Por Luis Aránguiz Kahn*

Con los años, he conocido muchos pentecostales reflexivos que están preocupados por el progreso del movimiento. Sabemos cuánto crece en el mundo. Sabemos de los testimonios e historias incleíbles que podemos encontrar en las iglesias. Pero también sabemos sobre el abuso de poder. Sabemos sobre el rechazo aun generalizado a la teología. Sabemos de la politización inconsciente. Así que, cuando ponemos estos y otros elementos en la balanza, tenemos dos opciones. Irnos o quedarnos.

A veces hay quienes les resulta difícil entender cómo Dios obra en medio de personas que “desprecian conocerle”. En mi caso, me tomó algunos años entender que Dios obra del modo que él quiere. Y es más, que el rechazo al conocimiento intelectual no significa el rechazo a otras formas de conocimiento. Traté de usar las herramientas que adquirí estudiando, pero olvidé que la teología no es meramente una disciplina intelectual, sino que es, como lo fue para los primeros cristianos, un camino de vida. Entonces me dí cuenta lo perdido estaba. En otras palabras: descubrí que no solo en mis hermanos había una suerte de inconsciencia sobre si mismos. También en mí. Porque no había meditado en el corazón del pentecostalismo.

Si suspendemos los elementos culturales que caracterizan a nuestras iglesias pentecostales, y que pueden ser muy variados dependiendo de la iglesia y su contexto, entonces descubriremos el centro del mensaje. Lo que motivó a nuestros primeros hermanos y hermanas. Ellos no querían abrir una “nueva” iglesia. Lo que querían era regresar a la iglesia primitiva. El mismo deseo de Lutero, Calvino, Wesley,  y tantos otros cristianos y movimientos en la historia, como los metodistas, los pietistas o los puritanos. A su propia manera, quisieron recobrar una herencia para ellos perdida, enterrada bajo la rigidez de la ortodoxia y bajo una teología liberal ilustrada que la despreciaba. Esta herencia, la inconmovible certeza de que Dios no solo obró milagros en la resurrección o el nacimiento virginal, sino que puede seguir haciéndolos en el presente, era el corazón de la fe de nuestros hermanos. Y esta fuerte creencia era también el motor para un renovado deseo de servir al prójimo. Cuando descubrí que el corazón de la teología pentecostal no era otro que glorificar a Cristo, entonces entendí que el problema era el pentecostalismo, no el cristianismo pentecostal. Porque los primeros pentecostales no estaban interesados en ser pentecostales sino en ser, primeramente, mejores cristianos. Querían una iglesia dotada de todas las herramientas necesarias para una evangelización que alcanzara no tanto a “todas las naciones”, sino a todos los corazones que hay en ellas.

¿Cuál es la diferencia entre pentecostalismo y cristianismo pentecostal? Mi tesis es que el cristianismo pentecostal es cautivo del pentecostalismo. Si hoy vemos iglesias pentecostales predicando errores teológicos como el despreciable evangelio de la prosperidad, que demonizan al pobre, que prefieren la política corrupta en lugar del servicio al prójimo, que abusan de los carismas, eso es porque los pentecostales han olvidado que antes de ser pentecostales, son cristianos. Como dice el pastor Samuel Lee, es como si hubiese ocurrido un secuestro. Cuando perdemos el corazón cristiano, entonces simplemente nos queda el “pentecostalismo” como lo ven muchos hoy. Ese estereotipo de iglesias con excesos carismáticos, con pastores enriquecidos a los que la sociedad no tiene reparo en asociar con ganancias deshonestas, de personas que prefieren atacar al prójimo visceralmente antes que conocerlo, amarlo e invitarlo a conocer el amor de Dios, o de personas que simplemente votan como les ordena su autoridad religiosa.

Pero cuando retornamos a la herencia cristiana y recordamos que no somos el “más grande movimiento” cristiano del mundo, sino simplemente otro modo en el que Dios ha decidido mostrar su misericordia a nuestro mundo, entonces entendemos que debemos ser históricamente humildes. Es por eso que lo que criticamos es el pentecostalismo, no al cristianismo pentecostal. Y es por eso que quisiera proponer que usemos esta distinción conceptual a partir de ahora. Que dejemos de ser simplemente pentecostales. Que seamos cristianos pentecostales. Es necesario continuar criticando al pentecostalismo porque tiene que volver a ser más cristiano. Y esta generación está llamada a hacer esa crítica, pero no con soberbia e ira, sino con un corazón humilde, lleno del Espíritu y el amor de Dios.

Cuando los pentecostales sean más conscientes de su herencia cristiana; entiendan que su cultura local no es el evangelio; cuando Cristo deje de ser solo el nombre que usamos como muletilla para pedirle a Dios cosas conforme a nuestro corazón caído; entonces veremos cuán poderoso puede ser vivir vidas piadosas y serviciales; entonces veremos un movimiento restaurado. Entonces el mundo volverá a confiar en nosotros como servidores de Dios. Nos urge reconocernos como una parte más de la gran historia cristiana. Qué interesante es saber que en el caso de Chile al menos, en pleno avivamiento de 1909, Willis Hoover enseñaba los artículos de fe wesleyanos. Reserva de la más rica tradición de teología cristiana. ¿Cómo se explica la contradicción que hay entre este hecho histórico y el rechazo a la teología que hay aún en el presente entre pentecostales que vienen de la tradición de Valparaíso? ¿Qué se nos perdió en el camino? Y esto sin considerar que la recuperación de una consciencia cristiana va mucho más allá de la apropiación de una tradición teológica, sino también de una comprensión más acabada de lo que implicó el confesarse cristiano en los primeros días en términos sociales, culturales, etc. Hay mucho que explorar y recobrar.

Tengo una esperanza real de que hay una generación de pentecostales levantándose, que no quieren dejar sus iglesias, que creen verdaderamente en el poder transformador de Dios, que están dispuestos a servir al prójimo con honestidad y amor, y que no menosprecian el acervo teológico cristiano en nombre de una espiritualidad anti-intelectual. Esto es ser cristiano en una iglesia que practica los dones del Espíritu que transforman realidades espirituales y también sociales. Esto es ser cristiano pentecostal. Esta es mi esperanza: estamos en el tiempo de un nuevo movimiento cristiano pentecostal de renovación interna levantándose dentro de, y para servir en, las iglesias y congregaciones pentecostales.

*Editor responsable de PP.

1 COMENTARIO

  1. Creo que el pentecostalismo, como alcanzo a enterder en tu ensayo, en el cual metes en este saco a pentecostales clasicos. Neo pentecostales, carismaticos, extremistas o pentecostales talibanes, lamentablemente nunca se van a acabar. Es mas se van a ir polarisando y lejando mas unos de otros. Tal vez el pentecostalismo lleve a alguna clase de exesos. Tal vez los cristianos pentecostales como tu los defines, desmarcandose del resto y de los extremos se hagan cada vez menos pentecostales.

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