Por Esteban Quiroz González*

Nadie ha sido ajeno al escándalo en el que las iglesias evangélicas están envueltas hoy por hoy en Chile, y que tiene su origen en una investigación reservada por la Fiscalía de Delitos de Alta Complejidad contra el Obispo de la Primera Iglesia Metodista Pentecostal (Jotabeche), Eduardo Durán Castro, por el abultado y rápido crecimiento de su patrimonio personal, donde se dio a conocer que él confesó que recibe al menos treinta millones de pesos mensuales por el (solo) concepto de diezmo (Matus, 2018).

Dicho escándalo tiene el efecto de ser demasiado amplio y demasiado acotado a la vez. Amplio por cuanto no es la realidad ni de todas las denominaciones evangélicas ni de todos los pastores en Chile que muchas veces pasan grandes penurias y escasez económica, generando un triste prejuicio en la opinión pública, y acotado porque el Obispo Durán no es el único que está en esa condición, pues existen otros pastores y obispos del pentecostalismo tanto autóctono como de exportación (incluído el neopentecostalismo y sectas como la Iglesia Universal del Reino de Dios “Pare de Sufrir”) que están también en una situación de enriquecimiento desproporcional de sus líderes. Es decir, si bien no es una cosa general, tampoco él es el único que se encuentra en esta estructura, sino varios otros líderes dentro del pentecostalismo. Aunque en este artículo me dedicaré solamente al pentecostalismo autóctono, esto es, el pentecostalismo iniciado por el avivamiento de 1909 en Chile, al alero del pastor estadounidense y de origen metodista Willis C. Hoover, y que podemos intentar calificar de manera muy amplia dentro de esas iglesias que tienen la costumbre de “dar tres gloria a Dios” en sus cultos (Lagos Schuffeneger, 2009, pág. 91). En ese sentido me referiré de forma indistinta a dichas iglesias, especialmente a las tres Metodistas Pentecostales (IMP) que por diversas razones se dividieron con posterioridad a la muerte del carismático y controvertido obispo Javier Vásquez Valencia: la IMP pública, la IMP privada, y la IMP de calle Jotabeche.

El obispo Durán ha evitado responder sobre la justificación ética, doctrinal y teológica para que él como Obispo de una iglesia gane un sueldo anual de al menos 360 millones de pesos, es decir, alrededor de 544.860 dólares, que es 104 veces el sueldo mínimo, y bastante más que el sueldo del presidente de Estados Unidos que gana 400.000 dólares como mandatario del país más rico del mundo (BBC News, 2018), o más que el Presidente Ejecutivo de Codelco, la cuprífera estatal más grande del mundo y que gana $313.382.576 anuales (piénsese que Codelco produjo ganancias en 2017 por MMUS$ 2.885). De hecho, el obispo Durán gana más que lo que gana el promedio de los gerentes generales de empresas que facturan más de 100 millónes de dólares, que en Chile alcanzó en 2018 los $176.400.000 millones anuales de sueldo para cada gerente (EMOL, 2018). Al respecto, el obispo Durán se ha refugiado diciendo -por medio de un vídeo subido en redes sociales- que todo esto se trata de simple persecución por el evangelio “originada en su posición valórica”.

Evidentemente, la situación está lejos de ser así, pues la razón del cuestionamiento tiene que ver con algo mucho más esencial y es que para ser una voz política, que es lo que él ha intentado hacer vía activismo “valórico” , para ser una voz moral, se requiere tener moral, en lenguaje del evangelio, si uno quiere hablar de la paja en el ojo ajeno, debe mirar su viga (Lucas 6:42). Cualquier persona que quiera hacer crítica política y ética debe saber que también se la harán a él, debe saber que será escrutado, analizado y estudiado en lo que hace, y si tiene algo reprochable se lo van a hacer ver con mucha fuerza.

