Por Zach Tackett*

Manipular serpientes, hablar en lenguas, aleluyas, saltos, gente corriendo y predicadores de la prosperidad. Esto es lo que se le viene a la mente a muchos cuando oyen el término “pentecostal”.

Pues bien, hay algo de verdad en esas aseveraciones. Y sí, hay algunas preocupaciones dignas de consideración respecto a estereotipos. Sin embargo, en el corazón de la teología y práctica pentecostal está el reconocimiento de que el Espíritu que cayó sobre los seguidores de Cristo en el Pentecostés es el mismo espíritu que hace resplandecer el evangelio en nuestras comunidades. La belleza de esta dinámica se extiende más allá de los estereotipos. El encuentro entre Dios y la humanidad es significativo en el pentecostalismo global, convirtiéndose en una de las expresiones más influyentes del cristianismo del siglo veintiuno.

Personalmente, no solo he orado en lenguas, sino que la glosolalia – el término teológico técnico para el hablar en lenguas – es una expresión común en mi vida de oración. También he tenido experiencias en que he caído postrado en oración, el resultado de una poderosa dinámica que solo puedo explicar como lo que debe haber sido el Espíritu de Dios. Ahora, sobre las serpientes… no, no he manipulado serpientes y no planeo hacerlo. Crecido en Ozarks, maté algunas y como adulto he pasado muchos años en Kentucky. Ahí hay cacerías anuales de serpientes en el Everglades al sur de donde vivo ahora. Pero, un viaje de caza de serpientes no está en mis planes.

Decidí convertirme en teólogo Pentecostal, al menos de forma definitiva, mientras estaba en el seminario. La decisión se fundó en la opción de abrazar mi herencia. Mis padres eran pentecostales en su teología. La fuente de nuestra herencia eran las iglesias comunitarias del Ozarks, donde la gente podia identificarse personalmente como bautista, discípulo de Cristo, metodista o pentecostal. Alabamos en iglesias como la Richland View Community Church donde mi padre fue pastor gran parte de mi niñez. Esta era la iglesia de la mayoría de gente que vivía en Richland Valley. En Pascua, cuando iban todos, eran 40 o 50 los que asistían. Antes de pastorear en Richland Valley, mi padre pastoreó una iglesia Asamblea de Dios en el pueblo universitario de Fayetteville, Arkansas; pastoreó una iglesia Bautista al este de Fayetteville y fue un predicador de circuito en el área de la montaña, circuito que, entre otras, incluía comunidades de la tradición de los Discípulos de Cristo. Por un tiempo, fue el director de la escuela dominical para la alianza ecuménica de Fayetteville. Cuando yo era adolescente, se volvió pastor del Templo Pentecostal en Fayetteville, donde siguió pastoreando. Para resumir la herencia que he abrazado, fui imbuido por una teología pentecostal que se formó dentro de un estilo de vida ecuménico.

 

La teología pentecostal que he abrazado reconoce la narrativa de la Biblia como un modelo de vida. Las Escrituras moldean cómo debemos entender y alabar a Dios, cómo debemos estudiar para desarollarnos como personas, cómo debemos apoyar a otros como iguales, y cómo deberíamos dirigir a otros y nosotros mismos hacia el presente y futuro Reino de Dios. Desde las narrativas bíblicas y desde los modelos pentecostales que he experimentado, he aprendido a abogar por el marginado, a recibir al extranjero en mi tierra como uno de los míos y alentar progresos económicos y sociales para aquellos que nuestra sociedad, influida por nuestra naturaleza de pecado, tiende a dejar atrás. He aprendido a abogar por el marginado.

Los primeros pentecostales de la vuelta del siglo veinte creyeron que a través del poder del Espíritu Santo podrían hablar en las lenguas propias de varias etnicidades. Esos primeros pentecostales creyeron que se convertirían en misioneros para las personas cuyos idiomas creían hablar. Bueno, no salió tan bien. Esos fieles misioneros se dieron cuenta de que era necesario aprender dichos idiomas a través de medios de estudio tradicionales. Sin embargo, me he dado cuenta de que los primeros pentecostales estaban en lo correcto al notar que las lenguas representaban a los pueblos de la tierra. Aquello es mencionado en el libro de Hechos, en el que las personas del área del Mediterráneo escucharon las alabanzas de Dios habladas en sus propias lenguas. La narrativa bíblica indica que la gente no había aprendido esos idiomas particulares, pero hablaba esas lenguas como se los indicaba el Espíritu Santo. Aún más, el Apóstol Pedro, al interpretar el evento del Pentecostés, indicó que el Espíritu estaba cayendo sobre toda la gente y les dijo: “profetizarán tus hijos e hijas”.

El Espíritu del Pentecostés cambió las perspectivas de la gente en el Pentecostés y la trayectoria de la iglesia. Este evento sirvió como una voz profética y un modelo para la iglesia. Este Espíritu llamó a toda la gente a identificarse como creyentes en Jesús como el Cristo. Más allá, el Espíritu nos llamó a llevar una vida santa. El Espíritu nos llamó a vivir como Jesús vivió, amar como Jesús amó, estudiar como Jesús estudió, predicar como Jesús predicó, sanar como Jesús sanó, modelar la paz que Jesús modeló en medio de la ira y la guerra, abrazar al marginado como Jesús abrazó al marginado, derribar los muros de división como Jesús derribó muros y a valorar a los demás como iguales, como hermanas y hermanos. El mensaje del Pentecostés declaró que todas las gentes – de todas las lenguas y etnicidades, mujeres y hombres, pobres y ricos – participaran juntos y de forma plena como una familia.

Con este evangelio, en el que el Espíritu nos abraza a todos, puedo correr con los santos que corren, puedo saltar con los santos que saltan y puedo gritar y regocijarme con aquellos privilegiados económica y socialmente. También puedo alabar a Dios en las lenguas de las etnicidades sabiendo que es el Espíritu quien habla a través de nosotros juntos para proclamar las glorias de Dios. Sí, hay algunas personas y comunidades con quienes me gustaría entrar en una reflexión teológica más larga, a la luz de las diferencias en nuestras prácticas y con mis preocupaciones referentes a nuestras costumbres distintas (Eso sí, aun no quiero acércame a esas serpientes). Aun así, me agrada que el espíritu nos abrace a todos.

Es esta herencia – en la cual el Espíritu continúa hablando y trabajando en la manera descrita y modelada en las Escrituras, generando una comunidad ecuménica – la que me ha llevado a servir a la iglesia y a la sociedad como un teólogo pentecostal.

*Doctor en Historia de la Teología por el Southern Baptist Theological Seminary. Ministro ordenado por las Asambleas de Dios, USA.

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Publicado originalmente en Ecclesiam, 2016. Traducido con autorización. Traducción de Matías Aránguiz Kahn.

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