Por Matías Aránguiz Kahn*

Sobre el debate político evangélico

El debate político evangélico ha tomado un giro radical en los últimos años. Mientras selectos grupos, con capacidad de movilización y discursos fundamentalistas, se han levantado en la derecha, otros grupos y organizaciones de la sociedad civil, han comenzado a disputar a los creyentes desde posturas de corte progresista. A pesar de que no es posible hacer una crítica certera a las intenciones (profundas o superfluas) de un grupo u otro, hay una característica común: ambos se fortalecen recíprocamente a través del constante conflicto discursivo.

A pesar de que existe una gran diversidad de posturas políticas en el mundo evangélico, solo estas dos logran hacerse ver lo suficiente como para proyectarse representativas de sectores completos. Esto es relevante, en tanto, en una sociedad democrática, es necesario que se levanten opiniones distintas con el fin de generar un debate útil para la república. Sin embargo, he percibido algunas malas prácticas por parte de ambos bandos que, creo, entorpecen aquel mismo debate que pretenden levantar.

Gran parte de la discusión, se ha constituido a través de la convergencia del fundamentalismo en retóricas bíblicas irreflexivas, y del progresismo en las retóricas progresistas liberales.  Estas últimas, en gran parte, penden directamente de los derechos humanos como discurso ético. A mi parecer, ambas posiciones conciben a los derechos humanos de manera drástica, ya sea interpretándolos como manifestación de una agenda anti-cristiana, o como una incuestionable noción de justicia. Por lo tanto, ante la relevancia de los últimos, creo que es necesario explicar los puntos de encuentro y desencuentro entre el discurso fundamentalista y el progresista, precisamente en torno a estos derechos.

Cristianismo y derechos humanos

Los evangélicos, como creyentes en la tradición cristiana, debemos ser conscientes de una realidad quizás poco conocida por la mayoría. Ya sea en el antiguo testamento, con los profetas, o en el nuevo, con Jesús o Santiago, por ejemplo, cuando ellos esgrimen que los pobres, las viudas y los huérfanos merecen algo que se les ha sido arrebatado, y hacen un llamado a los ricos a darlo, se está presumiendo la existencia de un “derecho”; algo que se puede o debe exigir de parte de otro. Aquella premisa no está expresada en una norma jurídica o una legislación escrita. A este tipo de derecho, se lo denomina “derecho natural”.

Los derechos naturales, que existen de forma anterior a la voluntad del hombre de escribirlos o exigirlos, son presupuestos que emergen desde una ética trascendente, en este caso, inspirada por los mandatos de piedad y justicia de Dios. Pero, más relevante aún, es el hecho de que, existen derechos naturales que son comunes a todos los seres humanos debido a su dignidad inherente por ser tales. En tanto todos y todas hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios -siendo todos igualmente dignos- y, a la vez, hemos sido alcanzados por la Gracia de Cristo -quien extiende dicha dignidad a toda persona, independiente de su pueblo, raza, sexo o características-, somos merecedores de derechos naturales que, ahora, fundamentados en la dignidad, se constituyen como “derechos humanos”, siendo los primeros el género y los segundos la especie.

No por nada, diversos teólogos han desafiado la noción de que los derechos humanos son un fruto de la modernidad, esgrimiendo que su verdadero origen está en la cultura judeocristiana. La realidad, es que los derechos humanos tienen, en la cultura occidental, una clara raigambre cristiana. Entonces, si nuestra fe es compatible con ellos ¿Por qué algunos creyentes dudan de la validez de estos derechos?

El paradigma liberal

Hoy en día, en la mayoría de los estados, vivimos en sociedades profundamente influidas y estructuradas en torno a una noción de justicia liberal. Esto se traduce, entre muchas otras cosas, en que el orden y las normas jurídicas que definen el funcionamiento del estado, la democracia y las políticas públicas, responden a ciertos valores de legitimidad. Uno de los ideales subyacentes a la teoría liberal, que inspira el funcionamiento de nuestras sociedades, es el del estado neutro.

Este ideal, aplicado en la práctica, significa que el estado debe ser neutro ante las nociones de justicia o de “vida buena” que tienen los ciudadanos, en su autonomía individual o colectiva. Si quiero ser hedonista, puedo serlo; si quiero ser consumista, puedo serlo; si quiero vivir conforme a valores ecológicos, puedo hacerlo. Y, así también, si quiero ser cristiano, puedo serlo. Todas esas posibilidades, están sometidas al principio de la no-interferencia en la autonomía ajena. Puedo vivir como quiera -en conformidad a mí noción de justicia o vida buena- mientras no afecte a otros ciudadanos.

