*por Josué Valenzuela Anticoy

“Nadie ha visto sonreír a un terrorista o esbozar una sonrisa a un severo conservador cristiano. Generalmente son tan tristes que parecen que fueran a su propio entierro. Basta ver sus rostros crispados. No es raro que sean reaccionarios y hasta violentos”
Leonardo Boff.

En el año 451 d.C se celebró el cuarto concilio de la Iglesia, nombrado oficialmente como Concilio de Calcedonia. Dicha asamblea se encargó de confirmar la doctrina cristiana contra las herejías de Eutiques y los monosofistas. En base a diálogos y reflexiones entre 400 obispos se llegó a una de las conclusiones más importantes para la cristología: Jesús, el Hijo de Dios, era perfectamente Dios y perfectamente humano. Verdadero Dios y verdadero hombre. Jesús presentaba dos naturalezas, inconfusas, sin mutación, sin división, sin separación, aunadas ambas en una persona y en una perfecta hipóstasis. En palabras sencillas, el grupo de teólogos que conformó ese Concilio afirmó que Jesús no solamente fue divino, sino también vivió en plena condición humana, sin restringirse de ninguna experiencia. Vivió como cualquier hombre que haya pasado por la tierra, y sufrió cada una de las sensaciones que alguna vez hayamos vivido cada uno de nosotros.

A pesar del énfasis en la doble naturaleza de Jesús, la teología tradicional y así también la predicación pareciera que han puesto hincapié únicamente en la condición divina de Jesús, dejando a un lado su humanidad. Emplazándola a un segundo plano y en muchas ocasiones olvidándola de lleno. En palabras de Karl Rahner diríamos “la mayoría somos solapados monofisitas cuando pensamos y hablamos de Jesús”. Pareciera que las predicaciones que escuchamos cada domingo o las teologías que aprendemos en los seminarios han estado marcadas mayormente por las lecturas de Pablo y Juan – que sin duda emanan solemnidad – que por los evangelios de Marcos, Mateo o Lucas los cuales nos describen a un Jesús más sencillo y más humano.

La atención en lo sobre-natural, lo milagroso, lo imponente o lo que se encuentra fuera de nuestro alcance ha provocado que caigamos en el pecado de crear una imagen incompleta de Jesús. Algunos autores impulsados por sus conceptos nos han escrito, predicado y hablado de Cristo como un maestro serio, rígido y formal, que sólo pasó por esta tierra para cumplir con su propósito eterno: ser crucificado en una cruz. Es que hemos centrado nuestra mirada casi exclusivamente en la cruz. En el Cristo sufriente. Y por momentos nos hemos visto rodeados de crucifijos. No estoy diciendo que esto último es incorrecto, de hecho el kerygma apostólico (primera predicación) se trata de esto: la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Todos deberíamos predicar sobre el acto de amor de Cristo al dar su vida por el hombre. Pero las preguntas que surgen son: ¿Acaso la manera en la vivió Jesús su vida no tiene la misma importancia que su muerte?, ¿No nos enseñó también a vivir?

De hecho, en Juan 10:10, prometió a quienes se toparon con él una “vida abundante”, por lo tanto, ¿De qué manera hemos reflejado esta promesa como discípulos del Maestro?

Es que mal hemos llamado “Pasión” a las últimas horas de Jesús en la tierra. Efectivamente, cuando nos acercamos a los evangelios podemos darnos cuenta que su verdadera “pasión” germina desde el pesebre. Es desde allí que el Dios hecho hombre ama apasionadamente, y se entrega por completo por su creación. Su pasión se caracteriza por abrir el Reino de Dios a los marginados, débiles y vulnerables. Es con ellos con quien decide pasar la mayor parte de sus días, en los que invierte tiempo y por ende vida. Es que hablar de la vida de Jesús es poner énfasis en los “bienaventurados”. La felicidad que llega para dar esperanza a los corazones quebrados por un sistema religioso que no abría sus puertas a quienes no eran aptos.

Es que el triunfo de la cruz es el triunfo de vida, y no de la muerte.

Y desde este punto, desde del hecho de reflexionar a Jesús solo para encontrar sustento a nuestras doctrinas es de donde nace el problema de hallar a un Jesús que no sonríe, que no se alegra y que mucho menos no vive su vida con humor.

