Por Manuel Chacón*

Introducción

Hace algunos años en clase de seminario entré en diálogo con Ignacio. Al leer sus escritos quedé con muchas preguntas, pero solo una retumba en mi mente con más fuerza que las demás. Siempre ha rondado en mí esta cuestión: ¿por qué llegó hasta el martirio pudiendo evitarlo? Fue hasta hace poco que volví a considerar a Ignacio, leí de nuevo sus cartas y algunos comentarios sobre él entre los cuales me llevé una sorpresa que me arrastró a este escrito, pues nunca había visto a Ignacio como místico[1].

Algunos de los acercamientos más tradicionales a Ignacio versan sobre temas de eclesiología[2], de índole pastoral. También las lecturas se enfocan en lo testimonial poniendo la mirada en su martirio[3]. Esta segunda lectura podría ser la respuesta común a mi pregunta inicial a Ignacio como místico y puede ser clave para comprender en el presente ensayo. El motor del martirio fue sin duda su deseo místico de unirse con Dios.

Ignacio de Antioquía

Ignacio (40-117 d.C.) fue obispo de Antioquía probablemente entre 85-117 a.C. Su origen es pagano, pero siendo ya cristiano fue capturado y condenado a ser devorado por las fieras en Roma. Al respecto Justo González comenta que fue “por negarse a adorar los dioses del imperio’ (1994: 367). Según la tradición histórica, camino a Roma hubo varias escalas y encuentros místicos que en sus siete cartas se reflejan (de ellas, seis van dirigidas a las iglesias y una personal a Policarpo). Pero la más relevante para nuestro tema es el escrito a los Romanos, que contiene una solicitud personal de no oponerse a su autosacrificio. Sin duda, el estilo de sus cartas ―tal como lo perciben algunos autores―, es la diatriba estoica.

Lo místico

¿Qué es lo místico? Según el autor Justo González “es un término cuyos límites no están claros aún” (2010:192). En esta línea, él concluye que el concepto “místico” se encuentra “en todas las religiones” y se expresa “en diversas formas” (Ibíd.). Es interesante hacer notar el uso del término que define el misticismo y su propósito como tal y que nos es útil en el presente ensayo: “Su meta es que el alma quede de tal modo unida a la divinidad que pierda sentido de sí misma, como una gota de agua que se disuelve en el océano” (Ibíd. Énfasis nuestro). Algunos ven el misticismo en tres etapas: “purgación, iluminación y la unión, esta última es la meta de todo discípulo cristiano, la unión plena con Dios” (Ibíd.). Por estas y otras razones el misticismo se le relaciona con lo extático, al tratar de experimentar a Dios, un conocimiento no racional sino intuitivo. Es asceta en este sentido porque se renuncia incluso a la vida social adoptando una vida solitaria buscando con ello alcanzar una unión con la divinidad. Para algunos teólogos, esto es el estado final del alma en la presencia divina. Se asemeja a un éxtasis permanente. Por esta vía unitiva podemos ver a Ignacio como místico ya que busca en su deseo más profundo alcanzar a Dios.

Ignacio “el gnóstico”

Esta idea de unirse a Dios podría tomarse de una manera escapista y espiritualizada que suena a gnosticismo, que sería de alguna manera un anacronismo aplicarlo a Ignacio, descontextualizando afirmaciones como: “la carne es mala y lo espiritual es lo eterno y valedero”. Por ejemplo, ya Philip Vielhauer lo ve como “pneumático pero en un sentido gnóstico” (1991:562). Tales cuestiones han llevado a debates sobre lo gnóstico en Ignacio de Antioquía. Se cuestiona desde hace mucho tiempo el alcance de dicha afirmación si su gnosticismo es parcial o de forma periférica[4]. Estos debates han persistido pero el lenguaje de Ignacio surge de su lectura y entendimiento del evangelio y el ejemplo de los apóstoles y no de una doctrina gnóstica de la época. Es relevante que en sus escritos encontramos muchas citas del evangelio, de Pablo y quizá de Juan. Por lo demás, considero que Ignacio era un gran apologista ya que precisamente se enfrentó a la herejía gnóstica doceta primitiva, por tal razón vemos en sus escritos las frecuentes citas resaltando dimensiones humana y divinas de Jesús. Sobre esta cuestión se puede profundizar en su carta a los esmircenses que es ante todo una defensa contra esta herejía.

