éxodo

Por Daniel Díaz Romero

Con preocupación miro hace ya algunos años, como en nuestro mundo pentecostal el éxodo de hermanos está comenzando a ser un fenómeno cada vez más común, y si a eso le sumamos que nuestras congregaciones ya no crecen como antaño, sino que su principal crecimiento viene de los hijos de los creyentes que van naciendo y sumándose a la iglesia; el panorama no parece auspicioso de cara a futuro. Dado este escenario, creo que es necesario meditar en cuales son las causas de este éxodo, y en el mejor de los casos, migración de hermanos hacia otras iglesias cristianas.

Partamos por una de las posibles causas. Es innegable que los últimos treinta años han sido los más prósperos que recuerde nuestro país, y esa prosperidad ha llegado también a nuestras iglesias, permitiendo que un gran número de nuestros jóvenes accedan a la educación superior, siendo en su mayoría primera generación en sus familias. A esta generación de jóvenes, entre quienes me encuentro, nos tocó enfrentar, por un lado, la hostilidad de un mundo universitario laicista que no ve con buenos ojos que nuestras ideas religiosas formen parte de la esfera pública, mundo para el cual no fuimos preparados; y por otro, la sospecha de algunos en nuestras congregaciones, quienes se preguntaban en qué momento el estudio se nos subiría a la cabeza. Otra forma que tomaba esta sospecha, ya en un contexto más eclesiástico, era en qué momento la “teología” nos agrandaría la cabeza, entendiéndose por teología simplemente el procurar darle al sermón un orden para hacerlo más entendible, como una breve contextualización histórica, una breve reseña del momento que vivía el autor de aquella epístola o libro profético. Y si esto lo acompañábamos de un papel con apuntes, la sospecha ya pasaba a ser molestia. Era inconcebible para algunos hermanos que el Espíritu de Dios pudiese guiar una predicación que requiriese de apuntes. Aún recuerdo la ocasión en que una hermana a pocos metros de distancia, dejaba salir fuertemente el aire de su boca, haciendo sonar sus labios, mientras yo hacía una muy breve reseña histórica al inicio de un sermón. Lamentablemente, se ha generado una brecha generacional que, en lugar de ser reparada por algunos de nuestros líderes, ha sido profundizada e incluso promovida. 

Una segunda posible causa en la que me gustaría meditar, es más transversal y está ligada al masivo acceso a la información que ha representado la llegada de internet, y todo lo que ello implica. Muchos hermanos pentecostales han tenido la oportunidad de acceder a todo tipo de libros y comentarios bíblicos, videos de predicaciones y series completas de estudios bíblicos de diferentes temáticas. Esto representa un tremendo desafío para pastores y predicadores locales, especialmente en comunidades acostumbradas a ser muy herméticas, en las que en ocasiones se rechaza de plano el conocimiento bíblico con el tan abusado y tergiversado versículo bíblico: “…porque la letra mata, más el espíritu vivifica.” Que miembros de dichas iglesias tengan acceso a esa información, inevitablemente genera en ellos un cuestionamiento acerca del contenido de las predicaciones que reciben, preguntas surgen respecto a doctrinas como la salvación, o doctrinas ligadas al fin de los tiempos. Al poder ver y conocer otras congregaciones, los hermanos también van familiarizándose con otros sistemas de gobierno eclesiástico, donde no existe esa verticalidad tan marcada del mundo pentecostal. Al concentrar todo el poder de decisión en un pastor, o un grupo de pastores, las congregaciones pentecostales, sin voz ni voto, terminan siendo infantilizadas; y puede ocurrir, por ejemplo, que la máxima autoridad de una corporación sea removida y despedida como un gentil, sin que la hermandad general entienda las razones de su salida. Parece que el único medio por el cual algunas congregaciones se enteran de los problemas que aquejan a su iglesia es el escándalo mediático. Es por esto que cuando los hermanos pentecostales conocen iglesias en dónde la congregación tiene una función más participativa, el contraste puede llegar a ser difícil de asimilar. Y todos estos problemas antes mencionados se verán agudizados, con toda seguridad, por causa de la pandemia. Los cultos online le han dado a la hermandad otro tipo de libertad, y es la de comparar el contenido de las predicaciones incluso dentro de su misma denominación, esto es fácilmente comprobable al mirar el número de likes y suscriptores que tienen los canales de YouTube de las diferentes iglesias locales. ¿Cómo esto repercutirá en el éxodo pentecostal postpandemia?, es un fenómeno aún por analizar. 

Una vez presentada dos de las posibles causas del éxodo pentecostal, que son el quiebre generacional y educacional, junto con el acceso a la información; cabe meditar ahora en qué se podría hacer mejor para acercar a los hermanos que comienzan a sentirse ajenos en medio de nuestras congregaciones pentecostales. Lo primero que deberíamos comenzar a cambiar, y que responde directamente a ambas causas, es desechar de plano la idea que por décadas se ha repetido en nuestras congregaciones, esto es, que el conocimiento teológico está en conflicto con la verdadera espiritualidad. La forma más sencilla de hacerlo, sería detenernos en el camino y volver a leer a figuras como el Pastor Willis Hoover, pieza central en el pentecostalismo criollo. En uno de sus artículos titulado “La babaza de la serpiente antigua”, adjunto al final del libro “Historia del Avivamiento Pentecostal en Chile, aparece la siguiente cita que haríamos muy bien en volver a considerar: “Dios tampoco premia la ignorancia. El hombre que imagina que es algo o sirve para algo con Dios solamente porque es ignorante, es tan engañado como aquel que confía en su sabiduría. Hay un solo objeto de confianza: DIOS”. Cito especialmente esta frase, ya que, en nuestra cultura pentecostal, producto del rechazo de algunos al conocimiento teológico, se ha ido creando una especie de relación entre la ignorancia voluntaria y la verdadera espiritualidad. Pero dicha relación es completamente artificial, se puede llegar a pecar de arrogancia y soberbia cuando creemos saber algo, e increíblemente también cuando voluntariamente decidimos permanecer en la ignorancia. La cita del Pastor Hoover desnuda esta realidad.  

Otro punto a considerar, es el rol que juegan los pastores frente al descenso en el número de fieles. Dada la verticalidad del sistema de gobierno pentecostal, la actitud que tome un pastor local frente a hermanos de su congregación que presenten inquietudes genuinas, es crucial. Si la respuesta es la mera imposición de su autoridad, la demonización de quienes se sienten disconforme, o peor aún, la indiferencia y apatía, el resultado será el éxodo seguro de dichos hermanos. En un contexto como el antes descrito, no corresponde citar la primera carta de Juan: “Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros…” (1ª Juan 2:19a), como he escuchado en muchas ocasiones. Ahora bien, no quiero ser injusto con la noble labor pastoral, ya que conozco de primera mano lo demandante e ingrato que puede llegar a ser dicho ministerio, y son muchos aún los pastores que dignifican su llamado y honran a Dios, sirviendo abnegadamente a la Iglesia del Señor. Sin embargo, quiero hacer este hincapié: si nuestros pastores piden sabiduría al Señor, como la recibieron Bezalel y Aholiab (Éxodo 31) para poder trabajar el oro, la plata, la madera, y para cortar e incrustar piedras preciosas; y con esa sabiduría moldear y dirigir a una nueva generación de pentecostales llena de nuevos talentos y herramientas, sería de gran bendición para nuestras comunidades. ¿Por qué temer a ser opacados por quienes sirven a un mismo Señor, y trabajan para un mismo reino? ¿Por qué engrosar las filas de las iglesias bautistas, presbiterianas o metodistas con nuestros jóvenes, si la iglesia pentecostal se pudiese beneficiar de sus dones y talentos? Pero para ello debemos tender puentes de uno y otro lado, debemos cerrar la brecha, deben reconocernos como parte de la generación que tomará su testigo, reconocer que la pentecostalidad no la define ni un grado académico, ni una soteriología particular, sino la experiencia personal con el Espíritu Santo de la promesa. Tenemos aún mucho que aprender de nuestros pastores y hermanos que nos anteceden, anhelamos imitar la vida devocional de muchos de ellos, que, pese a todas las adversidades han mantenido fuego en el altar por décadas, pero este acercamiento, cooperación y enriquecimiento entre ambas generaciones, sólo se dará en la medida que exista voluntad para ello. Desde acá extendemos nuestras manos. 

Puedes escuchar este análisis en el podcast La Última Banca en todas las plataformas.

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