Por Marco Garay Cerda*

En el marco de la contingencia nacional muchas son las voces que se oyen a diario y cada vez más fuerte. Una crisis social que de algún modo se podía presentir en las décadas post dictadura pero que no había alcanzado las dimensiones que hoy ostenta. Un movimiento que de muchas formas abarca amplios sectores de la sociedad, sin embargo, hay un leve resabio que se puede percibir entre la multitud de opiniones y arengas, esto es: ¿qué opina la iglesia? Y en específico me preocupa lo que piensa la iglesia pentecostal.

No acababa de madurar el movimiento cuando oí un mensaje en la radio que me dejó pensativo. Se les preguntaba a los jóvenes sobre la iglesia en medio de este estallido (o como guste llamarlo) a lo que respondían sin vacilar “la iglesia nos ha abandonado”.

Antes de continuar quiero aclarar que no estoy representando a nadie más que a mí y que no planeo que la iglesia deje de ser iglesia para secularizarse y olvidar su rol espiritual en medio de esta crisis social.

Pues bien, como muchos hermanos pentecostales, escuchamos decir desde los púlpitos de nuestras iglesias que debemos avocarnos a la oración (la cual es de todas maneras un pilar fundamental) y no involucrarnos de manera directa en los problemas que son parte de la cultura secular ya que nuestra vocación es la ciudadanía celestial. Esto, acompañado con el silencio de las cúpulas de las grandes congregaciones pentecostales, ha dejado a la sociedad sin una perspectiva cristiana que emane desde el pentecostalismo.

Me parece que el silencio y la apatía en medio de la crisis es un síntoma de lo que ocurre dentro de nuestras iglesias a pesar de que no queremos reconocerlo. Hace no mucho tiempo conmemoramos los 110 años del avivamiento pentecostal criollo con mucho gozo. Sin duda el pentecostalismo es un avivamiento el cual no solo está caracterizado por un cambio de paradigma sino también con la masiva expansión de la fe cristiana sin precedentes en la historia. Muchos se preguntaban ¿por qué crece el pentecostalismo? Si no hay grandes y transversales confesiones de fe, una teología consolidada y más aún una raíz común. Obviamente surgen muchas conjeturas en las cuales se piensa que era la ignorancia el caldo de cultivo para este nuevo movimiento cristiano. Sin embargo, siendo pentecostales por opción y no por tradición sabemos que el caldo de cultivo es el Espíritu Santo. Este, a su vez, concebido y conocido a través de la biblia no solo con su poder soteriológico sino también como la capacitación sobrenatural para la misión (tal y como lo menciona Robert Menzies en su libro: “Pentecostés”).

pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.”

Hechos 1:8 Reina-Valera 1960 (RVR1960)

Una capacitación tan necesaria que fue imprescindible esperar por ella antes de que la iglesia emprendiera su gran comisión siendo testigos en todo lugar y nación. Un poder que fluyó en medio de un pueblo de Dios unificado y con profundo amor por las almas de este mundo.

Un espíritu similar es el que movió el avivamiento pentecostal a comienzos del siglo XX. En avivamientos como el de Estados Unidos en que se anhelaba la arriesgada misión, que sin acepción de personas hombres como William J. Seymour y mujeres como Agnes Ozman fueron utilizados para la obra (impensado que una mujer y un hombre negro fueran impulsores de un movimiento cristiano), o en medio de la india y al fragor de la reforma social impulsada por Pandita Ramabai en pos de los atropellos del sistema de castas sobre las mujeres. Y en nuestro país los hombres y mujeres redimidos de vicios, de trabajos precarios, altas tasas de mortalidad infantil y una sociedad hostil para el protestantismo.

Muchos son los clamores para que aquellos días vuelvan en este siglo, mucho anhelamos los dones sobrenaturales del Espíritu Santo y en nuestras iglesias se siente una asfixia en la cual nos miramos unos con otros tratando de explicarnos por qué los carismas no han sido utilizados por Dios en su soberanía sobre el pueblo cristiano. Se dice que ahora somos “una iglesia fría” y muchas veces no nos faltan los responsables a los que apuntar. Ciertamente la iglesia pentecostal comienza a declinar en cuanto a lo que es su principal diferencia con las iglesias históricas.

Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites”

Santiago 4:3 Reina-Valera 1960 (RVR1960)

Ahora bien, ¿por qué anhelamos estos dones? ¿Queremos ver danzas y fervor en nuestras iglesias y que después lleguemos a casa para decir “qué lindo estuvo hoy el culto”? Ciertamente no es el propósito de Dios para estos dones, de hecho, tampoco es para que sepamos que somos salvos. La labor de la salvación está cubierta por el Espíritu Santo desde que creímos y confesamos que Cristo es el Señor. La necesidad de estos dones es para la ministración de la iglesia como comunidad y a la vez hacia el mundo que no ha conocido a Dios. El profundo clamor de un corazón por estos dones es motivado por el amor al prójimo, así como al Señor (nuestra verdadera caridad). Es la empatía con nuestros hermanos y con las personas que nos rodean día a día sin la esperanza de una vida eterna.

La iglesia intenta solventar esta necesidad al cubrirnos de eventos que nos mantengan en nuestras cuatro paredes, seguros de la realidad mundana. Ciertamente debemos orar como lo hacía Evan Roberts que oraba 5 horas al día, pero lo primordial son nuestras intenciones.

Cuando Cristo convierte el agua en vino en las bodas de Caná (Juan 2) como primera de las señales que realizó se utiliza la palabra griega “sémeia” (señal) lo cual apunta que los milagros no son simplemente una demostración de poder, sino que ejemplifican una verdad sobrenatural a las personas que la presencian y son receptoras. A saber, el beber del nuevo vino espiritual.

¿Será quizás que la iglesia ha caído en un individualismo solapado y es una de las razones de su decaimiento espiritual? No pretendo contestar esa pregunta, pero sí generar la inquietud.

Necesitamos más que nunca empatía, amor y voz en momentos como este. Para con nuestros hermanos en la fe y para quien ha sido vulnerado en sus derechos fundamentales, para los uniformados que cumpliendo su labor han sido violentados. Misericordia para los arrepentidos de su violencia, justicia y benignidad para quien no tiene para poder vivir. Todo lo anterior partiendo desde nuestra actitud personal y como un reflejo de la gloria venidera.

*Miembro de la Iglesia Pentecostal de Chile, Temuco-Pueblo Nuevo. Encargado de jóvenes de su iglesia local. Miembro del Departamento de capacitación regional del cuerpo de jóvenes de la novena región. Cirujano dentista de profesión.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí