Por Hans Köhler Campos*

Fiel a mi rutina semanal y familiar, el pasado domingo 19 de julio, durante la mañana sintonicé el Canal Oficial de la Iglesia Evangélica Pentecostal (IEP) para participar en la escuela dominical a través de la plataforma YouTube. En esa oportunidad, el superintendente, la autoridad máxima de mi iglesia, inició el servicio comentando la utilidad del canal durante la pandemia para luego enfatizar que deberíamos, como congregación, volver físicamente a los templos cuando pase el confinamiento.

Luego de más de una hora de iniciada la transmisión, comenzó el contenido de la lección del domingo, donde el Superintendente expresó algunas ideas que han provocado intensa discusión de mis hermanos en grupos de redes sociales. Evito estar presente en ese tipo de grupos, ya que desde mi perspectiva no contribuyen a la predicación eficaz del evangelio, sino que se convierten en cloacas irracionales, cuyo fin es solamente ganar “un like más”. Reitero, estuve ahí, conectado, observando la enseñanza de la escuela dominical.

Durante la tarde, me llega a través de un mensaje un extracto del video, de poco más de un minuto, el cual ha circulado profusamente desde entonces y ha generado una batahola que en nuestros pobres conocimientos llamamos debate. Esta discusión se ha centrado en un asunto que es de gran importancia y sensibilidad para los evangélicos: la doctrina de la salvación.

Sin duda, esto divide a los hermanos dentro de una misma congregación. Lo he visto y con tristeza lo veo ahora también. No puedo hablar por todo el mundo evangélico, pero sí como miembro participante de la Iglesia Evangélica Pentecostal, desde donde podría yo afirmar que la palabra doctrina puede ser un dolor de cabeza para algunos líderes dentro de la estructura jerárquica de la institución. Hablar de la salvación y el cuestionamiento de la obra personal de Jesucristo en los seres humanos es un tema aún más complejo. Por lo que, ahora el foco ya no es la forma, sino que es el fondo.

Hablar de la salvación y el cuestionamiento de la obra personal de Jesucristo en los seres humanos es un tema aún más complejo. Por lo que, ahora el foco ya no es la forma, sino que es el fondo.

La afirmación específica de la autoridad fue emitida en un contexto que involucraba la explicación las vestiduras sacerdotales en la Biblia aplicado como consejo a la buena presentación de los miembros de la iglesia. La reprimenda comenzó con el disfraz de la defensa de la sana doctrina, donde el Superintendente Aldo Cordova señaló que ha visto personas que activan en la iglesia que “parecen verdaderos artistas”. A partir de ahí, comenzó a cuestionar algunos aspectos de la apariencia de jóvenes, destacando el uso de la barba, como un indicador salvífico, casi un sello de la espiritualidad individual.

Según mi criterio, el Superintendente utilizó el principio de la navaja de Occam, el cual corresponde a que en frente a un problema y en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable. En ese punto el pastor estaba tratando de explicar la santidad de una manera clara y concisa para que nadie tuviese dudas sobre cómo debe ser la presentación de un cristiano. En definitiva, el problema que se abordó es que una persona con ciertos elementos estéticos no tiene obra de Dios. Desde el punto de vista de la exposición temática de la escuela y bajo los preceptos que le atribuyo a la predicación del Superintendente, la explicación más sencilla para hacerle entender a un joven que tiene un problema espiritual, es que debe mirarse al espejo y ver si tiene barba o no. O para aquellos que encuentran provechoso tomar un rol santificador dentro de las congregaciones, la exposición de la escuela dominical y de la máxima autoridad de nuestra iglesia les entrega la facultad de medir la santidad de otros en base a elementos estéticos.

