Por Darío López

Estamos poco acostumbrados a pensar y a aceptar en la práctica de vida de Jesús, gestos y acciones consideradas como asuntos exclusivos de las mujeres. Los estereotipos de masculinidad y femineidad predominantes, producto de conceptos patriarcales que se expresan en prácticas machistas visibles o encubiertas, actúan como barreras infranqueables para leer los Evangelios desde una óptica distinta. Desde una óptica liberadora y transformadora en las relaciones mujer-hombre, hombre-mujer.

La masculinidad, según las normas socialmente aceptadas y culturalmente validadas y justificadas, consideran como impropio de lo masculino expresiones naturales de nuestra humanidad como la ternura, derramar lágrimas (y peor aún si es públicamente), ocuparse de los quehaceres domésticos, cuidar y cargar a los niños cotidianamente, y manifestar nuestras emociones de manera visible. “Los hombres no lloran”, “los
hombres no son para la cocina”, “los hombres no tienen que ser tiernos”, “los hombres no se rinden”, son frases que se escuchan con frecuencia en distintos espacios privados y públicos. Frases que reafirman, justifican y legitiman el machismo, presente incluso en las iglesias y en las familias evangélicas.

La ternura de Jesús, particularmente en su trato con los indefensos de la sociedad (mujeres, niños, cobradores de impuestos, enfermos de todo tipo, samaritanos), aparece como un eje transversal en los Evangelios. Una de las escenas más tiernas en los Evangelios es el momento en el que Jesús carga a los niños y ora por ellos. Jesús aparece en esta escena como una persona cuya ternura le conduce a desafiar y a cuestionar los estereotipos sociales, culturales y religiosos, según los cuales un maestro no podía perder el tiempo con personas insignificantes, como los niños o los infantes.

En un mundo en el que las mujeres estaban confinadas al desván de las relaciones sociales, Jesús de Nazaret, con sus palabras y sus gestos de amor y justicia, rompió frontalmente con las categorías sociales, culturales y religiosas de su tiempo, forjando nuevas formas de relaciones hombre-mujer, mujer-hombre, realizando tareas domésticas social y culturalmente asignadas a las mujeres.

Juan en el Evangelio que lleva su nombre es el único que registra un incidente de Jesús resucitado en el cual los discípulos son atendidos por el Maestro luego de una ardua jornada de trabajo en la que no habían pescado nada durante una noche y madrugada. Debió haber sido una experiencia difícil para ellos, pescadores expertos y diestros como estos campesinos galileos, no conseguir nada luego de tanto trabajo. Cansados, hambrientos y frustrados, tuvieron que seguir las instrucciones de un “desconocido” que, desde la orilla del Lago de Galilea, les ordenó que echaran la red al lado derecho, y la pesca que lograron fue abundante: 153 peces grandes (Jn. 21:11).

Llama la atención que Jesús, a diferencia de muchos de los hombres de su tiempo (y también de hoy), realizó acciones inusuales, “inapropiadas”, fuera de lugar, para el común de los hombres en las sociedades patriarcales y machistas. Jesús cocinó para los discípulos un desayuno reparador y saludable (pescado asado y pan), hizo las veces de anfitrión u hospedador, y sirvió los alimentos a pescadores cansados, hambrientos y frustrados. En todas esas acciones, consideradas como “femeninas” o propias de las mujeres, para nada menguó su masculinidad, hombría u hombridad.

Juan en su relato subraya que cuando los discípulos descendieron de la barca “vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan” (Jn. 21:9). ¿Cómo consiguió Jesús el pescado? ¿Lo compró a los pescadores a orillas del Lago de Galilea o el mismo lo pescó? Antes de poner el pez a la brasa, ¿lo lavó, limpio y retiró las partes no comestibles o las vísceras? ¿Cómo consiguió la leña para las brasas? ¿Las recogió el mismo, las compró? Cualquiera sea la respuesta a estas preguntas, no queda duda que Jesús se ensució las manos, trabajó con esmero, con el fin de preparar y servir un
desayuno nutritivo para los cansados pescadores galileos. ¡Jesús hizo las veces de cocinero experto!