Pero, ¿Por qué no hemos hecho del rostro de Jesús un rostro alegre? ¿Por qué existe tan poca literatura que indague en el sentido del humor de Jesús? ¿Cuantos teólogos han investigado la personalidad lúdica de Jesús? ¿O es que tal vez hemos caído en la iconografía hollywoodense de poner en nuestra literatura a un hombre blanco, bien afeitado y con la melena perfecta? Si finalmente la predicación central del Maestro era la “Buena Noticia”. ¿Por qué no atrevernos a leer a Jesús desde la óptica del humor. Del buen humor?

Pocos escritores han profundizado y se han se han preguntado por el sentido del humor de Jesús. Por ejemplo, Eduardo Arens lo ha logrado de buena forma con su libro “El humor de Jesús y la alegría de los discípulos”. Es que para algunos, incluso para ti que estás leyendo estas líneas, tal vez plantearte esta pregunta sería rayar en lo blasfemo. Porque ¿Quién se preguntaría si Jesús tuvo momentos de risas? ¿O si Jesús habría contado algún chiste? ¿Se habrá reído hasta las lágrimas con alguna anécdota de sus amigos? ¿Nos hemos preguntado si en medio de una de sus tantas comidas de las que participó -que fueron muchas- habrá soltado una carcajada por alguna situación cómica? Y la verdad es que la biblia no nos relata literalmente ningún suceso como este, así como tampoco nos dice que Jesús tuviera el cabello largo o fuera blanco.

Pero si observamos detenidamente algunas de las experiencias que vivió Jesús, podremos darnos cuenta que la alegría y el buen humor fueron parte importante en sus relaciones interpersonales y aún en su manera de exponer las verdades del Reino. Creo que podemos ser capaces de realizar el ejercicio de mirar a Jesús desde la perspectiva del humor y leer entre líneas como él vivió una vida positiva y alegre. Tal vez sea una buena ocasión para dejar de leer los evangelios desde el filtro de la doctrina y el dogma, y comenzar también a ver en ellos a un Jesús más humano, y por qué no, más alegre.

El humor no se reduce meramente a un chiste, ni a una burla. Va más allá de la hilaridad. El humor es una actitud de vida, una disposición del alma a vivir positivamente. El humor no nace y muere en la “buena talla” -como decimos nosotros los chilenos- sino que acompaña a la persona en su día a día. El buen humor resulta de una visión positiva y optimista en cualquier circunstancia de la vida.

Según Estrella Martínez y Rodrigo Pura-Araya en su libro Comunicación e Interactividad, “El humor –o sea, la capacidad de percibir algo como gracioso– es universal; no existe ninguna cultura humana que carezca de él. Desde el punto de vista histórico-antropológico el humor ha estado presente en toda comunidad sustentada por el hombre”. El humor es patrimonio del hombre. Y Jesús como hombre pleno habitó en una comunidad que transpiraba alegría y sentido del humor.

“Pero si observamos detenidamente algunas de las experiencias que vivió Jesús, podremos darnos cuenta que la alegría y el buen humor fueron parte importante en sus relaciones interpersonales y aún en su manera de exponer las verdades del Reino.”

En primer lugar, Jesús crece en Galilea, por ende en un clima mediterráneo, el que se caracteriza por ser ocurrente, ingenioso y alegre. El optimismo y el buen humor era parte de la idiosincrasia de todo pueblo del mediterráneo. Jesús se rodeó en medio de una población imaginativa, con constantes fiestas. A este tipo de personas gustaban de la música y eran de ritmo poético. De hecho los rasgos latinos son símiles a los del hombre del mediterráneo, de un espíritu jovial, expresivo y de fácil verbo.

El observar la tierra y ver en ella una fuente de inspiración para crear historias, parábolas y canciones era parte del carácter de todo hombre que vivía en esta región. La rica naturaleza que rodeó a Jesús fue de iluminación para que el a través de pajarillos, árboles y animales se refiriera al Reino de los Cielos:

“Miren los pájaros. No plantan ni cosechan ni guardan comida en graneros, porque el Padre celestial los alimenta. ¿Y no son ustedes para él mucho más valiosos que ellos?”

Mateo 6:26.

Es interesante notar también que ninguna de las parábolas de Jesús hace relación a lo fúnebre o velatorio. No hay registro en los evangelios de que él se haya referido al Reino de los Cielos de esta forma. Pero sí habla de fiestas y banquetes (Lucas 14). En el mismo evangelio de Lucas en su capítulo 15, Jesús relata tres parábolas y estas tres terminan con una celebración:

  • La oveja perdida: El pastor reúne a sus amigos y vecinos.
  • La moneda perdida: La mujer reúne a sus vecinas y amigas.
  • El hijo pródigo (o mejor dicho parábola del Padre Misericordioso): El padre manda a sus siervos a preparar un becerro para la celebración.