Es por esa razón que él, aunque no es el único religioso que se enriquece con la iglesia, es el único en el escrutinio y escándalo público por cuanto ha incursionado directamente en política, siendo una de las caras más visibles de la incursión “evangélica-conservadora” en esta área, especialmente durante la reciente elección presidencial y legislativa de 2017 (Mansilla, Orellana, & Panotto, 2019, pág. 195), y es la razón por la cual no todos los religiosos que hacen política como él están bajo ese ataque: porque los demás no tienen esa debilidad manifiesta contraria a los valores del quehacer democrático (y cristiano, por cierto) cual es generar un abultadísimo e injustificado patrimonio producto de su trabajo como religioso. Durán no es el único religioso que tiene una posición “valórica conservadora” y que cuenta con cobertura mediática (existen otros como el obispo anglicano Alfred Cooper, por ejemplo), si las cosas fueran como él dice, todos estarían bajo ataques calumniosos, pero solo él está bajo ataque, pues es él quien posee esta falencia de un patrimonio extrañamente enorme para un religioso y que él ha confirmado con la revelación de su sueldo, lo que ya no es una acusación, sino un hecho admitido.

Es decir, si cualquier otro religioso con activismo político tuviera esa debilidad o el mismo tuviera cualquier otra debilidad, se la harían ver, porque las reglas de la política democrática implican sujetarse a sus supuestos: probidad, transparencia, servicio, intachabilidad, responsabilidad (accountability). La crítica ética y moral es consustancial a la política, de manera que no importa si la revelación de una falta ética tiene como propósito deslegitimar al adversario -esa es una obviedad en política- lo que importa es que dicha falta ética sea real y que el atacado sea capaz de desmentirla. En este caso, él no ha dado una explicación del sentido moral y cristiano de ganar 30 millones mensuales como religioso a costa de donaciones de gente humilde, y, por lo tanto, su respuesta es no solo impopular sino insuficiente.

Ahora bien, fuera de ese análisis y fuera de lo mucho que podría hacer el Estado para hacer cumplir la “ley de culto” que prohíbe que las personas jurídicas religiosas tengan fines de lucro (artículo 9 ley 19.638), además de establecer un marco regulatorio con elementos mínimos de probidad y transparencia, cabe preguntarse algunas cosas orientadas hacia el asunto eclesiástico y son: ¿cuál es la estructura eclesiástica que permite esta situación? ¿Cómo es que llegamos a ese estado de cosas? ¿Cuáles son los efectos eclesiales de esta situación? ¿Por qué hay congregaciones que lo siguen permitiendo? ¿Qué podríamos hacer desde dentro para desarmarlo?

¿Cuál es la estructura eclesiástica que permite esta situación?

La estructura con la que funcionan las iglesias como la Durán es muy sencilla: en sus iglesias no existe la obligación de dar transparencia a los bienes y dineros que la iglesia tanto local como a nivel corporativo adquiere o administra, tampoco una limitación sobre en qué pueden usarse o gastarse. No solo eso, la administración de los dineros y de los bienes están entregados por estatuto y por costumbre en forma exclusiva al pastor en la iglesia local, es él quien determina qué se hace con ellos y qué no, y nadie tiene control, auditoría o cuenta que pedir a dicho ministro.

Así, no solo los diezmos son de libre disposición al pastor, sino también las ofrendas y todos los bienes. A eso debe sumarse que muchos hermanos, empujados y alentados muchas veces por las autoridades intermedias y sus predicaciones, dan además regalos, primicias (levíticas), y ofrendas especiales de cumpleaños a los pastores. Esto significa que el hecho de que los hermanos diezmen o no tampoco es relevante para la posibilidad de enriquecimiento que se tiene, pues basta con que ofrenden para que dicho dinero pase directamente a la libre disposición del pastor. Por eso muchas veces dirán “en realidad los que diezman son una minoría” y razón tienen. Sin embargo esto no perjudica al sistema, solamente disminuye el ingreso potencial, pues los que no diezman sí ofrendan dinero e incluso ofrendan trabajo para conseguir dinero (ventas de comida, por ejemplo), lo que no es poco. Es más, cuando la iglesia alcanza un tamaño considerable, el capital se hace elevado por acumulación, siendo indiferente si la gente da o no un porcentaje elevado de sus recursos, con tal que den o trabajen.

El pastor puede usar y disponer de todo, puede contratar a quien quiera sin dar cuenta alguna, incluso y muchas veces contrata a miembros de su familia fijando sueldos a discreción sin que existan reparos. Los tesoreros no son personas que tengan la responsabilidad de auditar el dinero, solamente cuentan, entregan y pagan recibiendo órdenes. Son personas de confianza del pastor, nombrados por él, y no tiene voz sobre esto. Los pastores bajo este sistema normalmente nombrarán a algún familiar cercano para ese cargo, sea hijo, yerno, hermano, o pariente, quien vigilará este asunto. Es por eso que en la práctica no existirá diferencia contable entre el pastor y su familia y la iglesia, son una extensión de una misma cosa.

