Por Iván Aceituno*

Desde hace algún tiempo, he llegado a una profunda preocupación sobre eso que llamamos “lenguaje cristiano”. Con lenguaje cristiano me refiero al conocimiento y comprensión de las palabras y conceptos cristianos.

El lenguaje cristiano ha llegado a convenirse en un escollo en nuestro tiempo. Buena parte de su vocabulario se ve seriamente malinterpretado tanto como por los cristianos como por los que no lo son. Como pentecostal, tengo la sensación de que nosotros tenemos las cosas aún más difíciles, debido a nuestras experiencias. 

En este artículo quiero explicar las experiencias pentecostales a través de una palabra un poco más conocida: La mística, el misticismo.

La investigación histórico-teológica sobre los orígenes del pentecostalismo ha hecho esfuerzos por rastrear precedentes que permitan apreciar mejor la tradición carismática en la historia del cristianismo. Pero como han notado diversos autores como por ejemplo, M. Salinas en Historia del pueblo de Dios en Chile. La evolución de cristianismo desde la perspectiva de los pobres, el registro de la presencia de movimientos carismáticos en la historia de la iglesia ha estado condicionado por la actitud de rechazo y condena por parte de las “historias oficiales”. La afirmación popular de que “la historia la escriben los vencedores” es un hecho incuestionable, y desde Eusebio de Cesarea, en el siglo IV, hasta las grandes obras del siglo XX, podemos percibir que a los movimientos carismáticos sólo se les concede un espacio marginal. Con frecuencia, cuando se le dedica mayor atención, las referencias a ellos son más bien acentuando su carácter de “desviación”, extremismo, heterodoxia u otras características “patológicas”. 

En el pensamiento y práctica pentecostal, ha habido influencias teológicas y filosóficas de importancia como son: el platonismo (eternidad o inmortalidad del alma, el dualismo cuerpo/alma), el misticismo (la intimidad personal de la relación de Dios-ser humano-Espíritu de Dios), el pietismo (énfasis en el nuevo nacimiento y ascetismo social), el zwinglismo (la eucaristía como memoria), el anabaptismo (el rebautismo y el impedimento del bautismo de niños), el puritanismo (anti catolicismo romano), el metodismo (la santificación), el dispensacionalismo (pre milenaristas), el fundamentalismo (literalidad de la Biblia), entre los más importantes. Cada uno de ellos ha surgido como movimiento reaccionario a momentos históricos específicos que hoy encuentran un espacio en el quehacer pentecostal. Como ya se ha mencionado, hoy analizaremos sólo uno: el misticismo. 

A modo de introducción: el misticismo.

La mística (del verbo griego myein, «encerrar», de donde mystikós, «cerrado, arcano o misterioso») designa un tipo de experiencia muy difícil de alcanzar en que se llega al grado máximo de unión del alma humana a lo Sagrado durante la existencia terrenal.

El misticismo surge como una reacción a una situación sociopolítica y religiosa. La tardía Edad Media envolvía vidas y espíritus en una atmósfera de caótica inseguridad, de intensos problemas para la existencia exterior e interior. A la época “horrible, la época sin emperador” (1256-1273) como se le suele llamar a un verso de Schiller (En la balada «Der Graf von Habsburg» El conde de Habsburgo), le siguió una etapa de enconadas luchas entre el imperio y el papado, que trajeron consigo el “cautiverio babilónico” de los papas con su residencia temporal en Aviñon. En la historia de la literatura alemana, el capítulo correspondiente a esa época es en la que florece la mística (1300-1325), está marcado por la aparición de un libro que se intitula significativamente: Discordia entre el estado y la iglesia. Ser uno con Dios. Desde este contexto religioso, José Martín Brocos Fernández, señala: “debido en gran parte a la falta de referente intelectual, conciencia del abuso dialéctico entre tomistas y escotistas y seguidores de Ockham, el misticismo empezó a brotar en esta época, muchos renunciaron a toda especulación filosófica ahondando en la búsqueda de vías alternativas de conocimiento: las que se cimentaban en la oración y contemplación de realidades suprasensibles”. (José Martín Brocos Fernández, la decadencia escolástica y misticismo heterodoxo del siglo XIV como antecedente de la fundamentación filosófica del modernismo decimonónico).