Para conocer el humor de Jesús en los Evangelios -que en su esencia y principalmente son “Buenas Noticias”- debemos acercarnos a los textos entre líneas, buscar en ellos la personalidad de Jesús, que los pasajes nos hablen de él y nos den destellos de su temperamento afable. Descubramos en cada una de sus respuestas la actitud positiva con la que vivió el buen maestro.

Una forma muy especial que ocupa Jesús en ciertos pasajes bíblicos es la ironía. Un recurso muy propio del humor.

Existe un pasaje en el evangelio de Marcos donde vemos a un grupo de fariseos y herodianos (que a pesar de su mutua enemistad se unen para probar a Jesús) tratando de sorprenderlo en la cuestión del tributo. Sabían que si Jesús respondía erróneamente podían tomarse de sus palabras para acusarlo en un futuro. Así que le preguntan directamente: ¿Es correcto que paguemos impuestos al César o no? Jesús que conocía las intenciones de este grupo, no responde directamente con un sí o un no. Su respuesta no es rápida, sino que va más allá, porque él sabe manejar estas situaciones con buen humor. Para sorpresa de los mismos fariseos él les pide que le traigan una moneda. Esto lo hace de manera intencional, ya que se supone que ningún fariseo debía cargar monedas extranjeras, mucho menos con imágenes grabadas. Así de esta manera, reflejaría que ellos estaban aceptando la autoridad del gobernador romano y por lo tanto siendo devotos a un hombre pagano. Claramente estaban violando el primer mandamiento de Dios a Israel. Jesús continúa y les pregunta: ¿De quién es esta imagen?, de esta forma utiliza una pregunta retórica que pone en ridículo a quienes le quieren cuestionar. La respuesta es obvia: del Cesar. Jesús resuelve la situación diciendo: “Entonces den al César lo que pertenece al César y den a Dios lo que pertenece a Dios”. Jesús da vuelta la situación con ironía. Los deja atrapados y sin habla. Prácticamente con su respuesta se ha reído de ellos.

Bien se conoce la escena en donde Jesús sana a la hija de Jairo, el principal de la sinagoga (Marcos 5:21-43). Si bien es cierto que lo central del texto es la sanidad de la pequeña y la compasión de Jesús frente al dolor del otro. Es imposible no ver en la respuesta que le da Jesús a la gente una actitud positiva: “La niña duerme”, ¿A quién se le ocurriría contestar así frente a la familia del difunto? ¿Qué contra sentido afirmar que la niña solo estaba durmiendo? Dice el texto que la gente se reía de él al oír este disparate de Jesús. Es que no deja de tener un lado jocoso la respuesta de Jesús, que a pesar de encontrarse en una situación tensa, pudo ver las cosas de otro modo, de un modo más confiado, más optimista.

Jesús claramente no se estaba burlando de la condición de la muchacha, mucho menos de la familia, sino que realmente confiaba que su Padre podría resucitarla. Su plena confianza en Dios hace de él un hombre con una existencia optimista.

“Él es el novio, y mientras estaba en este mundo no podía más que hacer que enseñarnos a vivir la plenitud de la vida, con alegría.”

Otra escena interesante es aquella en la que Jesús se encuentra con el joven rico (Marcos 10:17). Luego de que este joven haya puesto en balanza su fortuna y el seguimiento de Jesús y haya decidido por su fortuna. Jesús concluye su diálogo diciendo: “Queridos hijos, es muy difícil entrar en el reino de Dios. De hecho, ¡es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de Dios!

Imagino a más de alguno de los que estaban presentes riendo por lo que acaban de oír, es que ¿Un camello y una aguja?, esto es ridículo. Nadie esperaba una respuesta así. Claramente lo dicho por Jesús está cargado de ironía, y por lo tanto humor. Sí, muchos han justificado esta frase diciendo que se trata de un pórtico a las afueras de Jerusalén que en los tiempos bíblicos se le llamaba “Ojo de Aguja” -aunque hasta el momento no hay hallazgos arqueológicos que indiquen que tales pórticos lleven este nombre- pero si nos concentramos en la sentencia de Jesús esta es irónica y clara: “¡Es imposible!”. Es decir, no hay forma ni manera que un rico pueda entrar al Reino, no la hay. Pero esperemos un momento. Jesús aún no acaba. En los versículos posteriores el Maestro con su buen humor termina afirmando: “Para los hombres esto es imposible, pero para Dios todo es posible”. Es Jesús explicando en clave de humor que solo Dios tiene el poder para cambiar el corazón del hombre. Aquí nuevamente Él muestra su carácter alegre frente a una situación difícil.