¿Cómo es que llegamos a ese estado de cosas?

No siempre fue así esta situación, en el inicio de las iglesias pentecostales, con la fundación de la Iglesia Metodista Pentecostal, el pastor metodista Willis C. Hoover, siguiendo la costumbre wesleyana, dejaba la administración económica a los oficiales (diáconos), encargándose él de lo espiritual solamente, y se determinaba para él un sueldo fijo (Hoover, 1927), no existía esa relación de libre administración incuestionable de los dineros y bienes por parte del pastor.

Con la independencia de su movimiento de la Iglesia Metodista Episcopal, que a la vez era dependiente del extranjero, y sobre todo con la posterior expulsión del propio Hoover de la Iglesia Metodista Pentecostal por él fundada, la iglesia ya no tiene necesidad de rendir cuentas a nadie, perdiendo este deber y práctica, y dada su precariedad económica, tampoco hay mucho por rendir, por lo cual esto desaparece sin problemas (Lalive d’Epinay, 2009, págs. 124-125). Con el tiempo, y con el crecimiento explosivo y después sostenido en número, además de la carente reflexión teológica dentro de la Iglesia y otros elementos de carácter autoritario de la idiosincrasia chilena campestre que coloniza la iglesia (Lalive d’Epinay, 2009, pág. 115), se genera esta perversión del sistema que perdura hasta hoy (Orellana Urtubia, 2008, pág. 156). Sin embargo, esta situación es el resultado de una evolución lenta, pero que parte con el superintendente y luego denominado Obispo Manuel Umaña (Lalive d’Epinay, 2009, pág. 144) y es perfeccionada después por los que le reemplazan. La otra iglesia fundada por Hoover, la Iglesia Evangélica Pentecostal, copiará ese sistema más tarde, pero lo implementará de igual forma (Iglesia Evangélica Pentecostal, 2000).

¿Cuáles son los efectos eclesiales de esta situación?

Toda esta situación implica un efecto sencillo a nivel general y que define -a mi juicio- toda la estructura, problemas y debilidades de las iglesias pentecostales autóctonas actuales: el ingreso del pastor es directamente proporcional al tamaño de la iglesia, si la iglesia es grande y/o crece, el pastor estará económicamente bien (o grotescamente bien), si es pequeña, no crece o disminuye su crecimiento, no dará sustento y/o registrará “pérdidas”. Como el bono por venta de un vendedor de seguros, el crecimiento numérico de las iglesias pentecostales se “mercantiliza”, haciendo de su número una verdadera mercadería, una especie de incentivo productivo a nivel religioso/proselitista.

Esto deviene en muchos efectos derivados que suelen observarse en mayor o menor medida dentro de estas iglesias, aunque obviamente tiene variantes:

En primer lugar, implicará que dentro de una misma denominación habrá pastores de iglesias pequeñas que pasarán grandes penas económicas, y habrá otros que podrán ganar más que el Presidente de un país, serán “pymes” y “transnacionales” dentro de una misma persona jurídica, y salvo la mera buena voluntad de un pastor “masivo” que ayude al pequeño, no habrá cobertura institucional para él y su trabajo. Así, la condición económica de pastores de una misma denominación pentecostal con esta estructura puede ser extraordinariamente dispar y en sí injusta considerando que hay igual trabajo, incluso muchas veces hay más trabajo en el pastor pequeño por estar comenzando. Es la legitimación estructural de la desigualdad social entre ministros.

El segundo efecto es la acumulación numérica, las iglesias bajo esta estructura no solo no ponen límite a su crecimiento local hasta transformarse en “mega iglesias” sino que acumulan en torno a un solo pastorado un buen número de “locales o clases” repartidas en su zona geográfica y en lo posible más allá, y aunque dichos locales o clases sean ya lo suficientemente grandes, incluso tan grandes como para requerir de nuevos pastores, el pastor principal se negará lo más posible a hacer esto, pues significará una pérdida notable en sus abultadas entradas. La negativa a ello será constante pues los “locales y clases” están “gravados” con cuotas y metas económicas muchas veces bastante altas, de forma tal que éstas cargarán con la iglesia central más grande y no al revés.