Por ello, el estado, desde esta postura neutra, también debe fortalecer el orden social para propiciar la mayor autonomía a los ciudadanos, a fin de que puedan desarrollarse libremente en conformidad a sus ideas de lo justo. Por otro lado, el estado no puede endosar ninguna noción de justicia en particular. Entre ellas, está la del cristianismo: el estado no puede ser cristiano; debe ser secular. Así también, ninguna autoridad pública debiese fundamentar sus decisiones en valores cristianos, sino que en el bien público, que debe ser independiente de lo religioso. Esto último, ha sido especialmente notable debido a la marginación de la religión al ámbito privado y, por lo tanto, su alejamiento del estado, inspirado por el secularismo característico de la modernidad.

Sin embargo, una de las críticas más comunes a esta idea del estado neutro, es que no es realmente neutro: es liberal. Es decir, sí endosa una noción particular de justicia que se rige por los ideales propios del liberalismo. ¿Por qué debería no endosar otra noción de justicia, si los ciudadanos así lo quieren? Ello ha generado gran debate en la teoría política del siglo XX.

Liberalismo y derechos humanos

Los derechos humanos, si bien, como legislación internacional, surgieron para evitar la repetición de las tragedias del siglo pasado como la Shoah, tienen un sustrato metafísico difícil de estructurar. Están profundamente influidos por el cristianismo y, a su vez, por los ideales seculares de la ilustración y el liberalismo que fluyó de ella. Pero, sobre todo, han respondido a la contingencia política global.

A través de la historia reciente, los derechos humanos han tendido a expandir el ideal de autonomía liberal a nuevas áreas de la vida social, promoviendo la libertad de grupos vulnerables que se han movilizado exigiendo mayor independencia y protección del estado frente a las opresiones históricas que han sufrido. Diversos temas controversiales para los creyentes, en la actualidad, refieren precisamente a exigencias de mayor autonomía por parte de aquellos grupos vulnerables, ante los límites impuestos por el estado, o las omisiones de este frente a discriminaciones y violencias sistémicas.

Hemos llegado a un punto de la historia en que los derechos humanos, a pesar de su raigambre cristiana, han comenzado a expandirse desde la noción liberal de libertad y autonomía, generando contradicciones con el cristianismo y sus tradiciones. Esto nos lleva a una difícil pregunta: ¿Debemos los cristianos apoyar la agenda contemporánea de los derechos humanos?

Los límites entre el liberalismo y el cristianismo

En vista de que los derechos humanos tienen una raigambre cristiana, pero han sido profundamente influidos por la ética liberal y su noción de justicia (libertad, autonomía, neutralidad del estado, etc), habrá colisiones al momento de aceptar unos u otros por parte de los cristianos. Creo que hay algunos problemas esenciales para afrontar este debate. El primero, es que los evangélicos no hemos tenido la oportunidad ni los espacios adecuados para discutir este tema a la altura de las exigencias analíticas que presenta. En segundo lugar, nos hemos visto fuertemente influidos por ciertos sesgos y discursos que nos han llevado a presumir que los derechos humanos son, del todo, anti-cristianos. Por último, no conocemos nuestra historia ni el hecho de que, en algunos momentos, como la dictadura, fuimos férreos defensores de aquellos derechos cuando fueron violados.

Pero, ¿Ello significa que debemos estar de acuerdo con que los derechos humanos son la única noción de justicia válida en la sociedad? Es más, ¿No es precisamente uno de nuestros derechos, el de no estar de acuerdo con otras nociones de justicia? Una de las críticas más claras que se le pueden hacer a dichos derechos, como agenda política global, es que no son la única fuente de directrices éticas que podemos discutir. En política y justicia, la historia nos ha dejado un vasto legado de teorías y reflexiones que, muchas veces, entran en conflicto con los derechos humanos y su raigambre liberal. Estos no son la panacea ética, y criticarlos no es una herejía cultural.

Es probable que muchos cristianos no tengamos problema en estar de acuerdo con el derecho a la vida (más específicamente, a no ser matados arbitrariamente), a un debido proceso judicial (donde, por ejemplo, contemos con garantías de imparcialidad), a la libertad de expresión y, lógicamente, a la libertad religiosa. Pero, también es obvio que, partiendo desde una lectura bíblica tradicional, nos encontremos con que la Biblia tiene límites éticos que nos ponen en conflicto con las últimas directrices de los derechos humanos.

Esto no nos debe llevar a rechazar por completo los derechos humanos, sino que nos lleva a reafirmar la necesidad de un debate a la altura. Sin embargo, no tenemos por qué permitir que se nos exija estar de acuerdo con todo lo que dispone la agenda de los derechos humanos, ya que la teología cristiana tiene desencuentros con parte de ella. Este problema, trasciende al mundo evangélico y ha sido objeto de debate en el mundo católico, ortodoxo y protestante, por lo que no es un problema meramente contextual.

Sobre la polarización política

Volviendo al problema inicial, y retomando el análisis sobre los grupos que se han configurado en el escenario político evangélico, debo hacer algunas críticas constructivas.

