Por Esteban Guerrero Cid*

-“¡Annuntio bobis gaudium magnum: Habemus Papam!”1, leyó cálidamente el Cardenal chileno Jorge Medina Estevez, anunciando la elección de quien fuera Benedicto XVI, un lejano 19 de abril de 2005, en una ceremonia llena de mística, signos, rituales y como telón de fondo la exquisita arquitectura de la Basílica de San Pedro. ¿Quién acaso no disfruta ver si el humo gris que sale de aquella pequeña chimenea parece más blanco que negro, cuando se lleva a cabo la misteriosa votación? Al cabo de casi 13 años, el mismo Benedicto XVI hace pública su renuncia al cargo de Obispo de Roma, aduciendo razonablemente asuntos propios de la edad. Si bien su discurso fue en una reunión de rutina del colegio cardenalicio, rápida y conscientemente se difunde  su dimisión, en un memorable texto leído también en latín, que una reportera italiana familiarizada con el idioma logró captar y comunicar a la prensa:

“Tras haber examinado repetidamente mi conciencia ante Dios, he llegado a la certeza de que mis fuerzas, dada mi avanzada edad, ya no se corresponden con las de un adecuado ejercicio del ministerio petrino. […] Por esta razón, y muy consciente de la gravedad de este acto, con plena libertad declaro que renuncio al ministerio de obispo de Roma, sucesor de san Pedro. […] Queridos hermanos, les agradezco muy sinceramente todo el amor y el trabajo con el que me apoyaron en mi ministerio y les pido perdón por todos mis defectos”2

Ya nos quisiéramos esto. Pero no. La Iglesia Evangélica Pentecostal tiene sus formas y procedimientos. Y eso se respeta. Aunque queda un familiar olor a humo que nos sugiere que la historia parece repetirse… ¿Nos hacemos cargo de esto? Pienso que no quisimos tomar la posta. La historia es la gran ausente en todo este asunto. “El pueblo que desconoce su propia historia está condenado a repetir sus errores”, reza el adagio popular. Notable excepción a esa regla fue el trabajo de recopilación que el primer Superintendente de la IEP logró consolidar, aquel varón de cuidada barba, redondos anteojos y, quién sabe, con una voz igual o más cálida que la del cardenal Medina: Willis Collins Hoover Kurt. ¿Su ambición? No más que reunir en un registro escrito los rasgos principales y los notables acontecimientos ocurridos en 1909. Alejado de un deseo de causar dolor, consciente de la diversidad de criterios al evaluar los hechos, y calificando su trabajo historiográfico como una “obrita” 3, se hizo cargo de la tarea, entendiendo de algún modo, lo relevante que puede tornarse un texto histórico cuando se redescubre, allende los años.

Tal vez nunca sepamos si Hoover tenía en mente este último alcance, pero afortunadamente hay mucha sabiduría a encontrar en el estudio de la historia, aunque, claro está, ya no solo limitándonos a la IEP sino a la Iglesia Universal. En las siguientes líneas espero esbozar razones acerca de la necesidad cristiana del dialogo con la historia del pensamiento cristiano y cómo la IEP, torpemente, pudiera haber descuidado este aspecto.

Comenzaré apurándome en aclarar que la asistencia que la historia presta no puede mirarse de una forma normativa o magisterial, sino solo ministerial. Esto es, la historia nos ayuda en varios aspectos pero no constituye un registro autoritativo en materias de doctrina. La autoridad suprema es la Escritura, la Palabra de Dios. Dicho eso, sostengo que quien desprecia la historia del cristianismo y las formulaciones doctrinales -atendidas a lo largo de siglos- desprecia la oportunidad bíblica de profundizar en aquella unidad de conocimiento que Pablo se esmera en exponer en el nuevo testamento, además de ignorar la promesa del Señor de edificar su Iglesia:

“Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros,a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo,hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo;para que ya no seamos niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres que para engañar emplean con astucia las artimañas del error […]” 4

“Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta rocaedificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.” 5