Jesús también usaba la comparación como recurso. Esto también muy propio del humor. Por ejemplo cuando habla de Juan el Bautista dice: “¿A qué clase de hombre fueron a ver al desierto? ¿Acaso era una caña débil sacudida con la más leve brisa? ¿O esperaban ver a un hombre vestido con ropa costosa?”. Es que Juan precisamente era todo lo contrario a alguien que vistiera con ropa elocuente. El vivía de la manera más silvestre que podría vivir una persona en esa época. Por lo tanto la gente al escuchar a Jesús referirse a Juan el bautista de esta forma claramente provocaría en ellos una sonrisa cómplice.

Estas son solo algunas situaciones en las que encontramos a Jesús usando la
comparación, la ironía y hasta el sarcasmo para enseñar una verdad del Reino. Lo que quiero expresar con estos ejemplos es que si hacemos el esfuerzo de releer los evangelios a la luz del humor sé que nos encontraremos con el carácter jovial de Jesús. Él no era standup-ero ni muchos menos un showman, claro que no. Ni tampoco un comediante. Él fue tan humano que vivió con el sentido de la alegría y del humor. No fue un hombre que pasó pero esta tierra solo para morir (que mísero sería esto). El vivió su vida en plenitud, con amistades profundas, con relaciones estrechas, con conversaciones sinceras, donde dejó que lo tocaran, que lo interrumpieran y que lo disfrutaran. Él le mostró a sus discípulos cómo vivir y como pasar por esta vida haciendo el bien (Hechos 10:38).

Los fariseos se relacionaban con Dios en clave de sacrificios y ayuno, pero Jesús no. Es que el buen maestro no era un hombre ascético. No era conocido como un maestro que ayunara constantemente, o que basara su relación con su Dios en términos de privación. De hecho, es Jesús mismo quien se considera un hombre que “festeja y bebe” (Mateo 11:19).

Él es el novio, y mientras estaba en este mundo no podía más que hacer que enseñarnos a vivir la plenitud de la vida, con alegría.

¿Qué habrá sentido el etíope luego de que Felipe le haya hablado del evangelio? El escritor bíblico lo indica expresamente: “El eunuco nunca más volvió a verlo, pero siguió su camino con mucha alegría” (Hechos 8:39). ¿Y en contraste con el eunuco, de qué forma la iglesia ha continuado su camino llena de alegría?

Él no era standup-ero ni muchos menos un showman, claro que no. Ni tampoco un comediante. Él fue tan humano que vivió con el sentido de la alegría y del humor

Jesús vivió a Dios como su Abba, íntimo y bueno. Era el hijo que hacía que su padre se sintiera contento. En otras palabras podemos escuchar a Dios diciendo de Jesús: “tu eres mi hijo, tú me haces feliz” (Mateo 3:17) ¡Que palabras más tiernas! La vida de Jesús le provocaba una profunda complacencia a Dios, su padre.

La alegría de Jesús no fue una alegría “sobrenatural”, sino una alegría humana, una alegría que nació desde un corazón de hombre, de un hombre feliz. El declaró que incluso ante el miedo de la pobreza, en el mal del hambre o en el problema del dolor, podías considerarte una mujer y un hombre bienaventurado.

Si para Jesús el Reino de los Cielos era un mensaje de alegría y bueno, que incluía a los marginados, oprimidos y desechados. Y si su personalidad sencilla permitía que niños se le acercaran, entonces de la misma forma estos rasgos deberían estar presentes en cada uno de nosotros. El buen humor debe ser un atributo que caracterice a todo aquel que decida seguirle. Debe ser un atributo notorio de su iglesia.

Ser la iglesia que Jesús pensó es también ser una iglesia alegre, una iglesia con buen humor.

*Ingeniero en Comercio Internacional de la Universidad Tecnológica Metropolitana (UTEM). Bachiller en Teología, y miembro de la Iglesia De Dios Ministerio Kadosh.

1 COMENTARIO

  1. Buenísimo! La personalidad de Jesús es cautivante y apasionante. Esta visión revela bastante sobre esto último y sin duda detalla aspectos necesarios en la Fe. Gracias!

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