El error del Superintendente fue pensar que estaba presentando en un contexto donde todos los oyentes piensan o creen lo mismo. Incluso, se podría plantear la hipótesis de que ni siquiera se consideró la audiencia a la que se estaba refiriendo, la cual es bastante heterogénea. Aparentemente, existe la creencia de que si una autoridad dice algo desde un púlpito, la congregación asume ese concepto de manera unánime, sin cuestionamiento alguno. Esto ocurre en las iglesias evangélicas de corte pentecostal, donde el pastor vocifera de que la salvación se pierde o no se pierde, dando por sentado de que esa doctrina fue completamente aceptada. Específicamente la línea de la Iglesia Evangélica Pentecostal indica que la salvación sí puede perderse, sin embargo, no todos sus miembros activos están completamente de acuerdo con esa visión. Esto trae ciertas divisiones y la manera de unificar este criterio tan sensible no es dar por sentado que, si alguien con autoridad jerárquica lo dice del púlpito, todos van a acatar axiomáticamente ese concepto. En este artículo no voy a entrar a si la salvación se pierde o no, ya que sería caer en una discusión bizantina. Quiero terminar este párrafo aclarando que las palabras del Superintendente efectivamente representan a la institucionalidad de la iglesia, pero no a todos sus miembros, incluyendo pastores y oficiales.

Sin embargo, volviendo al tema de la estética, socialmente, dentro de nuestra iglesia el uso de barba genera cierta desconfianza y por lo general no está permitido su uso en miembros activos de la iglesia. Cabe señalar que esto no está dispuesto en ningún artículo de fe de la iglesia, y tampoco se solicita al momento de hacerse miembro de la iglesia. La prohibición de la barba se trata de una costumbre social propia de ciertas iglesias pentecostales, dado que se la asocia o con los viejos revolucionarios comunistas del siglo pasado, como con una vida desastrada relacionada con el alcoholismo, la drogadicción u otros estados poco honrosos. Hasta aquí, la cuestión de la barba puede considerarse simplemente un rasgo característico de una cultura particular. Sin embargo, lo problemático de esta crítica es que acto seguido, el Superintendente Córdova hizo la siguiente declaración:

“¿no le alcanzó al Espíritu de Dios para quemar esa barba?, está equivocado joven, pídale a Dios que lo queme, porque el día que lo queme Dios la barba va a desaparecer solita… y con una tremenda chasca y a veces hasta con una colita atrás; y su testimonio de salvado, perdonado, redimido, quemado, no, no hay tal obra de Dios ahí, perdóneme que sea así (…) lo de Dios no está ahí…”.

Como puede notarse, el superintendente ha hecho de la ausencia de la barba, una señal definitoria de la obra de Dios en el creyente. Esto explica por qué para él el uso de la barba implicaría que “lo de Dios no está ahí”. En otros términos, no basta con buscar las buenas obras, sino que, incluso haciéndolo, el tener barba indica que “lo de Dios no está ahí”. Así las cosas, la barba deja de ser una cuestión puramente cultural y se transforma en una cuestión teológica, relativa a la salvación espiritual.

La barba deja de ser una cuestión puramente cultural y se transforma en una cuestión teológica, relativa a la salvación espiritual.

La verdad es que la crítica y la expresión en sí del pastor Córdova no es algo nuevo, pero sí demuestra el evidente deterioro del juicio de las autoridades de la iglesia para referirse a sus propios miembros. En este punto quiero detenerme. Si bien estas expresiones fueron emitidas a TODO EL MUNDO a través de internet, lo terrible es que lo hizo la autoridad más alta de mi Iglesia y representa una muestra de lo que la mayoría de sus consiervos piensan y predican. En algunas ocasiones incluso echando fuera o restringiendo su participación a miembros de la iglesia, cuya única falta es no estar bajo los estándares estéticos de la iglesia. El problema esencial no es la gente de la iglesia, sino su estructura y jerarquía que contribuyen a que este tipo de mensajes completamente irracionales y ajenos al Evangelio del Señor Jesucristo cobren vida y valor dentro de un grupo de personas. Lo más probable es que otros predicadores ahora tomen el manto de autoridad para tristemente enfocar sus predicaciones en temas tangenciales a la vida cristiana y se pierda una serie de valiosas oportunidades para llamar al pecador al arrepentimiento.

Mi fe y mi testimonio, como el de muchas personas que conforman la iglesia, justamente consiste en que Jesucristo nos sacó de estos estados deplorables mencionados anteriormente y no hay barba que pueda ni siquiera hacer sombra ni menos manchar la obra que un día Cristo hizo en cada uno de nosotros. Y justamente eso es lo que duele, que la doctrina maravillosa del evangelio sea malinterpretada y caricaturizada en un elemento netamente estético. Por eso, tras esta afirmación infantil con una forma claramente pobre, deja descubierto un fondo donde existen varios supuestos que conviene distinguir. Si quisiera aplicar el concepto de la navaja de Occam a esta situación, tendría una explicación bajo dos supuestos.

El primer supuesto tras esta creencia es que el cambio de apariencia supone el cambio desde un viejo hombre a un nuevo hombre, es decir, el cambio de apariencia refleja un cambio espiritual. La apariencia no es solamente una cosa externa. Tener o no tener una buena apariencia refleja si se tiene a Dios o no dentro del corazón. Así, la barba se vuelve un indicador de si un creyente ha experimentado o no la presencia de Dios en su vida. Por eso la autoridad señala que el día en que Dios obre con poder en un hombre, su barba desaparecerá como símbolo de haber sido bautizado por el Espíritu Santo (creencia netamente pentecostal, de la cual soy fiel partícipe y defensor).

El segundo supuesto tras esta creencia viene implicado en el anterior, y es que la salvación no solo tiene un efecto interno, sino uno externo: las obras. El uso o desuso de un elemento estético, cualquier que sea, puede contarse como una buena obra que viene por efecto de la acción interior del Espíritu Santo en el creyente. Ahora bien, ya aquí empieza a dejarse ver un problema tal vez anecdótico, pero que tiene repercusiones importantes en la teología del Superintendente. Y esto porque en ninguna parte de las Escrituras ni de la milenaria tradición cristiana, se le ha dado a la barba una dimensión soteriológica, es decir, relacionada con la teología de la salvación. A los que argumentan sobre la circuncisión como señal externa del pacto de Dios con Abraham, el Nuevo Testamento sepulta toda idea que indique que se requiera un elemento externo o un acto meramente humano para alcanzar la salvación del alma.

En ninguna parte de las Escrituras ni de la milenaria tradición cristiana, se le ha dado a la barba una dimensión soteriológica, es decir, relacionada con la teología de la salvación

Las ilustraciones de los mismos apóstoles de Jesucristo han representado a estas personas con barbas frondosas. Es prácticamente parte del conocimiento base del cristianismo. Lo mismo ocurre con los mártires de los siglos siguientes, a los cuales no les llegamos ni a los talones en cuanto a la entrega por el Evangelio, que también han sido representados como personas que usaron barba.

Si vamos más cerca, varios de los líderes más connotados de la Reforma Protestante -que es de donde proviene el pentecostalismo finalmente- lucieron barbas prominentes. Y, por último, Willis Hoover, el propio fundador de la Iglesia Evangélica Pentecostal, usaba barba. Su foto con barba puede encontrarse en variados ejemplares de la revista oficial de la IEP, Fuego de Pentecostés, e incluso se la encuentra en cuadros en dependencias de los templos IEP.

En relación a los supuestos y a los argumentos presentados hasta ahora, he aquí una explicación sencilla de lo ocurrido en la escuela dominical: es lamentable pensar que si la barba es señal externa de que Dios no ha obrado en el corazón de alguien, entonces nos están enseñando que todos los honorables cristianos que forjaron nuestra tradición e incluso el fundador de nuestra propia Iglesia Evangélica Pentecostal, estuvieron actuando sin una dirección divina y lo que es más grave, que ni siquiera eran salvos. Por lo tanto, los esfuerzos en construir templos, predicar en casi todo lugar disponible, han sido estériles y nuestra herencia pentecostal han sido solo emociones.

Si la barba es señal externa de que Dios no ha obrado en el corazón de alguien, entonces nos están enseñando que todos los honorables cristianos que forjaron nuestra tradición e incluso el fundador de nuestra propia Iglesia Evangélica Pentecostal, estuvieron actuando sin una dirección divina y lo que es más grave, que ni siquiera eran salvos.

No puedo dejar esto así. Y respondo a la crisis espiritual que desemboca en estos conceptos errados.

Yo, que soy miembro y que amo a la Iglesia Evangélica Pentecostal, considero que me quedan dos opciones. Mi primera opción es aceptar la teología de la salvación estética y todo lo que ello implica, tal como se ha expuesto y esperar que algún día se nos expliquen las consecuencias de todo lo que ella sugiere. Mi conciencia cristiana y de bautizado me obliga a tomar la segunda opción, la cual es fundamentar mi fe de acuerdo con las fuentes.

No voy a remitirme hoy a la Escritura porque los pentecostales han predicado el evangelio de la gracia por décadas en las calles citando sus pasajes. Esto seguramente va ser mal entendido por los férreos enemigos de la inteligencia y de la cordura, ya que todo evangélico que ha estado en un punto de prédica ha escuchado que “Dios no mira la apariencia”, que “Dios cambia la vida del hombre” y que “Él mira el corazón”.

Quiero hacer simple el mensaje para esa audiencia a la que se les ha expuesto a través de la Biblia trazada correctamente el valor de la transformación cristiana por la bendita gracia de Dios y aún porfían con las obras. Por lo tanto, tomo como base que cualquier evangélico estaría de acuerdo con que el Evangelio es por gracia y no por obras, y que las obras son consecuencia de la salvación y no causa de ella. Si no estamos de acuerdo con eso, mejor le valdría no llamarse evangélico y, tal vez, siendo fiel a su creencia, acercarse a la parroquia católica más cercana, lugar que hace muchos años frecuenté sin encontrar lo que mi alma necesitaba.

Cualquier evangélico estaría de acuerdo con que el Evangelio es por gracia y no por obras, y que las obras son consecuencia de la salvación y no causa de ella

Me enfocaré en las bases de nuestra iglesia, en los artículos de la fe, donde creo yo encontrar física y transversalmente disponible la doctrina de la Iglesia Evangélica Pentecostal. El artículo de fe número IX reafirma el evangelio de la gracia claramente, y el artículo X que es el dedicado a las obras no menciona en ninguna parte que la estética, ni mucho menos tener o no una barba, sea una señal de buena obra. De todos modos, si la barba es señal de la obra del Espíritu de Dios en una persona, entonces el superintendente tendrá que explicar por qué los hermanos y pastores como él que se afeitan perfectamente, también pecan. A menos que no pequen porque se han afeitado, y en tal caso, harán a Dios mentiroso (1ª Juan 1:8). Es más fácil aceptar lo inevitable: la teología de la estética tal como la ha presentado nuestro Superintendente no es bíblica y, por ende, su esencia no es cristiana.

El evangelio es por gracia, no por obras. Y las obras que vienen por causa de la acción del Espíritu Santo en la vida del creyente en ninguna parte contemplan el afeitarse. No usar barba es una costumbre, muy legitima, por cierto, la IEP está en todo su derecho de mantenerla como tal. Pero hacer teología de ella no es sano ni para la iglesia ni para la gloria de Cristo.

No usar barba es una costumbre, muy legitima, por cierto, la IEP está en todo su derecho de mantenerla como tal. Pero hacer teología de ella no es sano ni para la iglesia ni para la gloria de Cristo.

Tengo claro que este artículo generará un rechazo hacia mi persona dentro de algunas esferas que activan en la iglesia. Al principio, no tenía ánimo de polemizar, pero como expuse anteriormente, con conciencia limpia, siento el deber de no quedar en silencio mientras el error se divulga entre todos mis hermanos.

Finalmente, si de estética se hablara, me gustaría escuchar más de Kierkegaard en los púlpitos que de una pobre y triste barba. Ésta al parecer, de acuerdo con muchos predicadores y miembros de la iglesia, cual poderoso y feroz elemento estético, tiene la capacidad de impedir el paso de los salvados a los brazos de nuestro Señor Jesucristo.

Dios nos libre del evangelio de la estética.

*Doctor en Biotecnología, Magister en Administración y Dirección de Empresas, Miembro de la Iglesia Evangélica Pentecostal.

4 COMENTARIOS

  1. Comparto el pensamiento mi esposo desde sujuventud la usado y hasta hoy el espíritu santo lo a respaldado en diversos trabajos en el campo espiritual
    Y conocido por muchos Nuestro Dios nunca no nos a dejado
    Da pena tal necedad espiritual
    Dios sea con su pueblo y nos dirija Dios les guarde y bendiga

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