Por Elvis Castro Lagos*

Un problema que cobra prominencia en el mundo en los últimos años también se ha convertido en foco de discusiones en Chile: la inmigración; y aparejado con este complejo asunto viene otro más crudo: el racismo. Si bien en la última década Chile se ha convertido en destino de migrantes desde países como Venezuela, Colombia, y los países limítrofes, en el último par de años, la cuestión de la migración se ha vuelto más notoria con la llegada de los migrantes procedentes de Haití. De pronto la población chilena comenzó a encontrarse a diario con un gran número de personas con un color de piel y un idioma muy diferente a lo que estábamos acostumbrados, y no tardó en surgir la desconfianza, la suspicacia, la hostilidad: en suma, el racismo. Aquella postura prejuiciosa y caprichosa contra un grupo cultural distinto al cual se considera tanto inferior como rival.

Por su parte, muchas iglesias evangélicas se han convertido en lugares de acogida para un gran número de inmigrantes haitianos, de los cuales muchos se declaran evangélicos y por su cuenta se han acercado a las congregaciones locales. Actualmente hay iglesias donde se celebran cultos en creole dirigidos por los propios haitianos, los cuales se reúnen en gran número.

Ahora bien, aun cuando en general entre los evangélicos en Chile se percibe una actitud positiva hacia el inmigrante (pero también paternalista), debemos preguntarnos cómo responde este grupo religioso al desafío del racismo y, lo que es aún más serio, si los evangélicos somos o hemos manifestado ser racistas. Y la respuesta a esto último, lamentablemente, es afirmativa.

El problema del racismo en Chile —y de manera similar en Latinoamérica— no apareció espontáneamente con los recientes movimientos migratorios; es un problema unido a su historia. La moderna nación en cuanto tal se ha conformado en una tensión con los pueblos precolombinos. El pueblo chileno se ha configurado en parte por oposición a lo indígena. Quizá el caso más emblemático que perdura hasta el presente, y que personalmente he vivido de cerca en la Araucanía, es el de la pugna entre el Estado chileno y el pueblo mapuche. En este artículo quiero referirme a tres lugares o etapas donde he podido presenciar el racismo tanto en la sociedad en general como en la comunidad evangélica en particular.

En primer lugar, la hostilidad contra lo indígena se ha percibido en la zona rural, donde la pugna entre campesinos y mapuches tiene larga data. Muchos campesinos se instalaron o fueron instalados en el siglo XX en terrenos históricamente reclamados por comunidades indígenas, y la tensión era de esperarse. Ahora bien, hasta esta región también llegaron las iglesias evangélicas de diferentes denominaciones, y tanto campesinos como una buena cantidad de mapuches recibieron el evangelio. No obstante, la convivencia de ambos pueblos en el ambiente evangélico, si bien fue en general pacífica, y en muchos casos muy armónica, no siempre ha sido de completa aceptación, y la animadversión no ha estado ausente. Hasta hoy es posible escuchar entre evangélicos un discurso despectivo y resentido hacia los mapuches en general, con vaguedades como «los mapuches son complicados» o «a los mapuches les regalan todo». Hace un par de generaciones, sin embargo, no era difícil encontrar a personas que, aun aceptando a indígenas como hermanos en la fe, se oponían rotundamente, por ejemplo, a emparentarse con mapuches a través de un matrimonio chileno-mapuche, y esto solo por prejuicio. Sin duda, desde la perspectiva del evangelio, esto es completamente repudiable.

Ahora bien, a favor de muchos chilenos evangélicos hay que decir que, aun cuando tenían un discurso opuesto a lo indígena, en los hechos sí fueron capaces de servir espiritual y materialmente al vecino mapuche aun cuando estos no siempre estuvieron dispuestos a devolver el favor. Es decir, si bien existió una oposición general más abstracta, ha estado la disposición de servir al otro concreto e inmediato pese a las diferencias.

