El pentecostal reformado, de Walter y John McAlister – Por Luis Aránguiz

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Uno de los temas que concita preocupación actualmente en los ambientes pentecostales es el de aquellos fieles que adoptan un punto de vista “reformado” o “calvinista” (ambos términos usados a veces como equivalentes, aunque no lo son) de la fe. El asunto se complica cuando se toma nota de que quienes adoptan esta postura suelen ser miembros de la juventud de las iglesias. Al mismo tiempo, no es infrecuente que haya ocasiones en que, ni quienes se oponen a esto ni quienes dicen profesarlo, tienen muy claro de qué hablan cuando hablan de “reformados” o “calvinistas”. De tal suerte, se da una confusión de términos y posiciones que acaba, por lo general, en una incomprensión mutua. Esta confusión ocurre dentro de los templos, pero también se traslada a las redes sociales.

Ante la ausencia de formulaciones intelectualmente más trabajadas, un libro que ha venido a suplir la necesidad de un discurso articulado que permita una discusión de mayor envergadura es O Pentecostal Reformado, publicado en Brasil por Walter McAlister y su hijo John, el primero obispo y el segundo pastor de la Igreja Cristã Nova Vida (Iglesia Cristiana Nueva Vida). Esta es una denominación que se identifica como pentecostal reformada. Aunque el portugués puede ser una barrera en principio, lo cierto es que no resultará dificultoso de leer para un hispanoparlante dedicado. También puede que haya aspectos en los que la realidad del pentecostalismo brasileño sea distinta a la del pentecostalismo chileno, pero en lo que toca a la discusión medular de la obra no hay mayor distancia con lo que ocurre en países como Chile.

Me parece que este libro, por su novedad, debiese considerarse más que solo la propuesta de una postura, porque es en sí mismo la apertura de una discusión largamente esperada en un nivel más elevado. Esto porque se sitúa fuera de las redes sociales, y se posiciona en el terreno de la formulación de ideas en un nivel formal. En este sentido, podría decirse que cumple más el rol de un manifiesto que de un tratado teológico. Si bien lo segundo es a lo que debiera llegarse, ya que cumpla el lugar de lo primero permite abrir una conversación que puede llevar a cuestiones más complejas. Así, entonces, como punto de partida, es aceptable. Lo que debiese seguir es que quienes se identifican con esta postura sigan construyendo una reflexión que ahonde en la discusión con otros autores pentecostales no reformados. Luego de repasar el contenido general de los capítulos, realizaré algunas observaciones sobre puntos de discusión que pueden desprenderse de esta obra.

El libro se articula en 12 capítulos que, es mi impresión, pueden entenderse de la siguiente manera por su contenido. En primer lugar, tenemos los que definen el campo pentecostal, del 1 al 3 (“Cómo llegué hasta aquí”, “Al final, ¿qué es un cristiano pentecostal?” y “La esencia pentecostal”). En el primero se presenta la trayectoria de los McAlister, fuertemente enraizados en la tradición pentecostal, provenientes de una familia de pastores y misioneros que llega hasta la misma Azusa Street. En el segundo, se traza la ruta de los orígenes del pentecostalismo en Estados Unidos y Brasil con un énfasis en la deriva del pentecostalismo en Brasil como una “fábrica de locuras”, debido a los excesos que se cometen. En ese contexto, se produce una intensa búsqueda que lleva al surgimiento de los pentecostales reformados. En el tercer capítulo se presenta la noción de “imaginario social” pentecostal, puntualizando algunos de sus problemas. Así, tenemos que (i) se cree en la infalibilidad de la Biblia, (ii) hay una apertura radical al mover de Dios (que puede llevar a excesos mal entendida), (iii) se cree en un mundo encantado, (iv) hay una relación de causa-efecto entre mundo espiritual y material (que puede tener excesos en ideas como la teología de la prosperidad o versiones de la guerra espiritual), (v) se comprende a la teología no como fuente de fe sino como explicación de la experiencia con Dios (cuyo exceso sería la primacía de la experiencia), y por último, (vi) es un movimiento fuertemente popular (uno de cuyos excesos puede ser el rechazo al estudio).