El sobrenombre

Ignacio, en sus siete cartas, se hace llamar Teóforo (Theóphoros) que significa “portador de Dios” o “el que porta a Dios”. Existe una alusión a la comprensión de Ignacio de sí mismo como portador del mensaje de Dios, de esta forma se ve respaldado con un don prominente. Considerarse a sí mismo como “este tiene a Dios”, para Ignacio significa ser templo de Dios. Al respecto él se expresa así: “Hagamos todas las cosas considerando que Él vive en nosotros, para que podamos ser sus templos, y Él mismo pueda estar en nosotros como nuestro Dios”[5]. Esta frase en Ignacio es pneumática y muy usada por él, a tal punto de ser su sobrenombre, lo cual tiene relevancia no solo de su personalidad sino de su pensamiento.

Lo perfecto

Esta realidad pneumática de Ignacio tiene implicaciones morales y éticas (así lo indica el contexto de la cita anterior). Para Ignacio lo perfecto o la perfección se logra con una buena conducta, unidad con la iglesia[6], sufrimiento[7] y a través del amor y la fe. Él dice: “La fe es el comienzo y el amor el fin”[8] dándole a esto un sentido de completo-perfecto [parecido a lo que dice 2 Pedro 1:5-6]. La siguiente cita de Ignacio es una de las más referenciadas en relación a su misticismo: “El que posee la palabra de Jesús es capaz de prestar atención a su silencio, para que pueda ser hecho perfecto; para que por medio de su palabra pueda actuar y por medio de su silencio pueda ser conocido”[9]. En otras palabras, sé es perfecto escuchando la palabra de Jesús [en este caso viviéndola, siendo cristiano no solo de palabra según el contexto de la cita] y por medio del silencio. Seguramente es una referencia a la contemplación o quizá a la oración. Para Ignacio, a Dios no solo se le conoce por la Palabra sino también por otras vías de conocimiento, en este caso el silencio, un aspecto místico.

Ascetismo

La realidad pneumática no solo es un camino de perfección sino también de limpieza interior, por lo cual implica sacar lo malo interno sino quitar también lo externo que impida una relación plena con Dios. Ignacio afirma: “Carecemos de muchas cosas, para que no nos falte Dios”[10]. Sin duda, Ignacio era de una posición privilegiada y que por su posición acceder a comodidades de la época, sin embargo, prefirió el martirio para alcanzar a Dios completamente y es capaz de someter sus deseos a esto.

El deseo

Los cristianos sabemos que los deseos son fieros y en muchos casos nos dominan. Ignacio lo sabía, por eso concluye en uno de sus tantos escritos: “Ahora estoy aprendiendo en mis cadenas a descartar toda clase de deseo”[11]. Ignacio no dice que todo deseo es malo, sino que existen los “deseos carnales”[12] y los buenos deseos que son más que nada “alcanzar a Dios a través del martirio”[13]. Este es un énfasis de los más sobresalientes en Ignacio y con mayor presencia en Romanos. De allí que se afirma en las lecturas tradicionales que lo más importante en Ignacio es dar testimonio de Cristo a través de su sacrificio, y en sus cartas Ignacio no hace énfasis en esta postura. Su deseo es ante todo alcanzar a Dios y por eso cuando algunos de sus seguidores desean quieren impedir su martirio, él responde: “Que vengan el fuego, y la cruz, y los encuentros con las fieras (dentelladas y magullamientos), huesos dislocados, miembros cercenados, el cuerpo entero triturado, vengan las torturas crueles del diablo a asaltarme. Siempre y cuando pueda llegar a Jesucristo”[14]. También dice: “Mis deseos personales han sido crucificados (Gal. 5:24; 6:14), y no hay fuego de anhelo material alguno en mí, sino sólo agua viva (Jn. 4:10-14; 7:38s) que habla dentro de mí, diciéndome: ‘ven al Padre’ (Jn. 14:12)”[15]. Para Ignacio, si bien el testimonio de Jesús es una verdad complementaria, lo principal para él pueda ser su deseo místico de la unión de Dios, por eso no quiere que nadie lo impida su sacrificio. Al respecto el escribe:

Escribo a todas las iglesias, y hago saber a todos que de mi propio libre albedrío muero por Dios, a menos que vosotros me lo estorbéis. Os exhorto, pues, que no uséis de una bondad fuera de sazón. Dejadme que sea entregado a las fieras puesto que por ellas puedo llegar a Dios. Soy el trigo de Dios, y soy molido por las dentelladas de las fieras, para que pueda ser hallado pan puro (de Cristo). Antes atraed a las fieras, para que puedan ser mi sepulcro, y que no deje parte alguna de mi cuerpo detrás, y así, cuando pase a dormir, no seré una carga para nadie. Entonces seré verdaderamente un discípulo de Jesucristo, cuando el mundo ya no pueda ver mi cuerpo. Rogad al Señor por mí, para que por medio de estos instrumentos pueda ser hallado un sacrificio (Flp. 2:17; 2Tm. 4:6) para Dios. No os mando nada, cosa que hicieron Pedro y Pablo. Ellos eran apóstoles, yo soy un reo; ellos eran libres, pero yo soy un esclavo en este mismo momento. Con todo, cuando sufra, entonces seré un hombre libre (1Cor. 7:22; 9:1) de Jesucristo, y seré levantado libre en Él. Ahora estoy aprendiendo en mis cadenas a descartar toda clase de deseo (Ibíd.: Carta de Ignacio a los Romanos 7).

Ignacio tiene un deseo, una pasión por unirse con Dios. Sin embargo, no se siente digno de alcanzar dicho testimonio como aquellos que fueron antes que él, siente miedo y tentación a desistir, pero hay algo más fuerte que el temor y es la unión definitiva con Dios, de una manera completa. Será completo cuando él en Dios y Dios en él, no habrá nada más importante cuando sea satisfecho por Dios.

Conclusión

Consejos para pentecostales por Ignacio de Antioquía: una relectura de la mística

Antes de dar el gran paso de los consejos ignacianos, vale la pena decir que ya la conexión entre pentecostalismo y mística la han hecho otros autores (cf. Castelo, 2018).  Daniel Castelo dice “que las categorías o etapas (purgación, iluminación y unión) son aplicables al Pentecostalismo” (Ibíd.)[16], así como también fueron aplicables a Ignacio de Antioquía para vincular lo místico. Es por esta razón que podemos aprender de la mística ignaciana por lo menos dos elementos:

El primero consiste en el deseo de trascenderse no acomodándose a este mundo. Los pentecostales somos conocidos por nuestros éxtasis, por sentir a Dios y conocer a Dios a través de los sentidos que son otras maneras válidas de experimentar a la divinidad. Los pentecostales hemos crecido denominacionalmente y algunos han empezado a incidir en la política y pareciera que quisiéramos acomodarnos, a crear reinos aquí y a negociar los valores del evangelio por posición y poder en este mundo, pero cada área o etapa que enfrentemos como iglesia o individuos debe testificar a Jesús. Que lo que promueva nuestra vida sea el seguimiento a Jesús, que nuestra vida sea un modelo y que por encima esté siempre el gran deseo de la realidad última, el gran éxtasis eterno de estar en Dios completamente, como lo deseó Ignacio. Una mística que nos lleve cada vez a un discipulado más fiel. Un amor a lo divino más que a lo mundano pero sin menospreciar esto último pues también es creación de Dios.