En el relato se destaca también que Jesús, además de preparar el desayuno, invitó a los discípulos para que se sirvan del pan y del pescado que él tenía listos para comer: “Les dijo Jesús: Venid y comed…” (Jn. 21:12). ¡Hizo las veces de anfitrión u hospedador! Fue amable, bondadoso y gentil. Pero allí no terminaron las acciones de Jesús en favor de sus discípulos cansados, frustrados y hambrientos. Seguidamente, Juan en su relato, registra que Jesús: “…tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado (Jn. 21:13). ¡Jesús
actuó como una “ama de casa”, como un sirviente, como un criado!

Cuando Jesús realizó todas estas acciones que, social y culturalmente, estaban asignadas a las mujeres y eran propias de ellas o del mundo femenino del primer siglo (y también de este tiempo), ¿perdió su masculinidad, hombría u hombridad? ¿Se “afeminó” Jesús por hacer las veces de cocinero, anfitrión y servidor? ¿Puso en riesgo su masculinidad o
con sus acciones de servicio más bien afirmó que la masculinidad, la hombría u hombridad, no depende de esas acciones, sino de la capacidad de no hacer diferencias y de servir a todos sin prejuicios de ningún tipo?

Los gestos y las acciones de Jesús enseñan que la masculinidad no depende ni está limitada a lo que en las sociedades patriarcales, machistas y piramidales, se ha determinado que son los papeles o roles que les competen a los hombres. La masculinidad, según la práctica y el ejemplo de Jesús, se expresa y se vive también en el servicio desinteresado al prójimo. La masculinidad no se mella, disminuye, desfigura o altera, cuando un hombre cocina, atiende y sirve a los demás, o cuando un hombre realiza tareas consideradas “femeninas” o de mujeres. Estas acciones no son ni deben ser tareas exclusivas de las mujeres. La feminidad no se reduce a estas prácticas socialmente aceptadas y culturalmente justificadas como “asunto de mujeres” o quehaceres femeninos. La práctica de Jesús nos enseña que no tenemos que aceptar pasivamente que la masculinidad se reduzca a lo que la sociedad y la cultura consideran como “masculino” o “femenino”.

La masculinidad y la femineidad no es cuestión de papeles o roles asignados socialmente, validados culturalmente y justificados con la Biblia en la mano. La masculinidad y la femineidad no se reducen, limitan o confinan a ser tiernos, derramar lágrimas, ocuparse de los quehaceres domésticos o cuidar y cargar a los niños. La ternura, el dolor y las lágrimas, cocinar o preparar la mesa, ocuparse de los niños, no es asunto exclusivo de mujeres, sino de ser plenamente humanos, verdaderamente humanos, auténticos, vulnerables, solícitos, amables. Tiene que ver con expresar nuestra humanidad en la cotidianidad de las relaciones con el prójimo a quien estamos llamados a amar, servir y acompañar en cada tramo del camino. De lo que se trata es de ser solidarios y generosos en la alegría y en el dolor que compartimos como miembros de la familia humana. Se trata de ser lo que somos por la Gracia de Dios, sin menospreciar o desvalorizar la condición humana del prójimo, su sexualidad y sus emociones, y valorar
y respetar la manera como expresa su masculinidad o femineidad en la cotidianidad de su peregrinaje humano.

La práctica de Jesús nos enseña a romper con los estereotipos y con las categorías sociales y culturales dominantes que cosifican a las personas limitando sus saberes, destrezas y aspiraciones. Cocinar, atender y servir a los demás, al prójimo, no es asunto de “mujeres” o quehaceres que solo les corresponde a ellas. Es asunto de ser seres humanos, plenamente humanos, de ser verdaderos hombres y verdaderas mujeres. Es asunto de construir mejores relaciones humanas, mejores canales de comunicación entre todos, mejores prácticas de justicia en favor del prójimo que necesita que le sirvan el desayuno, cuando luego de las vicisitudes de la vida anda cansado, hambriento y frustrado, como los discípulos a orillas del Lago de Galilea.

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