En segundo lugar, tenemos una serie de capítulos que se dedican a presentar aspectos generales de la tradición reformada, que comprenden del 4 al 9 (“La esencia reformada”, “Las doctrinas de la gracia”, “Las cinco solas”, “No todo es calvinismo”, “La hermenéutica reformada” y “En defensa del credobautismo reformado”). El capítulo cuarto introduce los elementos desde los cuales se construye la teología reformada como su concepto de Dios, su soberanía y su gloria, entre otros. En el quinto, se tocan las famosas doctrinas de la gracia, esto es, el acrónimo TULIP que agrupa a las doctrinas de la depravación total, elección incondicional, expiación limitada, gracia irresistible y perseverancia de los santos, mostrando su contrapunto con la tradicional teología arminiana, que es la fuente de la teología de la salvación pentecostal. El sexto capítulo revisa las famosas cinco solas, fe, gracia, Cristo, Escrituras y a Dios gloria, para explicar las diferencias existentes entre el protestantismo y el catolicismo. El séptimo capítulo busca mostrar la pluralidad de posiciones que existe respecto a diversos temas al interior de la tradición reformada, para clarificar el hecho de que se trata de una tradición amplia que no se remite exclusivamente al nombre de Juan Calvino. Esto lo hace en áreas como la escatología, política, gobierno de la iglesia y dones milagrosos. El capítulo octavo presenta en rasgos generales la comprensión específica que la tradición reformada ha desarrollado de la Biblia, en especial resaltando la teología pactal en cuanto a la relación de Dios con el ser humano. El capítulo 9 buscar argumentar que estar a favor del bautismo de los creyentes (credobautismo) y, por tanto, rechazar el bautismo de infantes, sigue siendo una postura reformada, pese a que las iglesias reformadas típicamente bautizan infantes.

En tercer lugar, tenemos los últimos capítulos, del 10 al 12 (“Bautismo en el Espíritu Santo”, “Dones espirituales” y “El alma pentecostal reformada”). En estos se entra a las diferencias que puede haber entre pentecostales y reformados en cuanto a tópicos sensibles y definitorios del pentecostalismo. El décimo capítulo perfila la discusión que se ha dado en torno al bautismo del Espíritu Santo como algo que ocurre en la conversión según la visión reformada, o como segunda experiencia según los pentecostales. Al respecto, concuerda con la visión reformada en que aquello que se designa como “bautismo del Espíritu Santo” ocurre en la conversión, pero al mismo tiempo sostiene que la experiencia que los pentecostales designan con ese nombre si existe, solo que se debe nombrar de otra manera como “plenitud” o “llenura”. El capítulo once busca discutir el empleo que se ha hecho de los dones espirituales en el mundo pentecostal. Imposible sería negarlos para los pentecostales, pero se hace una crítica por ejemplo al abuso en la “profecía”, así como se adopta una postura contraria a la creencia tradicional del pentecostalismo de corte norteamericano que sostiene que el hablar en lenguas es necesariamente la evidencia de la experiencia de “bautismo” o más bien, de “plenitud” del Espíritu en un creyente. El riesgo que trae el abuso de estos dones, observan los autores, es que la gente deja de creer en ellos. El último capítulo, 12, se concentra en ofrecer algunas soluciones a la “dialéctica” pentecostal/reformado que suele darse en torno a este tema. Destaca aquí el giro en cuanto a la comprensión del culto público, que ya no se considera tanto como espacio de celebración sino sobre todo como de formación, entre otros.

¿Y qué es un pentecostal reformado? Se lo define como aquel que: “es pentecostal en su espiritualidad, pero seguidor de los viejos maestros de la fe reformada en lo que toca a su doctrina. Como tal, se aparta de algunas de las doctrinas más asociadas al ‘pentecostalismo clásico’ y repudia las tendencias de los neopentecostales. También es alguien que ansía el avivamiento, pero ansia igualmente una nueva reforma de la iglesia” (p. 57).   

