Ciudadanía, política y los evangélicos – Por Juan Vidal

voto

Nota introductoria

El texto a continuación fue publicado originalmente en la revista Chile Pentecostal, de la Iglesia Metodista Pentecostal de derecho privado, en el contexto electoral del año 2017. Pese a la distancia temporal, consideramos que contiene ideas cuya importancia trasciende la eventualidad en que fue escrito y que son útiles para reflexionar en general sobre la relación entre la ciudadanía de los evangélicos y la política nacional.

PP

Ciudadanía, política y evangélicos

*Pr. Juan Vidal Sandoval

Iglesia Metodista Pentecostal

Diversas situaciones contemporáneas han puesto en el debate público varios temas controversiales para el quehacer evangélico chileno, durante el segundo semestre de este 2017.

Entre otros sucesos, cabe mencionar: La práctica de algunos políticos de pedir apoyo electoral a las iglesias y luego patrocinar leyes contrarias a los principios cristianos. La exclusión de los creyentes de los espacios de discusión ciudadana, por parte de algunos medios de comunicación. Y las expectativas ciudadanas insatisfechas de muchos miembros de congregaciones cristianas, que han motivado a un grupo de evangélicos a iniciar campañas políticas que les lleven a convertirse en diputados, consejeros regionales, alcaldes o concejales.

¿Es la participación política una opción válida para un evangélico? ¿O es mejor abstenerse de tal participación, confiando en que agnósticos, ateos o miembros de otras confesiones religiosas, representarán de mejor manera al pueblo cristiano, en cuanto a sus aspiraciones ciudadanas?

¿El hecho de ser evangélico, elimina en una persona su condición de ciudadano? Obviamente que no. Por el contrario. Una persona que abraza la fe en Jesucristo, tendrá una mejor perspectiva respecto de cómo atender mejor las necesidades integrales de cualquier comunidad humana. Además será motivado por el amor al prójimo, aunque este prójimo sea alguien con quién se tengan profundas diferencias tal como lo enseña Jesucristo en la parábola del Buen Samaritano (Lucas 10:25-37).

Ciertamente Cómo aceptar a Jesucristo como único, personal y suficiente salvador, hace que el convertido adquiera una ciudadanía espiritual (Fil. 3:21-21). Ello implica tener una conducta digna, que honre a Dios y que muestre testimonialmente los benéficos efectos que la salvación produce en todo pecador, redimido por la gracia de Dios. Sin embargo, mientras estemos en esta tierra, hemos de cumplir con la Gran Comisión entregada por Jesucristo a la iglesia: evangelizar y discipular a todas las personas, en todas las naciones. 

El apóstol Pablo como consciente de su ciudadanía espiritual, hizo uso de su ciudadanía terrenal para facilitar su tarea misionera. El Nuevo Testamento nos aclara que además de ser judío, poseía la ciudadanía romana. Esta condición “…era tenida en alta estima debido a los privilegios y ventajas que proporcionaba, tales como la excepción de castigos degradantes, el derecho de ser juzgado ante tribunales romanos con la administración de la famosa justicia romana, y el derecho de apelar ante el César mismo como último juez.” (Cartledge, S. A. (2006). CIUDADANÍA. En E. F. Harrison, G. W. Bromiley, & C. F. H. Henry (Eds.), Diccionario de Teología (p. 108). Grand Rapids, MI: Libros Desafío). Cabe destacar que en el contexto de los derechos de un ciudadano Romano, junto a varios otros, se encontraban el “jus sufragium”: derecho al voto y el “jus bonorum”: derecho a nominarse para desempeñar los cargos públicos.

El espacio asignado para este breve artículo no nos permite una exposición detallada de las implicancias que, el ejemplo de Pablo, pudiese tener para la actual coyuntura política en la que la iglesia chilena se encuentra. Sin embargo, estas sencillas líneas debieran bastar para excluir la idea de que ser cristiano constituye una inhabilitación para hacer uso de los derechos que la ciudadanía otorga.