En otras palabras, desatender a la historia es ignorar que Jesucristo es también Señor de la historia, y que la Iglesia ha sido edificada sobre fundamento firme, y el desarrollo y formulación de su doctrina, en efecto, ha sido guiada por Él y debe ser objeto de discernimiento constante. Un fallecido autor evangélico sostenía una gran valoración acerca de la teología histórica, aquella rama de la teología que se ocupa de estudiar el desarrollo del pensamiento cristiano:

“Aún cuando no es infalible [la teología histórica], debe reconocerse como la guía que Dios da a su pueblo en concordancia con su promesa a la Iglesia de todos los tiempos”6

¿Qué es lo pernicioso en este descuido? ¿Acaso la Iglesia Evangélica Pentecostal no ha considerado seriamente estos asuntos? Después de todo comencé esta columna recordando la existencia de una recopilación histórica concerniente a la IEP, consolidada por su primer superintendente. Con todo, mi tesis es que no. Es que no ha atendido diligentemente estos asuntos. Y no es tan difícil argumentar en favor de esto. Me explico: Desde sus inicios ronda el mito fundacional de que la IEP caminaría sola. Así, sin más explicación. Pero lo cierto es que el superintendente Hoover se preocupó de que la naciente Iglesia Metodista Pentecostal se mantuviera fuera de las lides de la Alta crítica y el modernismo, y no que necesariamente caminara alejada del entendimiento de la tradición cristiana, aunque habría que admitir que fue mezquinamente propositivo al respecto: 

“Y ¿qué se puede decir de una Iglesia cuyos seminarios emiten tales enseñanzas y cuyos periódicos las propagan? Estos son los frutos de la Alta Crítica y el Modernismo que hoy dominan las universidades, seminarios e iglesias. De aquí el motivo de la existencia de la Iglesia Pentecostal: y de aquí también su intransigencia y su completo aislamiento de las otras iglesias. La más mínima unión con ellas obra daño en ella. Porque al roce, las conversaciones, la amistad con los que patrocinan tales errores (aunque no los tengan personalmente) tiende a abrir el corazón para oír, discutir, y por fin consentir, poco a poco, a sus errores. Porque esa gente son gente buena, amable, culta, de altos ideales, muy social y por lo mismo, más peligrosa.”7

Mismo discurso de Hoover se encuentra en el número 54 de la revista Fuego de Pentecostés, de junio de 1932:

“La convicción de esta iglesia es que su fortaleza se conserva, se utiliza, y se aumenta mejor en una separación y aislamiento completos […]”

Si bien es cierto que el contexto y afán del superintendente Hoover era enfocarse en la predicación de las buenas nuevas evitando alianzas que obligaban a armonizar aspectos doctrinales divergentes -las cuales, como todo ejercicio de deliberación que se precie de tal, toman tiempo-, el espíritu de ensimismamiento no es poco frecuente discernirlo desde los púlpitos y el resultado puede ser desastroso: definirse como cristiano y no intentar dialogar con la sabiduría de nuestros antepasados -creyentes y maestros que colaboraron en definir materias de fe, doctrina y tradición que permanecen hasta hoy- puede devenir fácilmente en soberbia y errores ya superados. El acercamiento sectario a la fe cristiana, ahistórico y meramente místico estarían a la puerta, tornándose la iglesia más susceptible de acomodarse a una cultura de apariencia cristiana, pero que comulgue con criterios pragmáticos e indicadores de eficiencia: “Al pastorado se le mide por lo números” o “Tal o cual pastor fue ascendido a presbítero!”.   Esto es así pues el caer en ese individualismo denominacional, el sentirse únicos y elegidos conduce a olvidar la fe corporativa que la gran tradición cristiana ha ido construyendo, llegando incluso a fomentar el elegir entre esta u aquella doctrina que nos represente más y mejor: “nosotros tenemos el Espíritu” (Dicho sea de paso, no considero adecuado el afán de algunos por desacreditar pensadores cristianos del período de la Reforma apuntando como cuña tal o cual doctrina que no parece de su gusto, como si no tuviéramos de qué hacernos cargo con nuestras propias falencias doctrinales!). No es aventurado sostener que este caminar solitario se ha visto catalizado por la mentalidad de consumo (“Si no le gusta la IEP, la puerta es ancha”), la insistencia en los derechos individuales, el énfasis en la autonomía personal, y en síntesis el esquema de liberalismo democrático en el que vivimos insertos y que pensamos es algo tan natural8. Pienso que la huella es profunda en la comunidad evangélica y quien no alcanza a percibir estas carencias, puede fácilmente quedar a merced de las personalidades carismáticas de turno. Esto no es ajeno a nuestra comunidad evangélica, quien deposita en la figura de un Superintendente esperanzas que a ratos alcanzan dimensiones mesiánicas: “Quiera Dios que ahora sí las cosas cambien con este buen hombre”. Todo esto es un punto débil para el que la historia teológica constituye un antídoto, Alister McGrath señala:

“Redescubrir la naturaleza histórica y corporativa de la fe cristiana reduce el riesgo de que comunidades de fe enteras sean extraviadas por individualidades carismáticas, además de confirmar la creciente importancia del pasado cristiano como una influenza estabilizadora en tiempos potencialmente turbulentos.”9

Otra circunstancia perniciosa de omitir los referentes cristianos de historia, doctrina y tradición cristiana tiene que ver con el tratamiento de los aspectos novedosos que irrumpen en las comunidades pentecostales: Las manifestaciones, por dar solo un ejemplo de lo que podríamos considerar novedoso. El que lea entienda. Sin entrar en detalles, me explico a continuación: La comunidad pentecostal, en particular la IEP, ha sido testigo desde sus mismísimos inicios, y hasta el día de hoy, de elementos altamente subjetivos dentro de su liturgia, con asaltos efervescentes por nuevas revelaciones, mismos que de vez en cuando parecen enfatizarse y presentarse como pseudo doctrinas, causando absurdas divisiones entre quienes “creen” y los que “no creen”. Nuevamente frente a estas amenazas, considerar la historia del desarrollo de las ideas cristianas ayuda a enfocarse en las doctrinas esenciales, registros sobre los cuales se ha edificado el cristianismo: La Trinidad, la persona y obra de Jesucristo, la dignidad humana y de la mujer, la depravación del hombre, la inspiración de la Biblia, etc. enseñanzas cardinales tocantes al Evangelio y no solo asuntos accesorios y novedosos. Si el apóstol Pablo nos invita a “no ser como niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina”9, la historia del pensamiento cristiano nos orienta a reconocer y comprometernos con lo que la Iglesia ha enfatizado tradicionalmente, previniendo desastres que pueden convertirse en un cáncer fuera de control.

En las líneas precedentes, he intentado señalar algunas ideas que apuntan a generar un entendimiento de aquella frase que al rato parece un comodín: volvamos a las sendas antiguas. He escrito acerca de lo importante de saber leer y discernir la guía providencial de Dios, presente en la sabiduría de los creyentes de antaño, en las formulaciones doctrinales de los siglos primeros, entendiendo que una consideración adecuada de estas hace eco retumbante de la promesa de Dios de edificar su iglesia, he advertido del riesgo de ignorarlas y de porqué sería inadecuado embarcarse en peleas pequeñas en contra de relevantes pensadores y maestros del período de la Reforma. De cómo hubo elementos fundacionales en la Iglesia Evangélica Pentecostal que propiciaron un acercamiento distorsionado a estas materias. Pues bien, ¿Cuál sería entonces el canal indicado para rectificar? Pienso que en este escrito se han entregado claves, la posta está en nuestras manos. Y aunque estoy convencido que la herencia histórico doctrinal del cristianismo excede por mares a la realidad contingente de la IEP – ni hablar respecto del Evangelio mismo-, no está demás decir que exponer nuestra propia cultura pentecostal al escrutinio de la historia del cristianismo pudiera ser un ejercicio sabio, prudente y necesario. Un ejercicio de humildad que expondría la soberbia de nuestros corazones.

¿Quién sabe si postular a un financiamiento estatal con el objeto de crear un repositorio de revistas Fuego de Pentecostés históricas sea un puntapié inicial? La corporación Sendas es un buen ejemplo de esto, y, aunque la misión principal de ellos sea la “difusión de la cultura cristiana evangélica y […] aportar diversidad y valor a la oferta cultural existente”, la nuestra no debería necesariamente enfocarse en difusión. ¿Por qué no ser más ambiciosos y pensar derechamente en corregir las extravangancias que Hoover señaló como el mal menor? Para ello se necesita estudiar el registro de lo que ocurrió.

