Por Ulises Oyarzún*

Estábamos tomando un café con un amigo pastor, que vive en una gran ciudad de Sudamérica. Le pregunté cómo ha sido su experiencia, de atreverse a ser pastor de una comunidad que encaminó a ser una iglesia “abierta”, “incluyente” y con un enfoque “integral” en la misión. Una comunidad de relecturas de la Biblia, con un fuerte énfasis en abrazar la existencia con todas sus contrariedades.

Yo esperaba una respuesta más positiva, pero, en síntesis, fue algo como “El camino que tomamos fue un suicidio eclesiástico”. Me comentó que, efectivamente, llegaron algunos matrimonios y parejas, exiliados de otras comunidades, heridos, con sincera curiosidad de saber si era cierto que había una iglesia así en la ciudad.

En primera instancia, fueron varios jóvenes quienes acudieron al llamado de algo verdaderamente diferente. Pero las familias que abandonaron la iglesia en este nuevo giro fueron mayores en cantidad que aquellos nuevos que llegaron. Mi amigo, además, se aventuró a abrirse demasiado a temas álgidos que la mayoría no había reflexionado en toda su profundidad aún.

Lanzaba temas muy delicados desde el púlpito, sin mediar la capacidad de reflexión de aquellos que, sobre todo, llevaban años en la iglesia. Imaginen que la abolición de la esclavitud, desde la perspectiva de la historia cristiana, demoró aproximadamente 1800 años en cuajar… mi amigo quería que estos otros temas delicadísimos se digirieran en 6 meses en la iglesia. Fue imposible.

El tema es que mi amigo, al ver los números rojos en la comunidad, tuvo que tomar dos trabajos aparte. Curiosamente, de esas parejas que llegaron, algunos no lograban conectarse con esa nueva manera de ser iglesia, porque querían, además de algo “nuevo” desde el púlpito, seguir el ejercicio de un “pastorado paternalista”. Alguien que los llamara todos los días; que todos los días los animara, les dijera qué hacer, orara y los contuviera constantemente.  Es decir, querían un discurso “progresista”, pero un pastorado “convencional” … ¡¡¡ni ellos tenían claro qué querían!!!

Además, otros buscaban una iglesia incluyente, de teología “progresista”, pero con reuniones donde no se dejara de sentir el “Espíritu”. Es decir, querían relecturas de la Biblia, pero en el momento de la música, poder esperar siempre tener experiencias “marihuanescas” extravagantes. Otros, eran iconoclastas evangélicos y ya no querían nada de liturgias. Decían que hacer iglesia era solo reunirse y compartir una cerveza o un café y que no se necesitaba de las liturgias. Pero, en sus redes, compartían las reuniones y predicaciones de las iglesias de moda… ¿Quién los entiende? En resumen, su comunidad nunca ha podido remontar. Ha tenido solo un trasvasije de gente joven, que viene, observa, se conecta sin mayor compromiso y se va.

Otro amigo pastor, también con la idea de una comunidad diferente, tenía varios interesados; gente que daba muchas ideas, que motivaba a mi amigo a pararse firme contra los “conservadores” y en contra de los cristianos “fundamentalistas”. Pero, a la hora de aportar económicamente para la continuidad de la comunidad, ninguno de los idealistas se comprometía concretamente.

Este amigo me decía que varios de estos entusiastas creyentes le exigían bastante como líder. Un trato especial, llamadas constantes para preguntarles cómo iba su vida, acompañamiento en el “área chica”, mentoreo exclusivo. Pero a la hora de mi amigo y su familia necesitar apoyo concreto en relación con su trabajo en la comunidad, no había mucha respuesta.

Yo mismo he participado por un tiempo en algunas iniciativas parecidas. Tengo amigos que buscan ese tipo de comunidades y desean conectarse con algo diferente. Entiendo el sentir, pero veo que muchas de estas experiencias caen en la tentación (yo también he caído) de fundar sus comunidades sobre una estribación de resentimientos que van creciendo hasta conducir a algunos, poco a poco al agnosticismo. Un resentimiento que puede ser sincero, pero que termina hiriendo mortalmente a estas personas, quienes se reconocen con una profunda necesidad de espiritualidad, pero, al mismo tiempo, en la imposibilidad absoluta de volver a conectarse a una iglesia.

Sobre todo, es gente joven. Aburridos de la iglesia y heridos por sus dogmatismos, terminan varados leyendo y escuchando a “gurús” de estas nuevas “relecturas”, que no son más que teóricos de la fe. Muchos de ellos hablan de la iglesia y de sus desafíos, pero no participan en ninguna comunidad. Y peor, algunos nunca han liderado de verdad una comunidad. Suenan bonito en su discurso de deconstrucción, pero, en el fondo, no tienen muchos aportes respecto a qué podemos construir ahora… Porque otra cosa “es con guitarra”.

Quizás me volví viejo. Quizás para algunos, me “aburguesé”. Pero me cuesta creerle el cuento, tanto a los del extremo institucionalizado de la cristiandad occidental, como del extremo progresista. Creo que los dos se aprovechan tanto de la violencia de unos, como del resentimiento de otros para construir sus castillitos.

El otro día, a un amigo docente de una universidad, le tocó leer y reaccionar ante la tesis de un señor que presentaba su libro. El libro trataba sobre la urgencia de replantearse el discurso hegemónico teológico. También denunciaba los postulados que han sometido al “quehacer” teológico y lo han transformado en los brazos de los procesos colonizadores y bla bla bla bla bla…

Mi amigo le dijo al joven “Me pareció buena tu tesis, pero, ahora, ¿qué hacemos?” Luego, entre nos, me dijo “Muchos de los discursos en contra de las estructuras hegemónicas, son para plantar otras estructuras igual de hegemónicas e igual de colonizadoras”.

Y no solo son comunidades que se construyen desde el resentimiento, sino también desde la tristeza y la resignación. Una vez estuve en una junta con varias personas que estaban en esa onda. El primer día, mostraron una foto de una población indígena marginada y, en esa rueda, tomando mate y pasándolo de boca en boca, la consigna era “Todos somos…” y venía el nombre de esa comunidad indígena. A la tarde, otro círculo, y se mostró la foto de un comunero asesinado, y la consigna era “Todos somos…” el nombre del comunero. A la mañana siguiente otra persona en desgracia y así, “Todos somos…”. En resumen, salí desesperanzado de ese lugar.
Sé que es bueno tener baños de realidad, pero esa reunión fue más un baño de depresión.

Concluyo. Eso de las “iglesias alternativas”, lo seguiremos necesitando. Creo que a la realidad evangélica latinoamericana le hacen bien aires nuevos, en medio de esa nube densa que se respira. Pero, también, no todo lo novedoso está conectado con los valores del evangelio. Hay un libro bonito de Juan Driver, que se titula “Fe en la periferia de la historia”, que retrata varios movimientos “subterráneos” que la iglesia ha tenido, partiendo por el mismo movimiento que Jesús de Nazaret fundó y también el Bautista; movimientos que, dentro de la realidad del judaísmo de su época, significaron una renovación de la fe.

El autor reconoce que siempre ha habido comunidades “abrahamicas”. Es decir, comunidades alternativas de fe. Pone de ejemplo a Abraham, como el primer llamado por Dios a construir una comunidad diferente a la experiencia de Babel, donde se establece una red de experiencias fundadas en el abuso del poder y la violencia. El autor llega hasta la misma Reforma, y concuerda que, aún en medio de la Reforma protestante que todos conocemos, hubo grupos más radicales que prefirieron alejarse de las discusiones teológicas y de poder para abocarse a una fe sencilla: una fe sostenida en el amor a Dios, en el cariño comprometido de unos con otros, en una lectura de las Escrituras sostenida con fe y “masticada” en comunidad” y con un fuerte énfasis en la Paz.

Para tiempos violentos como los de hoy, quizás el camino no es creer que inventamos la rueda. Porque, por muy “vanguardistas”, siempre seremos el “refrito” de algo que ya se intentó. Tampoco creo que el camino sea el de denunciar siempre lo que me diferencia de estos o aquellos. Quizás es más simple. Una comunidad donde circule una atmósfera de cariño sincero, de tomar la Biblia en serio, no como herramienta de exclusión, sino como texto siempre vivo, de ese Dios que hace salir su sol sobre “buenos y malos”; es decir, un Dios que nos abre camino para el encuentro con todos, sean quienes sean. Abrirse paso a la realidad, pero aferrados a la esperanza que Dios da.

Y en ese encuentro que invita a la transformación de la sociedad, no reducir la “inclusión” a un discurso más, a un slogan. Porque la verdadera inclusión no se predica ni se grita, se vive. Además, aunque muchos neguemos la “institución”, fue gracias a esa “institucionalización” de la fe que la cristiandad, como fenómeno religioso, perduró dos mil años. Si no hubiese habido un Constantino (Y aquí quizás se rasgan la camisa varios amigos), hubiésemos leído del cristianismo historias como hoy leemos del desaparecido gnosticismo, que siempre se negó a institucionalizarse.

Desde el enfoque histórico, sería imposible estar aquí hablando de Jesús si la cristiandad no hubiese hecho el giro de movimiento a institución. Quizás el desafío signifique ver qué tanto esa institución hoy, vuelve un poco a ser movimiento, para evitar que se transforme en un “monumento”.

*Pastor en la Iglesia Vástago Epicentro.

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Originalmente publicado en el facebook del autor, 2019. Reproducido con autorización. Edición de Matías Aránguiz Kahn.

1 COMENTARIO

  1. Gracias por esta reflexión. Para nosotros los jóvenes que estamos en el proceso de en búsqueda de ser fieles a nuestra propia jornada de fe y al mismo tiempo queremos servir auténticamente a la iglesia latina evangélica.

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