Eleonora Espinoza Hernández*

 

Soy mujer

Soy mamá

Soy esposa

Soy hija de pastor

Soy evangélica pentecostal y, como tal, me atrevo a escribir con propiedad acerca de cómo he visto el rol de la mujer pentecostal desde dentro de la iglesia. Y lo hago porque me parece necesario y justo entregar una mirada distinta de aquellas voces que se escuchan diciendo que en la iglesia pentecostal se oprime y reprime a las mujeres. Estoy cansada de escuchar a algunas mujeres y líderes “evangélicas” promover los gritos de aquellas que llevan una consigna en contra del “patriarcado”, para hacernos creer que necesitamos una voz que nos defienda y hacernos pensar -entre otras cosas- que podemos hacer con nuestros cuerpos lo que queramos porque somos dueñas de él, olvidándose que somos templo del Espíritu Santo. Mujeres que creen que deben defendernos, y me pregunto… ¿Defendernos de qué? ¿Defendernos de quién?

nonaPara darle contexto testimonial a este escrito, quiero decir que nací en una iglesia evangélica, ¡literal! Nací y crecí en la iglesia evangélica. Si, pasé por todo eso de “dormir en las bancas”, “tocar el pandero”, “ir a la escuela dominical”, “predicar en el punto a la calle”… ¡todo eso! Experiencia maravillosa que formó mi vida y a la que debo lo que soy hoy día. Cuando tenía 5 años, manifesté mi primer acto de rebeldía, el jefe de coro de ese entonces (quién era el pastor y también mi padre) muy estricto él- toma las riendas del departamento de coro y dice con su grave voz: “Desde ahora pondremos disciplina en el departamento de coro. Si hay alguien que quiera renunciar, ¡que lo haga ahora mismo!”, y agrega… “nos quedaremos con los que realmente quieran servir al Señor en el coro”. Y adivinen qué… Fui la primera (y única, por cierto) en levantar la mano y renunciar al coro.

Frente a ese episodio, el pastor no tuvo más que decir: bueno hermana, tome su pandero y váyase. Fue la primera vez que me di cuenta que nadie me obligaría a estar en un lugar que no quería estar (confieso que al par de meses ya me había arrepentido) ¡pero en ese momento me sentí bien! Sentí que tenía la libertad de decidir acerca de lo que yo quería hacer. Nadie dijo: los hombres pueden decidir, las mujeres se quedan; la pregunta no fue sólo para los hombres sino para cualquiera que estuviera presente ahí. Hombres y mujeres por igual.

Desde esa edad que he tenido conciencia de libertad en la iglesia, y no solo yo. La mujer en la iglesia tiene libertad. ¡Cristo mismo nos hizo libres!  Nos hizo mujeres libres, con decisión, con voz, con opinión. ¿O acaso a alguna mujer se le impide opinar dentro de la congregación? ¿O acaso a alguna mujer se le impide predicar? ¿Pararse detrás de un púlpito? ¿Orar por los enfermos? ¿Dirigir algún departamento? Al menos en la que yo asisto, no. Y cuando digo pararse detrás de un púlpito lo digo en serio, no detrás de una mesita puesta abajo por “no ser dignas”, ¡NO! Me refiero a ocupar el púlpito, el mismo púlpito que usa el Pastor. Ahí arriba, donde toda la congregación pueda verla y escuchar una palabra de Dios, de la boca de una mujer, de una sierva de Dios. Y me atrevería a decir que es así en la mayoría de las iglesias evangélicas pentecostales. No tenemos que pedir permiso, ¡somos libres! Somos respetadas, somos honradas.

Son innumerables las veces que he escuchado a mi madre predicar desde el púlpito, ¡una mujer llena del Espíritu Santo! Tuve maestras de escuela dominical que me enseñaron lecciones que llevo conmigo hasta ahora. Cuando pienso en la escuela dominical, no pienso en un profesor, pienso en la Bertita, una tremenda mujer, de baja estatura, que me enseñó a amar a Jesús y nos enseñó a muchas de mi generación a predicarle a otros del evangelio y de un Jesús amoroso, que ama, perdona y nos trata a todos por igual, hombres y mujeres. Pienso en las diaconisas de la iglesia, mujeres poderosas, que nunca se cansaban de trabajar para el Señor. Y esto no está pasando recién, no es producto de la efervescencia del feminismo, esto ha estado pasando desde hace más de 30 años atrás.