El misticismo es definido como “la experiencia de la unión directa y momentáneamente con Dios, que sólo se consigue por la vía unitiva, mediante un tipo de experiencia denominada visiones o éxtasis místico, de un placer y conocimiento inefable e indescriptible”. Esta visión es reduccionista ya que se cimienta sólo sobre la experiencia del éxtasis. Desde mi punto de vista, el misticismo es mucho más englobante, pues el éxtasis es solo parte de ella. Definiría el misticismo como “la experiencia de búsqueda continua de la presencia viva, real de Dios o divinidad en la vida terrenal e íntima, de tal manera que el centro de su existencia y búsqueda es sólo Dios”. En esta experiencia continua se pueden dar los éxtasis, pero las formas más comunes de sentir la divinidad en la cotidianidad se dan sin llegar al estado extático. Para nuestro estudio valga recordar en este momento al místico maestro Eckhart (fundador del misticismo alemán) y sus discípulos Johannes Tauler (1300-1363 d. C.) y Henry Suso (1300-1366 d. C.), conocido como el poeta de los místicos. Todos eran de la orden de los dominicos. Pero fue Tauler a través de sus libros el que influyó sobre Felipe Jacobo Spener (1635-1705), fundador del pietismo alemán. 

El misticismo es universal y variado, místicos hay tanto en Occidente como en Oriente, tanto cristiano como no cristiano. Aquí tomo al maestro Eckhart (1260-1327 d.C.), como punto de partida. Eckhart y sus discípulos Tauler y Suso influyeron mucho en Europa, incluyendo España. Para nuestro caso, merecen especial mención de Tauler y Thomas Kempis quienes, como ya he dicho, influyeron en el fundador del pietismo Spener. Y la influencia de Eckhart sobre Lutero.

El éxtasis

Entiendo por éxtasis el estado psicológico de la persona en que el tiempo y el espacio-magnitudes físicas- desaparecen, encontrándose en una dimensión inexplicable de gozo y paz únicas con la presencia de Dios o su unión con Dios. Pero en esta experiencia no se pierde la conciencia, pues uno recuerda lo que sucedió. 

Por ejemplo, en los pentecostales en su diario vivir o su cotidianidad, hay momentos sin entrar en éxtasis en los que escuchan la voz de Espíritu Santo que les habla, ya sea para advertirles de una situación de peligro, interceder en oración por una persona conocida o desconocida, entregar un mensaje directo a un receptor, acercarse a alguien tal como sucedió con el encuentro entre Felipe y el etíope (hechos 8:26), etc. 
Además de los místicos mencionados antes, quiero agregar a dos de los más grandes, y en ellos veremos cómo aplica se hace valer el concepto del misticismo. Empiezo por nombrar a Pablo y luego a Tomás de Aquino.

El primero, experimentó a Jesús en una visión y transformó su vida. El segundo, lo experimentó ya transformado pero sus ya conocidos éxtasis, desde la voz de Dios a través de un crucifijo y una asombrosa levitación, afirmaron su teología.(Hechos 9:1-19, M. A. Martínez Juan, “Santo Tomás de Aquino, maestro de vida espiritual” p. 72, respectivamente)

Redefinir lo místico

Como hemos visto, místico (sustantivo) y sus parientes místico (adjetivo) y misticismo. son términos con diversos y ambiguos significados. En la lengua común, estas palabras tienen una connotación desdeñosa. Decir que algo «suena a místico» o «suena a misticismo» significa que no debes tomarlo con seriedad. Se trata de algo que es impreciso, confuso, carente de fundamento, de otro mundo  e irrelevante.