De partida, creo que el sector fundamentalista, carece de los argumentos necesarios para confrontar el debate, y no hace el ejercicio de traducir sus propuestas, válidas o no, en un lenguaje accesible para la esfera pública. Además, algunos grupos, desde su fanatismo irreflexivo y enfermizo, agreden, acosan y denostan a quienes piensan distinto, atacando templos y levantando campañas de difamación en las redes sociales. Sin duda, han abierto puertas a posturas violentas y discriminadoras entre sus filas, articuladas desde discursos que penden de posverdades y falacias inaceptables. Finalmente, algunos grupos de este sector, han gestado relaciones políticas clientelares con populistas y demagogos que han dañado profundamente al mundo evangélico y cristiano frente a la opinión pública.

Respecto al grupo progresista, creo que, ya sea desde la idea de que los derechos humanos son la noción suprema de justicia, o desde distintas teorías y epistemologías elitistas esgrimidas desde propuestas académicas mesiánicas, han pretendido cuestionar al límite todas las características de la tradición cristiana y evangélica, llegando a sostener resentimientos y agnosticismos cínicos. Creo que la Biblia no está para ser “deconstruida” y colmada con los contenidos ideológicos que se le quieran dar de forma contingente. Además, a pesar de defender la diversidad religiosa, desde análisis teológicos y políticos muy cuestionables (aveces incoherentes), han tachado a amplios sectores de la diversidad evangélica como violentos y discriminadores, ignorando la complejidad y heterogeneidad de los creyentes. Por último, varios han caído en las mismas dinámicas irreflexivas y poco dialogantes del mundo fundamentalista, transformando sus posturas, gradualmente, en fundamentalismos progresistas.

Conclusiones

En el siglo XX, una corriente teológica del mundo protestante, esgrimió que los derechos humanos eran innecesarios ya que, el amor cristiano, por sí solo, sería suficiente para lograr el bien colectivo. Sin embargo, el amor sin justicia no basta para confrontar los problemas de una sociedad. Es por eso que hay mandatos bíblicos (sobre todo en la tradición profética) que nos llaman a buscar también la justicia. Uno sin otro, de nada sirven en la práctica de un cristiano. Así, se hace necesario establecer normas sociales justas que trasciendan la ética individual y lleguen, entre otros, a tomar su lugar en el reino de las prohibiciones y las puniciones.

Hoy en día, aquel discurso del solo amor, denominado agapista, permanece latente en muchos creyentes. Así también, prevalece el discurso del absoluto rechazo a las agendas políticas “progresistas” por su contenido “anti-cristiano”, comúnmente fundado en una mera intolerancia hacia lo no entendido. Ninguna de esas respuestas es útil en estos tiempos. Debemos ir más allá, y confrontar el debate con virtud, reconociendo los puntos de encuentro y de diferencia con altura de miras, abriéndonos al diálogo. El objetivo poco ambicioso (dirán algunos), es que los evangélicos comencemos a independizar nuestras posturas políticas. Debemos escapar y trascender los discursos que aquellos que pretenden ganarse nuestro apoyo irrestricto, nos pretenden imponer, ya sea desde las cúpulas de ciertas iglesias, como desde el mundo de la política institucional. Debemos aprender a descubrir el valor de debatir y deliberar con quienes piensan distinto.

Sin embargo, un problema que subsiste es que, tanto la radicalización de las retoricas fundamentalistas como de las progresistas, han llevado el debate evangélico a un punto de estancamiento en que solo nos hemos dedicado a discutir sobre sexualidad.  ¿Por qué no podemos hablar sobre participación política o justicia distributiva? Los cristianos, ¿No aprenderíamos mucho más sobre política si nos dedicáramos a conversar sobre problemas en que sí podemos dialogar libres de ataduras? Creo que, si bien debemos confrontar los problemas referentes a ello, porque la historia y sus gritos lo hacen necesario, debemos explorar otras aristas de debate donde podamos conversar libres de excesos teóricos elitistas y propuestas académicas mesiánicas.

Creo que, finalmente, esta dicotomía entre fundamentalistas y progresistas es conveniente para los candidatos populistas que se aprovechan de la radicalización de posturas y juegan con las mismas posverdades y discursos que ya han pasado por el filtro del conflicto en las iglesias y la sociedad civil. Los evangélicos, estemos más cerca del típico fundamentalismo o del progresismo, necesitamos hoy, más que nunca, debate y reflexión a la altura de los tiempos. Si pretendemos insertarnos en la política y disputar la justicia, necesitamos compromiso con el diálogo y la deliberación. Para eso, debemos evitar las zanjas del fanatismo y la simplicidad ideológica que nos intentan imponer. Quizás ya sea tiempo de preguntarnos: además de los fundamentalistas y los progresistas, ¿Qué otros evangélicos existimos en el mundo evangélico?

*Estudiante de Licenciatura en Ciencias Jurídicas, Universidad Alberto Hurtado.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí