Actualmente, dentro de algunos sectores del “pentecostalismo criollo”1 existe un fuerte discurso anti-intelectual y como consecuencia, también anti-teológico. La razón de tal aversión a tal estudio parece ser un miedo por descuidar e incluso perder el “fervor espiritual”, o la constancia en el servicio a Dios y la “santidad”.

Aquí debemos ser justos, muchos de los que accedemos al estudio teológico nos enfrentamos a la tentación de llegar a una comprensión intelectualista (eminentemente intelectual) del cristianismo, la iglesia y todos sus derivados, y peor aún, a la tentación de sentirnos en una posición de superioridad respecto a los(as) hermanos(as) que con mucho esfuerzo pueden apenas leer y entender la Biblia.

Por ambas razones (la actitud de algunos sectores del pentecostalismo y la de los teólogos o estudiantes de teología), creo necesario presentar de manera breve el pensamiento del gran teólogo protestante suizo del siglo XX, Karl Barth, respecto del lugar y la necesidad de la teología en la Iglesia, expuesto en su obra traducida al español como “Introducción a la Teología Evangélica”2.

El lugar de la teología

Barth comienza su obra exponiendo el lugar de la teología, entendido como “la necesaria posición inicial que le ha sido asignada desde el interior, por su objeto [i. e. por el Dios del Evangelio]”3. Después de señalar que la teología debe situarse ante la Palabra de Dios (Jesucristo)4 y sus Testigos (Profetas y Apóstoles)5, dice que la teología halla su lugar y función en la comunidad de los testigos secundarios (Iglesia o Cristiandad). “Cuando la teología se confronta con la palabra de Dios y con sus testigos descubre que su lugar más propio es la comunidad, y no un determinado lugar en el espacio abstracto”6.

La teología, por lo tanto, es una función de la comunidad, está al servicio de ella y existe para la comunidad. Barth es enfático al decir que 

La teología sería un puro fracaso, si se situara a sí misma en alguna altura eminente, desde la cual se preocupara únicamente de Dios, del mundo, del hombre y de algunas otras cuestiones, quizás de cuestiones de interés histórico, en vez de ser teología para la comunidad.7

La necesidad de la teología

Barth señala que la tarea de la Iglesia o la comunidad es dar testimonio mediante palabras pronunciadas y escritas a través de la cual “cumple su encargo de predicar, enseñar y aconsejar pastoralmente”8. En otras palabras, la obra de la comunidad es la “búsqueda de la verdad”9. Pero debido a que la forma en la que se expresa la Palabra siempre será humana (la fe se expresa por medio del lenguaje humano), existe un peligro, 

La comunidad puede extraviarse en su proclamación de la palabra de Dios, en su interpretación del testimonio bíblico y, por último, en su propia fe. En vez de servir de ayuda, la comunidad puede ser un obstáculo para la causa de Dios en el mundo si la entiende de una manera que sea parcial o del todo errónea, mediante un pensamiento desviado o alterado, mediante un lenguaje torpe o demasiado sutil. Día tras día la comunidad debe orar para que tal cosa no suceda, pero debe hacer también lo que le corresponde en la obra rigurosa que va encaminada a dicha meta. Esta obra es la obra teológica.10

He aquí la importancia y la necesidad de la teología: si la Iglesia no se esfuerza en llevar a cabo la labor teológica (junto con la oración), no cumplirá correctamente su misión de ser testigo de la Verdad en el mundo, y hasta puede ser un obstáculo para que el Evangelio sea conocido como tal. Ahora, Barth va más allá y señala que en realidad todo cristiano consistente, que procura ser testigo de la Palabra, debe ser un teólogo, pero sobre todo, aquellos que “tienen un encargo especial en la comunidad”11:

Puesto que la vida cristiana es también consciente o inconscientemente un testimonio, la cuestión acerca de la verdad afecta no sólo a la comunidad sino también a cada cristiano. Él es responsable a su vez en lo referido a la búsqueda de la verdad en este testimonio. Por ello, cada cristiano, como tal, está llamado también a ser un teólogo.12

Sigue diciendo que:

Resulta siempre un fenómeno sospechoso que a dirigentes eclesiásticos (…) o también a ardientes evangélicos, predicadores o bien intencionados luchadores en favor de tal o cual causa cristiana, se les oiga decir, con buen humor y también con un poco de desdén, que la teología después de todo no es asunto suyo (…) Y resulta exactamente igual de pernicioso que no pocos predicadores, después de haber cambiado sus años de estudio por la rutina del servicio práctico, piensen que están autorizados para olvidarse de la teología, como la mariposa abandona su existencia de oruga, cual si fuera algo que ya se acabó para ellos. Tal cosa no es justificable en absoluto. El testimonio cristiano debe forjarse incesantemente en el fuego de la cuestión acerca de la verdad. De lo contrario, en ningún caso y en ningún momento podrá ser un testimonio sustancial y responsable, y por consiguiente fidedigno y vigoroso.13

Queda claro que, desde la perspectiva de Karl Barth, la teología es una labor absolutamente imprescindible dentro de toda comunidad que se dice Evangélica y en cada cristiano que desea ser fiel al Evangelio. 

La teología y el Espíritu Santo

No podemos terminar esta presentación sin antes exponer la relación que Barth veía entre la teología y el Espíritu Santo. El teólogo suizo establece una relación de dependencia de la teología respecto del Espíritu. Barth dice: 

Está bien claro que la teología evangélica únicamente puede ser teología pneumática, espiritual. Tan sólo en el ámbito del poder del Espíritu, la teología podrá realizarse como ciencia humilde, libre, crítica y gozosa acerca del Dios del Evangelio. Tan sólo con la valerosa confianza en que el Espíritu es la verdad, la teología podrá a la vez plantear y responder a la cuestión acerca de la verdad.14

Pero Barth también es consciente de que la teología puede llegar a ser “no-espiritual”. Y señala que la desaparición y ausencia del Espíritu puede ser experimentada por la teología de dos maneras: (1) Que en su quehacer, la teología considere de vez en cuando el problema del Espíritu Santo, pero que no se atreva a confiar y someterse sin reservas a la iluminación, exhortación y consuelo de Él, y se niegue a dejarse conducir por Él a la verdad plena. (2) Cuando la teología piensa estar tan familiarizada con el Espíritu que no reconozca la vitalidad y soberanía de este poder, al punto de pretender poseerlo15.

Barth concluye que:

El Espíritu Santo es el poder vital que concede libremente misericordia a la teología y a los teólogos, así como a la comunidad y a cada cristiano en particular. Unos y otros tienen absoluta necesidad de Él. Tan sólo el Espíritu Santo mismo puede ayudar a una teología que es o ha llegado a ser en este sentido una teología no-espiritual. Tan sólo el Espíritu Santo puede ayudar a la teología para que llegue a ser permanentemente sabedora y consciente de lo desdichados que son sus métodos arbitrarios de querer controlarle a Él. Tan sólo allá donde se suspira, se clama y se ora pidiendo al Espíritu Santo, Él de nuevo se hace presente y se encuentra activo.16

Conclusiones

El pentecostalismo en Chile debe repensar su postura frente a la teología. Si se dice “evangélico”, debería abrir sus puertas a esta obra necesaria. Por su parte, la teología y los teólogos deben hacer el esfuerzo por posicionarse dentro de la comunidad de los testigos, dentro de la iglesia local, porque ellos también son testigos del Dios del Evangelio. El problema es que si la Iglesia no le procura un espacio a la labor teológica, sólo tendrá teólogos de escritorio, apartados de la vida de la comunidad. Esto a su vez, tendrá como consecuencias una proclamación pobre, descontextualizada y torpe del Evangelio.

Por último, el pentecostalismo chileno debe esforzarse por perder el miedo o dejar su aversión hacia la teología, porque, como vimos, esta es esencialmente espiritual, depende totalmente de la acción amorosa del Espíritu Santo, no es contraria a Él, porque fue el Espíritu mismo quien a algunos “constituyó (…) maestros, a fin de perfeccionar a los santos en la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo” (Ef 4. 11-12).

D. B.


  1. No lo uso en un término despectivo ni mucho menos. Lo uso para distinguirlo del “pentecostalismo misionero”, y sin el afán de generalizar. Para esta diferenciación ver Mansilla, M. Orellana, L. (2019). Itinerarios del pentecostalismo chileno (1909-2017). Nueva Sociedad. Recuperado de https://nuso.org/articulo/itinerarios-del-pentecostalismo-chileno-1909-2017/ 
  2. Barth, K. (2006). Introducción a la Teología Evangélica. (Ruiz-Garrido, C. Trad.). Salamanca: Ed. Sígueme. (Obra original publicada en 1970).
  3.  Ibíd. p. 34
  4.  Ibíd. pp. 33 y ss.
  5.  Ibíd. pp. 45 y ss.
  6.  Ibíd. p. 57.
  7.  Ibíd. p. 62.
  8.  Ibíd. p. 58.
  9.  Ibíd. p. 59.
  10.  Ibíd. p. 60. (Cursivas originales)
  11.  Ibíd. p. 61.
  12.  Ibíd. p. 60.
  13.  Ibíd. p. 61.
  14.  Ibíd. p. 77.
  15.  Ibíd. pp. 78-80
  16.  Ibíd. p. 80. (Cursivas originales)

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