¿Qué debiera esperarse de un cristiano con una vocación por el servicio público?  En primer lugar, debe ser una persona nacida de nuevo y que cultive habitualmente las disciplinas espirituales; y no solo alguien que utilice la religiosidad como un disfraz para aumentar su votación. Debe tener una adecuada formación bíblica y doctrinal, para que pueda representar consecuentemente el sentir de los ciudadanos con una cosmovisión cristiana. Debe contar con la mayor formación profesional posible para desarrollar sus funciones con excelencia y dedicación, marcando la diferencia respecto de la actualmente cuestionada y degradada “clase política chilena”. Debe poseer un testimonio equilibrado con lo cual se eviten críticas y descrédito por parte de sus adversarios. En este sentido, es imprescindible que cuente con un continuo proceso de discipulado y una mentoría madura, derivados de una membresía regular en una Comunidad de Fe. Finalmente, tal representante, debiera rodearse de equipos de trabajo con características similares a las requeridas a él.

Si las iglesias chilenas no disponen de personas con estos mínimos requisitos, significa que el problema no está en la política sino en las iglesias. Es inconcebible oír a hermanos y líderes afirmar que los cristianos no pueden participar en política, porque se van a corromper. ¿Tan débil es su profesión de fe? ¿Tan incapaz es el Señor, que no podrá guardarlos sin caída? ¿Tan débil es la confianza de aquellos líderes en la obra que Dios está realizando en los miembros de sus iglesias? A la luz de la Biblia, el panorama es diferente. La iglesia del Señor, en Cristo, es indestructible y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. La corrupción política tampoco.

Finalmente, es importante destacar que los derechos implican también deberes. En tal sentido el derecho a elegir representantes o postularse para un cargo público, necesariamente instala en el ciudadano el deber cívico de sufragar. Es bastante absurdo alegar en contra de los actuales dirigentes políticos, argumentando que estos no nos representan, porque nos abstuvimos de votar. El hecho de no sufragar significa que renunciamos a nuestro derecho ciudadano para que otros decidan por nosotros. Y en la práctica, eso es lo que le ocurre hoy a la iglesia evangélica chilena. Personas que no nos representan, están legislando normativas que debemos acatar como ciudadanos debido a que no hemos sido capaces de elegir a quienes sí nos podrían representar adecuadamente.

Irónicamente nos alegramos y nos sentimos fuertes porque podemos movilizar a miles de cristianos en una marcha “fuera” del Congreso. Sin embargo, al no votar o al hacerlo inconscientemente, dejándonos llevar por la propaganda, las falsas promesas o por las emociones, no somos capaces de movilizar ni a uno solo “dentro” del Congreso. El problema con esto es que las leyes no se dictan en la calle, sino en los escaños del hemiciclo.

Es cierto que, en el último tiempo, se han levantado voces irreverentes, haciendo callar a los pastores y hermanos que luchan por instalar la voz de las iglesias en el escenario público y en los medios de comunicación social. Se acusa de abuso de poder, falta de respeto, intolerancia y una larga lista de calificativos cuando “los protestantes protestan”. Al respecto, debemos concluir señalando que el autor de este artículo no sería un buen pastor si usara su posición como ministro de culto para inducir a su prójimo a votar por una persona en particular o por una coalición política determinada. Pero también sería un pésimo pastor, si no advirtiera a las ovejas que están a su cuidado, del peligro de los rapaces lobos que acechan al rebaño. Un genuino siervo de Dios no confunde su llamado, no vende su primogenitura por un plato de lentejas, ni entrega a su maestro por las 30 monedas de plata que convirtieron a Judas en traidor.

La actual coyuntura política no debe desviarnos de nuestra primordial tarea. Asumir nuestros deberes y derechos ciudadanos no significa cambiar la Biblia por la Constitución o los tratados por panfletos. Significa sencillamente cumplir con toda justicia. Por eso nuestro llamado es a seguir adelante, con los ojos puestos en Jesús, el Autor y Consumador de nuestra fe.

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