En un contexto más urbano, el discurso antiindígena que se puede percibir tiene relación con cuestiones de territorio y explotación de recursos. Se tiene la percepción de que «los mapuches son flojos», no aprovechan la tierra y se oponen al desarrollo y el progreso económico; en consecuencia, sería legítimo usar sus territorios.

Aquí también las iglesias evangélicas han tendido a desestimar las peticiones de devolución de territorios, o al menos no se han pronunciado a favor de estas reivindicaciones, y tan solo han abogado por el orden y la paz (entendidos cívicamente). Pero esto se ha agudizado desde el momento en que algunas iglesias se han visto directamente afectadas. En el último par de años, cuando varias capillas católicas y algunos templos evangélicos resultaron quemados presuntamente por grupos radicales dentro del pueblo mapuche, las iglesias evangélicas prácticamente definieron su postura, y muchos estaban dispuestos a aceptar el uso de fuerzas militares para controlar a grupos y comunidades mapuche.

Probablemente cualquier chileno evangélico de la región negará ser racista y afirmará su respeto hacia las personas indígenas, pero ciertamente muchos desestimarán sus reclamos de territorio y reconocimiento, y negarán la legitimidad de su causa por ser un problema «del pasado» respecto al cual supuestamente en la actualidad no tenemos ninguna injerencia.

Una tercera forma de racismo, esta vez una forma más propia de los cristianos (o de cualquier religión, si vamos al caso), y por tanto un racismo en que incurren los evangélicos, es lo que se podría calificar racismo religioso. Esto consiste en la renuencia a aceptar como hermanos en igualdad de condiciones a personas de otro grupo cultural o étnico, ya sea por la mera diferencia como tal, o porque presuntamente el otro está en un nivel espiritual inferior a causa de sus prácticas culturales. En el artículo «Espíritu de segregación» de Peter Leithart publicado en este blog, el autor reseña el caso de líderes blancos del movimiento pentecostal inicial que se negaban a tener comunión con cristianos negros, al parecer por considerar que la ascendencia de esta raza era más pagana que la raza blanca.

Este detestable colmo del racismo religioso entre hermanos en Cristo quizá no sea tan evidente en nuestro contexto, pero no por eso está menos latente. Puede acontecer entre denominaciones de diferentes grupos sociales o culturales, en las que sus miembros ridiculizan las formas (estilo) de adoración del otro grupo y las consideran menos «sagradas». Las iglesias indígenas usan poco su idioma, menos aún sus formas musicales, en la adoración, porque quizá en algún momento se les hizo sentir que sus expresiones eran menos espirituales.

Pero esta forma de racismo es bastante evidente en nuestra evaluación de otros grupos culturales como un todo. El evangélico puede considerar que la cultura mapuche es más pagana que, por ejemplo, la cultura chilena, y por lo tanto, este pueblo está más alejado de Dios, más «perdido», y su cosmovisión es inferior. El evangélico rehúye a la gitana porque quizá esta quiera leerle la mano y lo maldiga. Hace algunos años, era común escuchar que la raza negra era descendiente de Cam, el hijo maldecido de Noé. Este tipo de actitudes y posturas solo se basan en prejuicios y desconocimiento (tanto del otro como de la propia fe), y como tal, provocan una absurda separación cultural.

En el escenario actual de nuestro país, entre el conflicto con los pueblos indígenas y el asunto de la inmigración, como cristianos evangélicos estamos frente a un desafío que nos obliga a encarnar lo que realmente somos en tanto representantes del reino de Dios. No es una obligación legalista, sino lógica, por todo lo que implica pertenecer a ese reino. La respuesta escritural al racismo religioso es suficiente para disolver cualquier forma de racismo. Aquella segregación sagrada es lo que el mismo Leithart en otro lugar denomina galataísmo, el problema de la iglesia de Galacia de volver a los «elementos o principios del mundo», es decir, a las distinciones y clasificaciones temporales de lo sagrado y lo profano, lo puro y lo impuro, anteriores a la encarnación de Cristo[1]. Este tipo de distinción separaba al pueblo de Israel de todos los demás pueblos, pero con la venida de Cristo, esa división desaparece, Cristo crea un solo pueblo y todos tienen el mismo acceso a Dios por medio de él.

