Por Aaron J. Swoboda*

Soy pastor pentecostal, teólogo y ambientalista. Es difícil creer que estas tres identidades puedan coexistir en una persona al mismo tiempo. Pero pueden.

Y no soy el único: entre los cristianos pentecostales y carismáticos hay un resurgimiento de personas que se involucran en asuntos urgentes como el cambio climático y la degradación ecológica como pentecostales y carismáticos. No están abandonando su fe para hacerlo.

Somos “pentecostales verdes”, y estamos orgullosos de ello. Para nosotros, la preocupación por la Tierra es un aspecto del discipulado centrado en el evangelio.

Una caricatura común es aquella de que tomamos serpientes, danzamos en los pasillos, cristianos de pelo largo que parecen más preocupados del fin del mundo que de cuidar el mundo.

Esa no ha sido mi experiencia. Desde mis años de estudio en la Universidad de Oregon, el pentecostalismo ha fomentado en mi interior un profundo amor por Jesucristo, una pasión por predicar la Biblia, un celo por ver al mundo creer, y un deseo por cuidar la creación de Dios.

Durante la abrumadora jornada de concluir dos libros robustos sobre la relación entre teología cristiana y medioambiente, “Tongues and Trees” e “Introducing Evangelical Ecotheology”, me he visto cada vez más inspirado a repensar el cuidado de la creación como un aspecto integral de la relación del Espíritu Santo con el mundo. Y los pentecostales me han ayudado mucho a este respecto.

En mi experiencia, hay tres aspectos principales que aprecio de la tradición pentecostal. Primero, los pentecostales creen que el pentecostés no ha terminado; creen que el Espíritu vive, y por lo tanto habla. Y con ello, que el Espíritu está vivo en la iglesia y en el mundo, incluso el mundo natural.

Segundo, los pentecostales se preocupan mucho del marginado –mujeres, personas de color, los menos privilegiados, los sin educación-. El pentecostalismo es un movimiento del Espíritu Santo compuesto por personas liberadas de la trampa de la opresión.

Tercero y último, los pentecostales son personas emocionales. Ruegan. Lloran. Pueden sentir. Ve a cualquier servicio de una iglesia pentecostal y encontrarás una caja de Kleenex. Los pentecostales aun pueden ser conmovidos.

Y pienso que el Espíritu Santo está tratando de mover a la iglesia de Jesucristo. Creo con todo mi corazón que cuando el Espíritu de Dios está presente en la vida de la iglesia, ella debería saber cómo llorar, cómo lamentarse, cómo arrepentirse.

Como Pentecostal, no puedo mirar mi avaricia, la injusticia de mis decisiones, la basura que he creado, y no ser llevado por el Espíritu a las lágrimas. Soy pentecostal porque estoy abierto a que el Espíritu quebrante mi corazón. Quiero estar abierto a oír cómo el Espíritu me revela que soy egoísta, que yo soy el problema, que debo arrepentirme.

Así que si, el Espíritu de Dios nos mueve al arrepentimiento –el tipo de arrepentimiento que se necesita para un verdadero cambio de vida en la crisis ecológica del siglo XXI. Pienso en esto del siguiente modo: “arrepentimiento” es una palabra que significa cambio de mente. El arrepentimiento es un tipo de “¡santo cielo!” que ocurre cuando hemos sido atraídos cerca de Dios, por tomar prestado el dicho del profeta Charlie Brown. Es un cambio profundo y duradero dentro de nuestras mentes, corazones e imaginaciones cuando tocamos la terriblemente profunda misericordia de Dios.

Sé precavido: el arrepentimiento no es lo que algunas personas religiosas suponen. El arrepentimiento no nos pone más cerca de Dios, como ellos sugieren. Más bien, el arrepentimiento es un producto de ser atraído a Dios. El arrepentimiento no es un magneto moral que nos acerca a Dios para amarnos a nosotros mismos más de lo que él lo hace. Principalmente, el arrepentimiento es lo que ocurre cuando nos hemos dado cuenta que Dios nos ha amado antes de que una pizca de cambio haya ocurrido.

Dios está creando una nueva generación, una generación de pentecostales que creen que ser lleno del Espíritu Santo no requiere de nosotros que apaguemos nuestros cerebros, o que pongamos nuestras manos en la arena, o que ignoremos las grandes cuestiones sociales de nuestro tiempo. Una generación se levanta, que ve al Espíritu de Dios trayéndonos de vuelta al ámbito del mundo real, en que hay dolores reales, luchas reales y problemas reales.

Para nosotros, resuenan las palabras del teólogo pietista y pastor Christian Blumhardt. Él dijo alguna vez que cada cristiano tendrá que experimentar dos conversiones.

La primera conversión es a Dios.

La segunda es una conversión de vuelta al mundo.

*Pastor ordenado por las Asambleas de Dios, EEUU. Doctorado en teología por la Birmingham University, UK.

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Publicado originalmente en Faith&Leadership, 2014. Texto de libre difusión. Traducción de Luis Aránguiz Kahn.

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