El tercer efecto es la notable calidad cismática de esas iglesias cuando son grandes en número, pues con tal de adquirir o no perder la calidad de pastor u obispo dentro de una iglesia grande, el cisma se produce constantemente pues dicha posición es muy codiciada mientras la posición de pastor de iglesia pequeña o naciente no lo es. A la muerte de un pastor u obispo, la iglesia se dividirá, porque muchos se pelearán el capital religioso, la cartera de clientes en términos fríos y duros. Asimismo, la crítica al rebelde a la autoridad o a quien pudiera generar un cisma es constante y dura, representada como una verdadera maldición, aunque muchas veces se ocultará que la mayoría de las iglesias pentecostales nacieron de un cisma y de una rebelión del líder (Lalive d’Epinay, 2009, pág. 142) que ahora demanda sumisión y no rebelión so pena del castigo divino. Asimismo, se sancionará duramente la “militancia” en organizaciones religiosas que no sean la propia, y se satanizará duramente al que se cambia de iglesia con toda clase de maldiciones espirituales, lo que permite asegurar el capital económico-religioso.

El cuarto efecto es que habrá énfasis central y casi único en el solo crecimiento numérico y de infraestructura, el primero para no perder sino aumentar las entradas, el segundo para reforzar el primero y para justificar la demanda económica de la iglesia. Su rendición de cuentas, carente de detalles contables, será simplemente la visible presencia de nuevos y más grandes templos, lo que tranquiliazará a los fieles sobre esto, pero que en todo caso son construidos con donativos adicionales a los normales y con la fuerte presencia de mano de obra voluntaria de la propia congregación. La construcción y ampliación de edificaciones se transforma así en un fin único y en sí y no en un medio, pues una vez que se termina una construcción o ampliación se empezará otra. Incluso a pesar si de por ello se adquiere deuda, pues en este contexto eclesial, mercantilizado y no transparente, eso puede ser una simple inversión a plazo recuperable. Se descartará así cualquier otra prioridad: tener un seminario y hacerlo requisito para ser pastor o hacerlo masivo al diaconado, poner énfasis serio en la teología e historia de la iglesia e identidad denominacional, crear colegios, tener fundaciones, realizar obra social y de misericordia en forma permanente, institucional y sistemática de acuerdo al evangelio. Todo ello se descarta o se minimiza totalmente, mutilando la labor y misión hacia la “sola alma” (que es un número que se integra a la iglesia y aporta) y no sobre la “calidad de vida de dicha alma” y sus inquietantes y profundas dudas espirituales. Crecer en número es lo importante, ya habrá tiempo para lo demás, que rara vez llega. El fervor evangelistico nace desde la autoridad y se mantiene constante, para bien de la difusión de un mensaje que se cree salvífico y justificado por ello, pero también por la mercantilidad del crecimiento en su estructura eclesiastica, el “buen” incentivo que hay en la relación miembro/dinero personal pastoral disponible. Evidentemente dicha mutilación teológica y práctica emanada de esta estructura también incide en las preocupaciones ideológicas y políticas de la iglesia, omitiéndose al máximo cualquier preocupación por las condiciones materiales de existencia de la gente tanto dentro como fuera de la iglesia.

El quinto efecto de la confusión entre la iglesia y la familia pastoral es que con fin de mantener la fuente de ingreso familiar, el pastor hará lo posible por asegurarse que la calidad de pastor quede radicada en alguno de sus hijos o yernos (Mansilla M. Á., 2016, pág. 384). Siempre los mantendrá cerca de sí como autoridades, y llegado en el momento les dará el cargo de Primer Oficial o primer ayudante que los ponga en condiciones sociorreligiosas de ser llamados sucesores, la condición especial y superior que se otorga a la familia pastoral ayudará mucho en esto de cara a la congregación.

¿Por qué hay congregaciones que lo siguen permitiendo?

Para poder mantener dicha estructura de administración se requiere algo muy evidente: si la iglesia es el pastor y el pastor es la iglesia, es él quien determina a todas las autoridades que pueden cuestionarlo, los diáconos, tesoreros, encargados de voluntarios (hombres), dorcas (mujeres), jóvenes y todo grupo están sujetos a la designación del Pastor, nadie puede así cuestionarlo sin perder su cargo y por ende la codiciada calidad de líder espiritual: el miedo a perder el cargo religioso es una garantía muy fuerte, y el que lo ignore pagará con su posibilidad de liderar y enseñar, es decir, su legitimidad religiosa.