 En su libro El primer Pablo. La recuperación de un visionario radical, M. J. Borg dice:  “En el ámbito académico el término no es despectivo, pero si ambiguo. Es decir, algunos especialistas lo usan en sentido restringido y preciso, mientras que otros lo entienden en un sentido más amplio. Quienes lo definen de forma restringida consideran que lo místico es un fenómeno específicamente religioso poco habitual y piensan que en el caso del judaísmo y del cristianismo se trata de un desarrollo posterior a la época bíblica, por lo que no usarían los términos místicos o misticismo para calificar algo que pertenezca al período bíblico” (p. 27).

Sin embargo, existe una definición más amplia, de la que soy partidario. Dicho en cinco palabras, que, por supuesto, requieren explicación: misticismo es unión con Dios.

Con lo ya escrito, es posible afirmar que un místico es aquel que vive en unión o comunión con Dios. La diferencia entre unión y comunión es relativamente pequeña: la primera implica un sentido de «uni-cidad» con Dios y la segunda un sentido de relación con lo sagrado que es profunda, cercana en íntima, aún cuando se mantiene un sentido de «dupli-cidad».

La mayoría de los místicos tienen experiencias místicas, que entendemos como éxtasis en los que se produce una sensación muy real de la presencia de Dios o de lo sagrado o de lo real (términos que usamos como sinónimos en este caso). La experiencia de éxtasis, como sugiere la raíz del vocablo griego, no es el Estado habitual de conciencia. Con el éxtasis nos encontramos «fuera de» o «más allá» de la conciencia habitual en un estado en el que se siente abrumadoramente la experiencia de Dios, es decir, que Dios se convierte en una realidad de la experiencia. En este sentido, los místicos conocen a Dios. No simplemente creen en él, sino que dan el paso del creer al conocer.

Es decir, el misticismo puede definirse como una “experiencia directa de la realidad última”, a través de la cual los creyentes buscan alcanzar un espacio trascendente. De hecho, un gran número de creyentes clasifican diferentes experiencias que consideran sobrenaturales como evidencias místicas y éstas terminan conformando toda la evidencia que los devotos necesitan para justificar sus creencias. Por lo tanto, el misticismo vive en el centro de las experiencias religiosas y, se relaciona enérgicamente con las expresiones de fe.

Otra característica a destacar es que la experiencia de del misticismo no se limita a espacios físicos. Quiero decir que el lugar, momento, contexto, etc. no son importantes para experimentar alguna experiencia mística.


Conclusión

A pesar de que el misticismo es un fenómeno único, indefinible, misterioso y complejo que depende de testimonios subjetivos, el misticismo nutre a las religiones y vigoriza los mensajes de éstas. Sin ninguna duda, el judaísmo no sería tan popular sin las visiones de Ezequiel; ni el cristianismo, sin la transfiguración de Jesús. Los movimientos pentecostales afirman que pueden relacionarse con el Espíritu Santo.

En síntesis, las religiones, sobre todo el pentecostalismo, en su gran mayoría, comparten aspectos comunes en tanto se alían a la fe y al misticismo para lograr un vínculo de comunicación desde lo terrenal hacia lo divino. En primer lugar, la fe les facilita a los creyentes aceptar la existencia de un plano sobrenatural, ya que la mayoría de los devotos no perciben experiencias místicas individuales. En segundo lugar, el misticismo interactúa con las prácticas religiosas tradicionales, permitiéndoles a los creyentes relacionarse con una verdad superior y una realidad trascendente. Aunque los procesos mencionados anteriormente no se manifiestan necesariamente de una forma predecible, ambos resultan vitales para mantener en pie los principios y las creencias fundamentales de la religión –sea cual fuese su denominación–.

Las experiencias místicas están más allá del lenguaje que nosotros podemos explicar. Tomás de Aquino, tras haber tenido una fuerte experiencia mística que le acercó a Dios como nunca antes, llegó a decir: “es que, comparado con lo que vi en aquella visión, lo que he escrito es muy poca cosa”. De ahí que dejara de escribir. Ni el aquinate pudo explicar en palabras la experiencia mística. Solo se puede experimentar.

*Miembro de la Iglesia Evangélica Pentecostal.

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