por Daniel Díaz Romero*

En el último mes, muchas voces desde el cristianismo han querido traer una luz de esperanza en medio de la presente pandemia, la peor que ha visto nuestra generación, generada por el virus SARS-CoV-2 y reconocida como tal por la Organización Mundial de la Salud (OMS) desde el 11 de marzo. A este coro de voces, se ha unido John C. Lennox, profesor emérito de matemáticas en la Universidad de Oxford y reconocido apologeta cristiano.

Su libro fue publicado en los días en que el primer ministro Británico Boris Johnson daba un drástico giro en su política sanitaria para enfrentar el virus, y abandonando la idea de obtener inmunidad de rebaño, hizo el primer llamado a la población a quedarse en casa (23 de marzo). Para entonces, los contagiados oficiales a nivel mundial bordeaban los 400 mil; hoy esta cifra supera los 3 millones. Lennox, pudiendo prever que sólo nos encontrábamos en las faldas de esta gran montaña, y que aún tendremos que lidiar por un buen tiempo con las interrogantes y sufrimientos que esta pandemia traerá, nos invita a sentarnos con él a compartir un café, y través de los 6 capítulos de su libro, poder juntos abordar estos profundos cuestionamientos que, en un mundo estable y predecible, posiblemente eludiríamos.

En el primer capítulo, Lennox nos enfrenta a nuestra vulnerabilidad, destacando la incertidumbre generada tanto por el confinamiento que se ha decretado prácticamente a nivel global, lo cual es algo inédito en nuestra historia, como por la naturaleza del virus SARS-CoV-2, el cual según el Dr. Francis Collins (uno de los científicos cristianos más destacados a nivel mundial), tiene una capacidad de contagio mucho mayor que la del SARS [el cual es otro tipo de coronavirus que azotó algunos países asiáticos en el 2003]: “El SARS solo lo podían transmitir las personas que estaban muy enfermas, pero tal parece que este virus lo pueden transmitir personas que tengan pocos síntomas o ninguno en absoluto…”. Si bien las pandemias no son algo nuevo en la historia humana, y Lennox se encarga de enumerar muchas de las que nos han azotado desde la peste antonina o plaga de Galeno (165 y 180 d.C.), la presente pandemia remueve la confianza que nos genera el avance de la medicina en el siglo XXI, y nos obliga a enfrentar preguntas trascendentales, como las que le dan título a este libro.

El capítulo siguiente comienza con la cita de un artículo de un periodista italiano, que bien podría resumir su idea central: “El agua bendita no es un gel antibacterial y la oración no es una vacuna… Pero para los creyentes, la religión es una fuente esencial de sanidad espiritual y de esperanza… La afirmación más profunda de toda religión es que puede darle sentido a todo lo que existe, incluyendo —y tal vez especialmente— a las circunstancias caracterizadas por el sufrimiento y la tribulación”. De esta manera, Lennox nos invita a reflexionar de como nuestra cosmovisión puede ayudarnos a encontrar respuestas tocantes al tema del sufrimiento, ya sea este generado por el hombre (“el problema del mal moral”), o por causa natural como esta pandemia (“el problema del mal natural”). Al final del capítulo, hay una breve introducción a las tres grandes cosmovisiones que existen (teísta, panteísta y atea), y Lennox introduce la tesis que irá desarrollando en los siguientes capítulos, y esto es, tocante a desastres naturales como el COVID-19 (o simplemente coronavirus), la cosmovisión cristiana ofrece un consuelo y esperanza que no se encuentra en ninguna otra cosmovisión.

el cuidado que debemos tener, tanto en atribuir apresuradamente a Dios juicios por medio de esta pandemia, como también de negar tajantemente que Él tenga algo que decir por medio de esta enfermedad

El contraste entre estas tres grandes cosmovisiones es desarrollado en el tercer capítulo, aquí se muestra cómo tanto el panteísmo como el ateísmo fallan a la hora de entregar esperanza en medio de esta pandemia. Lennox se centra específicamente en la cosmovisión atea, afirmando que eliminar a Dios de la ecuación, sólo logra eliminar la esperanza, dejando intactos el dolor y el sufrimiento. También es discutido en este capítulo, un tópico común en círculos apología cristiana, y esto es, el problema moral que genera el negar la existencia de un legislador universal. Dicho en palabras del filósofo Richard Taylor: “La edad moderna, a pesar de que básicamente repudia la idea de un legislador divino, ha tratado de conservar las ideas del bien y el mal moral, sin darse cuenta de que, al dejar a Dios de lado, también han eliminado las condiciones para que el bien y el mal moral tengan sentido…”. Una última idea digna de destacar, que Lennox desarrolla en extenso al principio del capítulo, es el cuidado que debemos tener, tanto en atribuir apresuradamente a Dios juicios por medio de esta pandemia, como también de negar tajantemente que Él tenga algo que decir por medio de esta enfermedad, a las sociedades que le han dado la espalda y lo consideran irrelevante para el tiempo que vivimos.


El capítulo cuatro tiene un enfoque muy similar al planteado por Antonio Cruz, Biólogo español y apologeta cristiano, en su artículo para Protestante Digital: ¿Es Dios responsable del COVID-19? (que recomiendo revisar). Aquí se nos entrega una visión más amplia sobre fenómenos que consideramos fuentes de “mal natural”, como terremotos y organismos como los virus, y nos permite entender cómo estos juegan un papel fundamental en la preservación de los ecosistemas y la vida en la tierra. Tanto Lennox como Cruz coinciden en que los virus merecen mejor reputación, considerando que de los 100 millones de virus que existen en la tierra, sólo un pequeño porcentaje son patógenos (dañinos para sus huéspedes), y que la mayoría son vitales para nuestra existencia. Viéndolo de esta manera, podemos entender la presente pandemia desde nuestra cosmovisión, como una de las consecuencias de la caída, en donde una creación sujeta a vanidad (Romanos 8:20), en ocasiones produce espinos y cardos (Génesis 3:18), como el actual coronavirus. Ahora, considerando la caída, y las consecuencias que ésta tuvo sobre la naturaleza humana y de la creación en general, Lennox se abre a una pregunta diferente con la que cierra este capítulo, en la que considera el concepto de las “catedrales en ruinas” (idea que desarrolla en el capítulo 2), que aplicada al tiempo presente, nos invita a contemplar un universo en que la belleza biológica y patógenos mortales se mezclan en una misma imagen. ¿Es Dios aún relevante en un universo como este?, y si lo es, ¿existen evidencias que nos inviten a confiar en Él?

un Dios que no se mantiene lejano ni indiferente ante el dolor y sufrimiento humano, sino que lo experimentó en nuestra propia naturaleza

Evidencias que nos invitan a confiar en el Dios de la Biblia, especialmente en medio del sufrimiento, son presentadas en el capítulo 5. El Dios encarnado colgado en una Cruz es la más profunda manifestación del amor de Dios hacia aquellos que llevan su imagen. Que Dios haya entrado a la historia humana por medio de Cristo Jesús, y que haya dado su vida por nuestros pecados, nos muestra, entre muchas otras cosas, a un Dios que no se mantiene lejano ni indiferente ante el dolor y sufrimiento humano, sino que lo experimentó en nuestra propia naturaleza. Lennox añade a esto, la evidencia de la resurrección. Que Cristo Jesús haya vencido la muerte, responde a un gran dilema, el cual es imposible abordar desde una cosmovisión atea, y esto es el problema de la justicia final. Que Cristo haya vencido la muerte, nos declara que la justicia no es una ilusión, y que nuestro deseo de justicia no es en vano, además, lo confirma a Él como el Juez del mundo, lo cual garantiza una respuesta final para las más profundas interrogantes humanas.

En el último capítulo, Lennox nos invita a enfrentar esta pandemia con la altura que nos demanda la fe que profesamos. Primero, siendo sabios y prudentes, siguiendo las recomendaciones sanitarias pertinentes. Segundo, no sucumbiendo ante el miedo por la amenaza de muerte que puede representar esta pandemia. Tercero, amando a nuestro prójimo, incluso a través del cuidado sacrificial de los enfermos, lo cual ha sido una actitud constante del cristianismo frente a las pandemias, a lo largo de sus 2000 años de historia. Cuarto y último, caminando con nuestros ojos puestos en la eternidad, abrazando hoy más que nunca la esperanza viva y real que nos guía aún mas allá de la muerte.

Finalizando, les insto a profundizar en este diálogo que John Lennox nos permite tener con él a través de las páginas de su libro, y valorar el trabajo que hombres de Dios como él ponen a nuestra disposición, para que de esta manera podamos navegar en estos tiempos tormentosos, a través de los profundos y desafiantes cuestionamientos que el sufrimiento y el dolor pueden poner delante nuestro.

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