Wassily Kandinsky. Yellow-Red-Blue, 1925

Por Wes Granber-Michaelson*

“Es una nueva forma de cristianismo”, explicó Opoku Onyinah, “que ahora también vive en el Occidente”. Él es el presidente del Concilio Pentecostal y Carismático de Ghana, y también encabeza la Iglesia de Pentecostés, que comenzó en Ghana y hoy está en 84 naciones. Onyinah estaba hablando en un taller sobre “Cómo caminaremos entre culturas”, y explicando cómo el cristianismo africano está interactuando con la cultura posmoderna. Esto fue parte de Empowered21, que convocó a miles de pentecostales en Jerusalén, para la fiesta de pentecostés.

Esta idea me ha intrigado. El pentecostalismo, especialmente del modo en que está emergiendo en el mundo no occidental, es una fe posmoderna. Usualmente he dicho que “un evangélico busca saber lo que crees, mientras que el pentecostal busca escuchar tu relato espiritual”. Quizá esto sea una simplificación excesiva. Pero el pentecostalismo encarna un fuerte énfasis en la narrativa y encuentra la realidad en las experiencias espirituales que desafían la lógica y la racionalidad de la cultura moderna occidental.

Así que, hablar en lenguas tiene un sentido propio en una cultura en la que no se puede confiar en las palabras y en la que la retórica siempre está siendo deconstruida. Opoku Onyinah remarcó por qué es importante creer en milagros en la cultura posmoderna. En estos escenarios “el Evangelio debe ser encarnacional”. Tienes que tocarlo, saborearlo, sentirlo. Eso también significa un involucramiento activo en las artes y la cultura, el uso de todas las tecnologías y los medios sociales, y un involucramiento en la política.

Onyinah parece ser un ejemplo de los muchos pentecostales del sur global que hay aquí, por la autoconfianza espiritual y la integridad con que define su fe cristiana fuera del contexto de interacción evangélica con sus propias culturas y experiencias. Formas como esa de cristianismo no occidental, son entonces vividas y compartidas al interior de las culturas occidentales, frecuentemente impulsadas por los modernos movimientos de migración global. En una cena, un líder pentecostal y amigo de Asia me dijo: “no queremos ser condescendidos nunca más”.

John Francis, fundador y pastor de la Iglesia Ruach en Londres –el título viene del hebreo que significa “espíritu”, “aliento”, o “viento”- habló del significado de recibir poder y autoridad, en los Hechos. Su congregación es una de las de más rápido crecimiento en Londres, ahora con 7000 personas, y parte de la mayoría no blanca de asistentes a las iglesias de Londres cualquier domingo.

El florecimiento de congregaciones de ese tipo en las sociedades occidentales se siente como una “nueva forma de cristianismo”. Pero sus raíces están en el antiguo proceso de interacción evangélica renovada con culturas no occidentales, en África, Asia y Latinoamérica. En mi perspectiva, tanto los evangélicos como los protestantes históricos en el sur global –personas como yo-, tienden a no reconocer y a subestimar las formas en las que el pentecostalismo indígena está liberando al cristianismo de su herencia del Occidente en el sur global, el trasfondo colonial blanco, produciendo formas originarias de fe y usualmente culturas no occidentales altamente contextualizadas. Esta tesis no es original ni mía. Es una de las conclusiones del Atlas del Cristianismo Global, el estudio académico más acabado de los cambios en el cristianismo global durante el siglo pasado. Sus autores, Kenneth Ross y Todd Johnson, lo ponen así: “el pentecostalismo… devino el principal colaborador en el remodelamiento del cristianismo desde un fenómeno predominantemente Occidental a uno predominantemente no Occidental en el siglo XX”.

Una contextualización de ese tipo siempre es teológicamente desafiante y frecuentemente confusa.  Pero personalmente, eso es lo que encuentro fascinante. El cristianismo se está moviendo no solo geográficamente, sino teológicamente y espiritualmente, fuera de la confortable cuna de la Ilustración Occidental que ha sido su hogar, y también el lugar de su creativa y contenciosa tarea teológica por los últimos 400 años. Pero ahora tenemos una nueva agenda. Como dijo Christine Caine, citando Isaías 43, Dios “está haciendo cosas nuevas”.  La pregunta, para aquellos cautivos en la Babilonia de ese tiempo, y aquellos en la cautividad de la cultura Occidental moderna, es si acaso vemos esto.

No es que esto haya sido visto con claridad siempre por aquellos ligados a Empowered21. El pentecostalismo hoy, creciendo más rápido que cualquier otra expresión del cristianismo global, vive en su propia confusa diversidad, frecuentemente luchando por encontrar su voz única. Pero su resuelta confianza en el Espíritu es su camino liberador y epistemológico. Al mismo tiempo, el rápido ascenso de la academia pentecostal, en el estudio teológico y bíblico alrededor del mundo, provee su propia capacidad para la reflexión autocrítica que es esencial para crecer en el reclamo de una voz distintiva y el testimonio que tiene que ofrecer a la iglesia mundial. Cuando escuché al obispo Clifton Clark, por ejemplo, quien ha enseñado en Ghana, Inglaterra y ahora en la Universidad Regent en Vancouver, dar una ponencia teológica sobre cómo el concepto africano de Ubutu puede contribuir a un entendimiento pentecostal de las relaciones cristiano-musulmanas, tuve otro vistazo de cómo este proceso está en búsqueda de su voz.

Si acaso la más amplia iglesia oirá esta voz, y honrará este testimonio por su propia integridad, me preocupa y guía mi oración. Muchos no pentecostales de tradiciones como la mía necesitan arrepentirse de décadas de aires de superioridad espiritual y teológica. Eso no cambia finas áreas de diferencia y la necesidad esencial de un diálogo riguroso y honesto sobre cualquier tema teológico, ético, económico y político. Pero necesitamos un punto de partida fresco en el que reconozcamos y practiquemos la verdad de que existimos interdependientemente como miembros de un cuerpo, y requerimos una unidad como esa por el bien del testimonio de Dios al mundo. Como dice Pablo, “a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1ª Cor. 12,13)

¿Podemos creer que esto es así? ¿Podemos experimentar lo que sería beber de este mismo Espíritu juntos?

*Wes Granberg-Michaelson, ha servido por 17 años la Secretaría General de la Iglesia Reformada en América, y ha activado por largo tiempo en iniciativas ecuménicas como el Global Christian Forum y Christian Churches Together. Autor de From Times Square to Timbuktu: The Post-Christian West Meets the Non-Western Church

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Originalmente publicado en Sojourners, 2015. Traducción de Luis Aránguiz Kahn.

 

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