Sería un paso modesto pero imprescindible. Tal vez centralizar en algún equipo de trabajo de laicos la recepción de documentos: actas, acuerdos, registros gráficos, audiovisuales, etc. sea otro camino. No está de más resaltar que aquí lo importante no es querer manipular una historia para ganar argumentos, sino aprender a ser autocríticos, aprender a disentir sin por ello añadir enojos y poner en evidencia la carnalidad de corazones inconstantes y superficiales, es aprender del pasado para no repetir los mismos errores en el futuro. Si la Historia y la Contingencia han de entrar a convivir en nuestra cultura pentecostal -cambio que habría que aplaudir de pie- no será a través de fotos de la magnífica arquitectura de tal o cual templo, ni la cobertura mediática y en vivo de la renuncia y elección de un nuevo Superintendente, ni menos de abreviados boletines a través de redes sociales, pues, como he argumentado, el Altísimo ha regalado a su Iglesia algo aún más valioso: Su doctrina y el testimonio de la historia.

Hagámonos cargo.

Fraternalmente,

*Esteban Guerrero Cid, Hno. en IEP Ñuñoa

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Notas:

[1] El “Habemus papam” es el anuncio en latín con que el cardenal protodiácono informa que un nuevo papa ha sido elegido. El anuncio se hace desde el balcón central de la basílica de San Pedro en la Ciudad del Vaticano.

[2] http://noticierostelevisa.esmas.com/especiales/559061/quien-difundio-dimision-del-papa/

[3] “Por varios años se me ha acercado uno y otro diciendo que debe haber una historia de los acontecimientos notables producidos por el descenso del Espíritu Santo sobre la Iglesia Metodista Episcopal en Chile en el año 1909; y han señalado al autor de esta obrita como la persona más apta para el trabajo […] Así que he resuelto poner mano a la obra, advirtiendo al lector que no es mi ánimo causar dolor, sino solo dejar estampados en una forma permanente los rasgos principales de esa obra, obra juzgada de una manera tan diferente por sus amigos y sus contrarios” W.C.Hoover. Historia del avivamiento Pentecostal en Chile. Introducción.

[4] Efesios 4:11-15

[5] Mateo 16:18

[6] Kenneth S Kantzer, “A Systematic Biblical Dogmatics: What Is It and How Is It o Be Done?” Citado en Greg Allison: “Historical theology: An Introduction” Capítulo I: Introduction to Historical Theology. Kenneth Kantzer ha sido considerado fundador del evangelicalismo estadounidense y un campeón en su defensa de la inerrancia bíblica.  Una reseña rápida de su obra puede encontrarse en https://henrycenter.tiu.edu/kantzer-lectures-in-revealed-theology/kenneth-kantzer/ o la entrada con su nombre en la Encyclopedia of Evangelicalism de Randall Herbert Balmer.

[7] W.C. Hoover K. Historia del Avivamiento Pentecostal en Chile. Página 84

[8] Patrick Deneen ofrece y desarrolla en su interesante ensayo: “Por qué fracasó el Liberalismo”, razones de lo que considera las ficciones que el Liberalismo democrático nos impone y nos hace creer como propias de la naturaleza humana, con esquemas que nos hacen pensar que debemos elegir entre ciertas pocas alternativas.

[9] Alister McGrath. “The Importance of tradition for modern Evangelicalism” en “Doing Theology fo the people of God”. Citado en Greg Allison: “Historical theology: An Introduction” Capítulo I: Introduction to Historical Theology.

1 COMENTARIO

  1. Muy acertado tu escrito Esteban. A propósito, he enviado dos correos a los directivos de la revista Fuego de Pentecostes, llamándolos a manejar con responsabilidad las citas de Hoover, ya que en las últimas ediciones han publicado artículos como “Esta iglesia caminará sola” (al que hacías mención), que promueven un espíritu sectario, basado, precisamente, en palabras de Hoover sacadas de contexto.
    Concuerdo contigo, es urgente la enseñanza de la historia y la doctrina cristianas dentro de la I. E. P.
    Saludos.

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