Asimismo, se utilizará un discurso que refuerce el sinónimo entre el pastor y la iglesia, así siempre que se haga una actividad se agradecerá al pastor aunque sea por “permitirles hacerla”, siempre que consigan algo, como por ejemplo una nueva construcción o ampliación del templo, dirán “el pastor construyó o compró esto”, aunque en realidad lo haya construido el trabajo de toda la iglesia y se haya pagado con la donación de la iglesia. Se invisibilizará a los constructores y organizadores intermedios de las actividades, y se redirigirá todo hacia el pastor, obteniendo centralidad máxima, se le legitimará siempre, de forma tal que incluso cuando se visita o se ayuda a alguien, se ordenará decir que “el pastor nos envió y mandó saludos”, aunque no sea cierto. De hecho en los nombramientos de los cargos se dirá “el Señor me mandó a trabajar allá”, cuando en realidad fue la sola designación pastoral sin mediación alguna de ningún otro ente, aquello se relaciona obviamente con la fe en la providencia divina, pero también con la igualación que se da al pastor con la iglesia e incluso con Dios mismo. En este tipo de iglesias, todo es variable en cuanto a cargos, todos son prescindibles, menos el propio pastor, que es prácticamente inamovible por la iglesia local. También se hará lo posible para reforzar la calidad especial de la familia pastoral y del pastor, con toda clase de atenciones especiales y relevantes, asientos especiales, comida especial, lugares especiales, además de sumisión religiosa, muy marcada en el uso obligatorio y general de la voz “mi Pastor”, como “mi teniente”, “mi coronel”, una imitación de tipo castrense que refleja sujeción, horizontalidad, autoridad e incuestionabilidad, además de otros nombres grandilocuentes como “papito”, “ángel de la iglesia”, etc.

Otra forma de mantener esta situación es “el núcleo duro”, esto es, aquellos hermanos que se han visto beneficiados por la obra pastoral, lo que incluye posibles ayudas económicas o designación en cargos de liderazgo. Bajo este sistema, en el que hay un discurso en que la iglesia es el pastor y el pastor la iglesia, el “ayudado” piensa que es la generosidad personal del pastor la que le ha regalado algo, aunque es en realidad un donativo que proviene de los dineros de la iglesia. Adicionalmente, como no hay transparencia, un donativo más o menos importante puede verse relevante y generoso, sin embargo, muchas veces representa un porcentaje muy escaso o bajo del capital total. Con esto se consigue defensores acérrimos en el marco de una relación no transparente en lo económico y por ende viciada. Otra justificación que se dará para la falta de transparencia será descontextualizar los pasajes de la Escritura para decir: “yo no publico los donativos que hago, porque “no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”, pero le garantizo que en eso uso los dineros, incluso me empobrezco, por eso no lo transparento”, aunque la transparencia no es la publicidad de donativos hacia personas específicas sino la honestidad y claridad en su uso, de forma tal que mientras ésta no exista, la apelación a un supuesto uso secreto pero razonable e incluso al empobrecimiento no será sustentable.

Además de la predicación de la incuestionabiliad del pastor, caracterizando al que cuestiona como aquel que “toca al siervo ungido del Señor (Salmo 105:15)”, descontextualizando pasajes del Antiguo Testamento que en realidad llamaban a no matar a los profetas, y no a algo así como hacer incuestionables o infalibles a los pastores o autoridades eclesiásticas (1 Pedro 5:3, Hebreos 13:7) haciendo del pastor un “Papa local”, otros elementos para mantener esta estructura serán por una parte hacer del tema uno “tabú” o dar justificaciones teológicas que siempre omitirán los mandamientos bíblicos sobre la ofrenda o el pecado de tener amor por el dinero a través de dejar el asunto al solo juicio de Dios: “si usted estima que él peca, Dios lo juzgará, será Dios quien le pida cuenta, yo cumplo con mi deber de ofrendar y diezmar y nada más”. En ese sentido no existe el rigor bíblico que los evangélicos suelen exigir al querer sujetar todo a la Escritura, pues ésta demanda que la ofrenda se utilice con honestidad ante Dios y las personas (2 de Corintios 8:20-21), eliminando y luchando contra cualquier murmuración que afecte el mensaje de salvación (1° de Corintios 10:32-33) y con el propósito de lograr igualdad (2 de Corintios 8:12-15), no como ganancia deshonesta (1 Pedro 5:2), ni para hacer mercadería de la fe (2 de Pedro 2:-3), no para hacerse rico, sino para ayudar a los necesitados (Deuteronomio 15:11, Marcos 14:7). Por esta razón se satanizará también el conocimiento, tanto de las Escrituras como de la eclesiología, pues ellas llevarán a notar y criticar este asunto, y también se criticará duramente a los universitarios que comienzan a utilizar su conocimiento para “cuestionar o modificar a la iglesia” . Así, la doctrina oficial será pensar que una vez que se entrega el dinero en el ofrendero o se pagan los diezmos, el dinero ha sido “entregado al Señor”, y lo que pase con él Dios lo verá, en lugar de reparar en que no ha sido entregado a Dios mismo sino a una institución que tiene el deber de administrarlo de acuerdo a lo que el evangelio ordena, esto es, ser utilizado por la iglesia para fines específicos y bajo reglas, valores y principios que imponen que, al menos, nadie haga uso personal de los mismos, mercantilizando a los creyentes y “metiendo la manos en la bolsa” que está destinada a los pobres (Juan 12:6).