Me encanta leer en las Escrituras a un Jesús que buscaba la igualdad y que siempre buscó resaltar el rol de la mujer. Aquella vez cuando descubren a la mujer en el acto de adulterio, y correspondía -según la ley- apedrearla, (Juan 7:53); sin embargo, Jesús les dice esa gran palabra que hasta hoy muchos utilizamos para referirnos a que no debemos juzgar: “el que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”. Qué fue eso sino ponerse del lado de la mujer, abrazarla, decirle, no te preocupes, ni yo te condeno. ¡La libró de la muerte!  Y no era feminista.

Desde siempre hemos sido importantes, desde siempre hemos sido protagonistas. ¿Acaso no fue una mujer la primera que encontró la tumba vacía? ¿Acaso no fue una mujer la que derramó el mejor perfume a los pies de Jesús? ¿Acaso no fue una mujer la que dio todo lo que tenía? ¿Acaso no fue una mujer la que intercedió por su pueblo para que éste fuese liberado? La historia no sería la misma sin María, sin Marta, sin Ruth, sin Ester y tantas otras mujeres increíbles. Crecí escuchando prédicas acerca de estas tremendas mujeres, crecí aprendiendo que nosotras somos vaso frágil, no porque seamos débiles, sino porque somos de un gran valor y como tal debemos ser respetadas, honradas y amadas.

No me dejaré seducir por estas nuevas corrientes progresistas, que pretenden pisotear el rol del hombre y menoscabar el sacerdocio que ellos ejercen en el hogar, menospreciando su valor, haciéndolo sentir que su protagonismo se está extinguiendo. Tanto ellos como nosotras somos importantes. Somos muchas las mujeres, evangélicas, profesionales, mamás, pentecostales que nos sentimos una ayuda idónea, y nos bendice serlo. Que creemos que nuestros compañeros de vida son tan importantes en el hogar como nosotras, que el rol de padre y madre y la figura de cada uno de ellos en la familia son de tremenda importancia para el cimiento del hogar. Que traer hijos al mundo es una bendición, tal como una planta de olivo alrededor de una mesa. El feminismo nos vuelve cada vez más individualistas, alejándonos de los principios que el Señor nos dejó.

Cuánta honra se siente ser mujer; que dicha se siente amar a tu marido, serle fiel; que regalo ser mamá, trabajadora, y sobretodo, ¡hija de Dios!

Me parece maravilloso que podamos defender nuestros derechos y que podamos cada 8 de marzo conmemorar a aquellas mujeres valientes, luchadoras que se atrevieron a pelear por defender sus derechos y con ello los derechos de muchas otras mujeres que veníamos detrás. No puedo desconocer que es gracias a esa lucha que hoy tengo derecho a voto, gracias a ellas que abrieron el espacio para que hoy muchas mamás podamos trabajar y desarrollarnos profesionalmente. Gracias a tantas otras que alzaron su voz para que podamos amamantar libres y sin complejos. ¡Las bendigo y les agradezco! ¿Que aún falta? Por cierto que sí. También condeno la violencia hacia la mujer, estoy de acuerdo que aún debemos ocupar más espacios, ser más protagonistas, pero no perdamos de vista que cuando caemos en los extremos, podemos perdernos en el camino.

Mujer evangélica, te invito a caminar sin miedo, a caminar sin culpas, a caminar dichosa, sabiendo que el Señor está contigo, que Él es quien te defiende, quien te guía, que es el Dios de tu familia y el Dios de tu hogar.

Ama a tu esposo, así como él debe amarte a ti, porque ya Jesús lo dijo, el hombre que ama a su mujer se ama a si mismo. Efesios 5:25.

Lo que necesitamos no es más feminismo, lo que necesitamos es más evangelio.

*Administradora Pública, Universidad Central. Magíster en Gerencia y Políticas Pública Universidad Adolfo Ibáñez. Miembro de la Iglesia Cristiana Pentecostal.

1 COMENTARIO

  1. Hermosa reflexión…. me hizo recordar una liturgia especial en mi congregación en el Día de la Mujer… pero lamentablemente aun existen muchos sectores en nuestra sociedad que ven con lentes de prejuicio machista, haciendo horribles las fallas de las mujeres (e invisibilizando los errores de los hombres)… las estadísticas de femicidios son una clara prueba de ello…. Pero con más Evangelio todo esto se puede mejorar.

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