Por Jaime Mazurek*           

Con el reciente cambio de siglo, en el mundo Pentecostal/carismático latinoamericano se ha experimentado un gran fervor por la restauración de los oficios de apóstoles y profetas a la iglesia.

            Hay quienes afirman que la iglesia ha sufrido muchos retrasos en su misión por la falta de estos oficios y que el sistema de gobierno denominacional actual no sirve.  El nuevo paradigma que proponen es que las iglesias se asocien en redes, y que tales sean gobernadas por apóstoles y profetas.  Se propone al “ministerio quíntuple” de apóstol, profeta, evangelista, pastor y maestro como el equipo ministerial esencial para toda iglesia.

            Muchos ministros y creyentes han recibido a estas iniciativas con brazos abiertos, como una auténtica restauración del orden neotestamentario y una añorada respuesta a sentidas necesidades.  Pero, cabe preguntar si las bases de estas propuestas son sólidas y bíblicas.  ¿Será cierto que las iglesias del primer siglo se agrupaban en “redes apostólicas” y que como tales eran gobernadas por apóstoles?  ¿Es cierto que un “equipo ministerial quíntuple” realizaba la obra ministerial en cada congregación?

            Sin lugar a dudas, apóstoles y profetas cumplieron un rol vital, uno que no podría ser hecho por otros, en la iglesia primitiva.  Efesios 2:20 describe a la iglesia de Cristo como un edificio que se edifica sobre “el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo.”  En Efesios 3:5, Pablo describe el mensaje del evangelio de la gracia de Dios hacia los gentiles como un misterio que en ese tiempo había sido revelado a los santos apóstoles y profetas, por el Espíritu.  Ese rol fundacional y revelacional que cumplieron los apóstoles y profetas fue clave en la fundación de la iglesia.  Los apóstoles se extendieron por todo su mundo conocido, compartiendo el mensaje de salvación por gracia para todo el que creyere, confirmándolo con su propio testimonio de la resurrección de Cristo (Hch. 1:22; 2:32; 3:15; 4:33; 5:32; 10:39, 41; 13:31; 1 Jn 1:1).

            El derramamiento del Espíritu Santo en el día de Pentecostés fue el cumplimiento de la profecía de Joel 2:28, inaugurando la era del Espíritu, donde todos los hijos de Dios, sin importar su edad, género o estado social serían voces proféticas.  No cabe duda que seguimos en esa era.     

            Pero ¿qué hemos de pensar sobre el movimiento actual de restauración de apóstoles y profetas, con las particularidades que se les atribuyen?  Una breve comparación de las enseñanzas actuales con las Escrituras inspiradas nos puede ayudar a formar una opinión.

Sobre los apóstoles

            El restauracionismo apostólico actual enseña que las iglesias de hoy deben integrarse a las nuevas “redes apostólicas” y gozar de la “cobertura apostólica”. Sin embargo, el Nuevo Testamento no revela una situación acorde con eso.  No se ve a las iglesias existiendo en “redes apostólicas”. El gobierno de cada iglesia local residía en manos de ancianos y diáconos.  La iglesia de Jerusalén sí comenzó con liderazgo exclusivamente apostólico, pero esto fue cambiando con el tiempo, hasta quedar enteramente en manos de ancianos y diáconos (Hch. 21:18.)  Tampoco se ve en el Nuevo Testamento que algún apóstol haya ido a una iglesia fundada por otro, para invitarla a ingresar a su “red apostólica personal” para así gozar de su “cobertura”. Por lo contrario, se resistía cualquier posibilidad de semejante acción de edificar sobre fundamento ajeno (Rom. 15:20).

            Muchas iglesias fueron fundadas sin la presencia personal de un apóstol o delegado apostólico, pues los creyentes seguían generalmente las pautas de los judíos al establecer sinagogas en la diáspora (Hechos 8:1), cosa que tampoco requería la presencia del Sumo Sacerdote o algún funcionario del Gran Sanedrín.

            Hoy se enseña que el oficio del apóstol es algo permanente, y que nunca debió menguar.  Pero nada hay en el Nuevo Testamento que sugiere que se percibía al oficio del apóstol como algo permanente y trans-generacional. Hay amplia información sobre los criterios a aplicar en la selección de futuras generaciones de obispos, ancianos y diáconos (1 Tim. 3:1-13, etc.), pero nada sobre apóstoles. 

            Al ir extendiéndose la presencia de la iglesia por todo el imperio romano, no hubo ningún esfuerzo para aumentar el número de apóstoles para que cada iglesia pudiera gozar de la “cobertura personal” de alguno de ellos. Con la muerte de los apóstoles, al ir estos reduciéndose en número, tampoco hubo algún esfuerzo para reemplazarlos con nuevos apóstoles para mantener un mínimo de doce. Esto se debe al hecho que se comprendía que los verdaderos apóstoles fueron los testigos de la resurrección de Cristo (entre los cuales Pablo se consideraba uno, aunque de modo excepcional y final – I Cor. 15:3-9), enviados por El para hacer la obra fundacional de la iglesia por el mundo, y como tal, irreemplazables.

            Además de eso, ninguno de los padres apostólicos como Ignacio, Justino, Policarpo, Ireneo u Orígenes jamás se llamó a si mismo “apóstol” ni llamó a algún contemporáneo suyo por dicho título. La patrística revela que la Iglesia, a partir del segundo siglo, comprendió muy bien que los apóstoles fueron aquellos testigos de la resurrección de Cristo, enviados por El.  Esto les ayudó a reconocer cuáles escritos eran inspirados y canónicos y cuales no, cosa que contribuyó de manera fundamental en el reconocimiento del canon del Nuevo Testamento. De haber creído ellos en la sucesión del oficio del apóstol, y de haberse llamado “apóstol” a toda persona influyente, quizás los evangelios gnósticos y otras obras herejes hubieran ganado entrada. Gracias a Dios que no fue así.