En consecuencia, ningún grupo cultural o étnico tiene ventaja o desventaja espiritual respecto a otro, porque Jesucristo quiere redimirlos a todos. Nuestra cultura latina mestiza no es moral ni espiritualmente superior a la cultura mapuche o la afrodescendiente. Aun cuando hubiera pueblos descendientes de antiguos personajes maldecidos, en Cristo eso ya no importa en absoluto. Aun los pueblos que pudieran tener las prácticas que nos parezcan más paganas, están en la misma necesidad del evangelio que nosotros.

Bueno, pero quizá mientras estos grupos no vengan al reino de Dios siguen estando excluidos y están en una condición espiritual distinta a la de quienes tenemos el evangelio. De acuerdo. Pero precisamente pertenecer al reino implica vivir anticipando ese reino, entre cuyos valores está la justicia, la paz, la reconciliación de todos los pueblos. Esta demostración de la vida del reino no puede dirigirse solo a los que ya pertenecen a él, sino también a los que aún no entran. Es por ello que como evangélicos estamos desafiados a acoger a la gran cantidad de inmigrantes y refugiados que no llegan precisamente buscando un más alto estándar de vida, sino que en muchos casos están luchando por su subsistencia básica. La compasión del reino nos obliga. Asimismo, la justicia del reino nos debe hacer pensar de otra forma en el conflicto indígena. No es cierto que los problemas de territorio sean un asunto del pasado que se deba olvidar, por una razón muy simple: todo lo bueno de lo que podamos disfrutar hoy, por caso, en la Araucanía, así como en el país, lo debemos a que en algún momento del pasado —no tan lejano— nuestros antecesores ocuparon el territorio y lo aprovecharon. Eso nos hace responsables.

Por último, el reconocimiento del valor de otros grupos humanos culturales y étnicos puede ser muy provechoso y necesario en otro ámbito, que concierne tanto a nuestra propia cultura como a nuestra fe. Una cosmovisión distinta es capaz de interpelar nuestros propios supuestos y puntos ciegos. Aquellas culturas que pudieran parecernos más «perdidas» espiritualmente, pueden estar más cerca de la verdad de lo que pensamos. Si comparamos una cosmovisión como la mapuche con la occidental en general (distinguiéndola de su pasado cristiano), no es difícil ver puntos de mayor afinidad cristiana con la primera que con la última. El valor de la familia y la comunidad en la mirada mapuche en contraste con el individualismo occidental; el cuidado del ambiente y los recursos contra el consumismo y la explotación; la percepción espiritual del mundo contra el materialismo y el cientificismo. Por otra parte, cuando uno comienza a acercarse a los inmigrantes comienza a descubrir (lo que no debe extrañarnos) fortalezas que nosotros no tenemos, lo cual debe cuestionar nuestro paternalismo. Esto no significa idealizar a ninguna cultura en particular; solo trato de decir que necesitamos mostrar una mayor apertura y hospitalidad a la mirada del otro y estar dispuestos a aprender. Y todo esto porque la justicia y la compasión, la paz y la reconciliación del reino de Dios nos lo exigen.

*Traductor. Miembro de la Iglesia de Dios en Temuco, Chile.

1 COMENTARIO

  1. Este es un valiente llamado a no ser indiferentes con los Pueblos Originarios, en especial a la causa Mapuche (reivindicación de tierras y empoderamiento de su lengua y costumbres) y los inmigrantes, en tanto, el otro es distinto de uno pero ante todo, por el mero hecho de ser cristianos reflejamos la imagen de Dios aquí en la tierra; ello nos invita a acercar su Reino, su mensaje de reconciliación, y las buenas nuevas de la vida en plenitud, a toda raza, cultura y etnia, en lo posible en el idioma materno, la lengua de su corazón, aceptando sus diferencias y reconociendo su aporte a nuestras propias vidas.

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