Conclusión: ¿Qué podríamos hacer desde dentro para desarmarlo?

La solución más obvia es una modificación estatutaria que elimine la “mercantilización del crecimiento pentecostal”, esto es, que fije un sueldo razonable y fijo a cada pastor, ya desde la iglesia local o como desde una administración central que conecte a cada iglesia local en el país afiliada a la denominación, aportando todos a los sueldos de los pastores de iglesias pequeñas y grandes (trabajo conexional de acuerdo con la doctrina Metodista), y no un sistema de sueldo variable en relación al tamaño numérico de la iglesia local que haga de los miembros un activo económico, lo que implica “volver a la senda antigua del pentecostalismo”, además de la debida transparencia y rendición de cuentas de los dineros de la iglesia local a sus miembros, que es lo que hacen la mayoría de las iglesias evangélicas históricas.

Con esta sencilla modificación disminuirían notablemente los elementos cismáticos, las pugnas de poder, el engorde numérico de congregaciones en torno a un solo pastor, la pobreza de pastores que inician su ministerio, se diversificarían los pastorados y se nombraría pastor a los verdaderos artífices del crecimiento y cuidado eclesial pentecostal cuales son los diáconos y predicadores, iniciando también una etapa en que cada local podrá ocuparse de sus problemas locales e impactar en la comunidad en lugar de estar “gravada” por una iglesia central, se abriría una era de vocación pastoral real y la posibilidad de establecer como requisito su preparación ministerial y teológica, y los recursos y energías de la iglesia podrían dedicarse no solo a la evangelización sino también a la obra social y de justicia que demanda su misión en la tierra, además de la reflexión teológica en sí. Sería sin lugar a duda la solución de raíz de la mayoría de los males y debilidades dentro del pentecostalismo chileno (1 de Timoteo 6:10). Evidentemente, esto que suena tan fácil está en manos de los pastores que son precisamente quienes se benefician de su perversión, de manera que es difícil esperar que esto suceda.

Otra alternativa es simplemente exhortar este cambio en forma paciente y valiente, ser una voz en el desierto o atreverse incluso a “sabotear” el sistema ofrendando muy poco o dejar de hacerlo hasta que el sistema de ofrenda, diezmo y donación sea bíblico, ético y razonable, lo que sería un verdadero avivamiento dentro de estas iglesias. Asimismo, se debería intentar eliminar las garantías de este sistema, realizando crítica teológica a las doctrinas que erradamente lo defienden, ofreciendo además empoderar al diaconado y a los hermanos de base que sirven de forma desinteresada a fin de que se trate con mayor centralidad a Cristo en la congregación y no solamente a la figura viril del pastor. Una era de laicos asociados, fuertes, valientes, respetuosos pero elocuentes también podría iniciar para comenzar una verdadera reforma en el pentecostalismo criollo, que la encamine nuevamente a ser una reforma refrescante de los marginales del protestantismo histórico, aunque por supuesto que la migración a una iglesia de mayor sanidad financiera y eclesiológica siempre está en la mano de quien ve este problema y no quiere ser parte de él, fenómenos que ya estamos observando.

*Abogado, Universidad de Chile, ex miembro y profesor de la Iglesia Metodista Pentecostal de Chile (pública) en Maipú, actualmente miembro probando de la Iglesia Metodista de Chile. Agradezco los valiosos comentarios de Benjamín Quintana Oviedo.

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Bibliografía

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