El segundo consejo de Ignacio es que cerrar los ojos y desear a Dios no nos debe hacer ciegos ante la realidad. En el pentecostalismo es normal cerrar los ojos y abrirse a una experiencia con muchas connotaciones. Sin embargo, este deseo de lo divino reflejado en las experiencias del éxtasis nos hace amar más a Dios y esos momentos de gozo divino, pareciera un escapismo que nos hace olvidar nuestra realidad mundana. A Ignacio se le conoce más como teólogo, que por su corazón pastoral; también a Ignacio fue un apologista que denunció abiertamente a los herejes, comprendió además la realidad política que le rodeaba. Sin duda fue un cristiano preocupado por los problemas de las iglesias, de los obispos. Fue un gran hombre de fe que lo llevo al martirio y su deseo de sentir a Dios lo hace uno de los grandes místicos de la fe cristiana. Este deseo pentecostal de experimentar a Dios y la unión con Dios que se asemeja a la vida Ignacio de Antioquía, nos debe hacer pentecostales comprometidos con la realidad de la iglesia y la sociedad. Que en lugar de cerrar los ojos nos agudice la vista y los demás sentidos para ver la realidad en que vivimos nuestra fe. Anhelamos el encuentro con Dios por medio de su Espíritu y a través de dicha experiencia redimirnos pero no enajenarnos de ella. Que nuestra experiencia de lo divino también nos haga conscientes de la realidad que vivimos y buscar cambiarla cambiando nosotros.

*Colombiano, seminarista y miembro de una pentecostal.

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Obras consultadas y Notas

Álvarez Gómez, Jesús (2001). Historia de la Iglesia, t.1. Edad antigua. Serie Sapientia Fidei. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos.

Castelo, Daniel (2018). Pentecostalismo: Una tradición mística. Oregón: Editorial Kerygma.

Hamman, Adalbert G. (2009). Para leer los padres de la iglesia. Bilbao: Desclée De Brouwer.

González, Justo L. (1994). Historia del cristianismo, t.1. Miami: Editorial Unilit.

González, Justo L. (2010). Diccionario manual teológico. Terrassa, Barcelona: Editorial Clie.

Ignacio de Antioquía (2018). “Carta de Ignacio a Éfeso”, en Padres apostólicos siglos I y II. S. l.: IVORY FALLS BOOKS Editores.

Vielhauer, Philipp (1991). Historia de la literatura cristiana primitiva. Salamanca: Sígueme.


[1] Descubrí a Ignacio como místico al leer a obra Para leer los padres de la iglesia, de Adalbert G. Hamman. Este autor ve a Ignacio como alguien ‘con una pasión mística que le quema’ (2009:18). De la misma forma  Jesús Álvarez Gómez (2001), Historia de la iglesia I, de la colección Manuales de “Sapientia Fide”. Cito: “San Ignacio es un verdadero místico del martirio que desea ser molido como blanco trigo por los dientes de las fieras’ (p. 294). Hamman en una edición anterior su mismo libro dedica toda una sección a Ignacio como místico (1969:21-22). En suma, él dice que esta característica de Ignacio como místico no ha pasado desapercibida por algunos historiadores.

[2] Cf. Hamman (2009: 19): “La idea dominante de su doctrina en la unidad”.

[3] Cf. Justo L. González, quien se afirma: “la razón por la que Ignacio está dispuesto a enfrentarse a la muerte es que a través de ella llegará a ser un testimonio vivo de Jesucristo’ (1994:379).

[4] Para una profundización sobre el tema, cf. González (1994:80) donde existe una amplia bibliografía sobre la misma.

[5] Ignacio de Antioquía (2018). “Carta de Ignacio a Éfeso”, en Padres apostólicos siglos I-II, Ivory Falls Books editores.

[6] Ignacio, Ibíd.: capítulo 2 y 10.

[7] Ibíd.: capítulo 3, 12 y 21; además Romanos 6 y los Filadelfios 5.

[8] Ibíd.: capítulo 14.

[9] Ibíd.: capítulo 16.

[10] Ibíd.: capítulo 5.

[11] Ibíd.: capítulo 4.

[12] Ibíd.: capítulo 8.

[13] Cartas de Ignacio a los Trallianos capítulo 4, 10, 12, 13; Romanos cap. 1 al 9; Magnesianos 14; Ibíd.: capítulo 7.

[14] Ibíd.: Carta de Ignacio a los Romanos 5.

[15] Ibíd.: Carta de Ignacio a los Romanos 7.

[16] Cf. el capítulo 2 al respecto.

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