Con el marco general que tenemos hasta ahora, es posible entonces enunciar algunos puntos de discusión. El primero que cabe señalar es que el libro parte desde el supuesto de que un pentecostal puede adoptar una postura reformada en una serie de temas. Esto es problemático precisamente porque se adopta como supuesto y no se discute. Es indudable que existe el hecho concreto de que hay pentecostales que concilian su pentecostalismo con aspectos de la fe reformada, pero en el terreno de la teología aquello requeriría a lo menos una discusión que en este libro no se ofrece de fondo. Quizá aquello se deba a lo que se mencionó antes en cuanto que cumple más con el perfil de un manifiesto que de un tratado teológico. Así las cosas, se convierte en una necesidad el que se formule una discusión de fondo respecto a lo que en esta obra se da, simplemente, como un supuesto.

Un segundo tema que conviene notar es el hecho de que el libro examina críticamente algunos de los excesos que se dan dentro del mundo pentecostal. Sin embargo, interactúa poco con la teología propiamente pentecostal. Esto se vuelve un problema a discutir en la medida en que la teología reformada no es el único marco teológico para cuestionar los excesos, puesto que aquello puede hacerse desde los propios desarrollos teológicos pentecostales, sin necesidad de adoptar una perspectiva reformada. De ello se sigue que la teología reformada no necesariamente es más útil para corregir lo que está errado en el mundo pentecostal en cuanto a sus excesos. De aquí que lo que se vuelve necesario es pasar a una discusión en la cual la adopción de una postura reformada desde el pentecostalismo sea discutida en el plano de la teología pentecostal propiamente dicha (sin el apellido “reformada”), y no en función de la generalidad de la experiencia pentecostal. Aquí conviene un debate robusto con autores de primera línea.

Un tercer tema es que, en cuanto al propio orden del libro, lo que parece ocurrir es que, más que ofrecer una perspectiva “pentecostal reformada”, lo que se hace es ofrecer una perspectiva reformada para pentecostales. Quienquiera que esté familiarizado con temas como las cinco solas, los cinco puntos, la teología del pacto, la tradición reformada en general, verá que lo que ofrece el libro en estas materias puede encontrarse en otras obras dedicadas a esos temas. En otros términos, no hay tanto un procesamiento teológico de estas ideas desde un prisma pentecostal para una discusión y apropiación contextual, sino una adopción directa, no mediada. La discusión que esto abre, ya se ve, se relaciona con el hecho de que los distintos avivamientos pentecostales reciben una cierta influencia directa de la tradición en la cual se originan, como por ejemplo el metodismo wesleyano. No obstante, en el caso de la adopción de una perspectiva reformada en iglesias pentecostales que no tienen su origen en ella, no hay influencia directa y, por ello, para quienes la adoptan se vuelve necesario un análisis de mayor alcance respecto a los esquemas teológicos que están en juego.

Un cuarto y último tema dice relación con el hecho de que lo que se adopta como “reformado” parece ser la serie de tópicos sintéticos que se ha mencionado antes (por ejemplo, las cinco solas y los cinco puntos del calvinismo, entre otros), más que una recepción elaborada de la tradición reformada en su complejidad. Si bien es cierto que en el libro se reconoce la existencia de esta complejidad, también ocurre que no desarrollarla puede llevar a la conclusión errónea de que ser un pentecostal reformado se limita sencillamente a adoptar los puntos de vista que el libro sintetiza. Por ello es que, al mismo tiempo que la obra hace bien en reconocer la amplitud de la tradición, también abre un margen de responsabilidad para quienes se consideran “pentecostales reformados” en cuanto a observar con detención qué es lo que define lo “reformado” de su postura y afinar sus propios conocimientos en cuanto a dicha tradición a la que se adhiere.

Está fuera de duda que esta obra se constituye un puntapié inicial para abrir un debate de envergadura en el mundo pentecostal, constituyéndose tanto un libro de referencia para quienes están buscando fundamentar su postura reformada dentro del pentecostalismo, como para quienes quieren oponerse a ella tomando como referencia un libro que procesa con claridad introductoria una postura que aún aparece poco definida. Quienes usan la nomenclatura de pentecostal “calvinista” o “reformado” y quienes se les oponen, hallan en este texto un punto de encuentro que, claro está, ha venido a ofrecer una primera definición trabajada de un tema tan polémico como interesante.

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