile, Sede Concepción.

Notas

[1] Bruderhof es un movimiento anabautista de origen alemán, que practica la comunidad de bienes. Puede leer más en su sitio web: https://www.bruderhof.com/es

[2] Las siguientes dos biografías entregan excelente información de la vida y obra de Blumhardt. Este artículo se basa extensamente en lo aportado por Zündel. Friedrich Zündel, Pastor Johann Christoph Blumhardt, traducido al inglés por Hugo Brinkmann (Eugene: Cascade Books, 2010); y Dieter Ising, Johann Christoph Blumhardt: Life and Work, traducido al inglés por Monty Ledfor (Eugene: Cascade Books, 2009).

[3] Para una reporte corto, ver Friedrich Zündel, The Awakening (Farmington: Plough, 1999).

[4] Zündel, 126-7

[5] Zündel, 127

[6] Zündel, 165.

[7] Ver Johann Christoph Blumhardt y Christoph Friedrich Blumhardt, The God Who Heals (Walden: Plough, 2016).

[8] Ver la introducción de 1887 del hijo de Blumhardt, Christoph Friedrich, donde describe la forma en que su padre predicaba. Johann Christoph Blumhardt, Gospel Sermons, traducido al inglés por Jörg y Renata Barth (Eugene: Cascade, 2017)

[9] Günter Krüger, “Johann Christoph Blumhardt (1805-1880): Eine Reich-Gottes-Gestalt,” Freundesbrief der Offensive Junger Christen Reichelsheim 131/2 (1991): 59-73.

[10] Christoph Friedrich Blumhardt, Everyone Belongs to God (Walden: Plough, 2015)

[11] Para un breve biografía general de Christoph Friedrich Blumhardt, ver R. Lejeune, Christoph Blumhardt and His Message (Rifton: Plough, 2006), 7-73. Un selección de sus sermones y escritos puede encontrarse en Action in Waiting (Rifton: Plough, 2012) y The Gospel of God’s Reign (Eugene: Cascade, 2014).

[12] Por una exposición detallada de la amplia influencia de ambos Blumhardt, ver Christian T. Collins Winn, “The Blumhardts in America,” Pneuma 38 (2016): 249-73, y “Before Bloch There Was Blumhartd”, Scottish Journal of Theology 61/1 (2009):26-39. Winn trata de forma más amplia la significancia de los Blumhardt en la teología de Karl Barth en Jesus Is Victor! (Eugene: Pickwick, 2009).

[13] Zündel, 322

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