            En Efesios 4:11, se nombra a apóstoles y profetas entre los ministerios dados por Cristo a la iglesia.  Se usa a este texto para enseñar que toda iglesia debe contar con un “equipo quíntuple” de apóstol, profeta, evangelista, pastor y maestro. Pero tres cosas muy importantes que hay que considerar a interpretar este versículo son:

a) en Efesios se habla de la Iglesia universal y no de una determinada iglesia local; 

b) el concepto de apóstol y profeta que Pablo maneja en Efesios 4 ya está definido por su uso de los mismos términos en Efesios 2 y 3; y

c) la verdad es que en este pasaje no se describe a cinco ministerios sino a cuatro.  En el texto griego se ve con claridad que el concepto “pastor-maestro” en este texto se refiere a un solo ministerio, y no a dos.

            Al mencionar en Efesios 4:11 a “apóstoles y profetas”, Pablo no ha cambiado su concepto de ellos, ya expresado anteriormente. El orden en que se presentan los cinco ministerios mencionados ahí acusa la intención del autor – de mostrar el proceso de la maduración de los creyentes.  La iglesia universal ha sido fundada sobre el testimonio personal y la revelación dada a los apóstoles y profetas, que es Cristo. Este fundamento, y este evangelio han quedado establecidos.  No hay nada más que discutir. El fundamento es Cristo crucificado y resucitado para el bien de todos los hombres. El mensaje de la gracia para todos está revelado.  No falta más revelación. Estas obras fundacionales y revelacionales están hechas y no están sujetas a cambio alguno. Ahora bien, sobre esa base, los evangelistas deben continuar la obra de anunciar estas buenas nuevas y los pastores-maestros deben discipular y guiar a los convertidos en su caminar con Cristo. Así se debe entender a Efesios 4:11, considerando toda la amplitud contextual que hay en la misma carta.

            Esto no quiere decir que lo dicho en Efesios 4:11 es todo lo que hay en cuanto a ministerios en la iglesia local.  El tema de Efesios no es la iglesia local, sino la universal.  En las iglesias locales se puede dar una gran variedad de ministerios y servicios, como se enseña en 1 Cor. 12:27-31 y Rom. 12:4-8.

            Pero con todo esto, es muy importante señalar que el Nuevo Testamento revela que, aunque los apóstoles fueron esas personas enviadas directamente por Cristo, los seguidores de los apóstoles continuaron haciendo las obras apostólicas de plantar iglesias, nombrar ancianos, orientar, ser mentores, y realizar todo lo necesario para la extensión del evangelio en los lugares inalcanzados.  Hombres como Tito y Timoteo, quienes, aunque no se les llamó “apóstoles” sino “hermanos”, “hijos” y cosas semejantes (véase Gal. 1:1,2; Col. 1:1; Tito 1:1-4; 1 Timoteo 1:1,2; 2 Timoteo 1:1,2, etc.) hicieron obras “apostólicas”.  Es decir, continuaron la labor misionera, pionera, orientadora de sus mentores apóstoles, tal como lo debemos hacer nosotros.

            Para finalizar estas breves observaciones sobre los apóstoles, cabe también señalar que es preocupante el estatus que se brinda hoy a los nuevos apóstoles.  En muchos lugares se les tiene como a súper-estrellas. Abundan testimonios de nuevos apóstoles muy exigentes, que demandan ser alojados en los mejores hoteles y comer en los mejores restaurantes. Esto es lo más anti-apostólico que podría haber. Un ministerio que en verdad tenga cualidades apostólicas hoy debe ser más que ninguna otra cosa, un ministerio que en vez de cosechar donde nunca sembró, busca cómo sembrar en tierras nuevas. ¿Por qué los apóstoles modernos no se esfuerzan para ir en persona a lugares como Corea del Norte, Libya o Arabia Saudita para predicar el evangelio? ¿Por qué prefieren quedarse en los lugares donde ya hay tantas iglesias, procurando enseñorearse de ellas? Esta gran falta de auténtico espíritu apostólico en los que reclaman ser precisamente, apóstoles, es algo que debiera preocuparnos a todos.

Sobre los profetas

            No cabe duda de que la profecía es una parte esencial de la vida de la iglesia, las Escrituras lo afirman, pero hay que entender bien qué enseñan las Escrituras sobre esto.

            Ya se ha comentado el rol fundacional-revelacional de apóstoles y profetas en este ensayo. Los profetas participaron juntamente con los apóstoles en la comprensión del misterio del nuevo pacto, que los gentiles ahora son parte del pueblo de Dios.

            El don de profecía es uno de los carismas del Espíritu Santo que Cristo ha dado a su iglesia.  Es un don necesario para la expansión del reino de Dios.  Por eso mismo es imperativo que se entienda bien cual es su función y como se debe manejar.

            El profeta en el Nuevo Testamento era similar a su par del Antiguo Testamento en que no cumplía una función de gobierno, sino de influencia. Nada había en la ley de Moisés sobre los profetas – sus requisitos, obligaciones, etcétera, tal como lo que sí había sobre los sacerdotes. Los profetas eran hombres de variados trasfondos, pero todos llamados por Dios para ser sus mensajeros. Su función no era traer algo nuevo y diferente, sino impulsar a un pueblo pecador a regresar a las condiciones del pacto que Dios había suscrito con ellos.  Denunciaban los pecados de la nación, advertían del juicio venidero, llamaban al arrepentimiento y anunciaban al Mesías y al gran Día de Jehová venideros.

            Con la venida de Cristo, el rol primordial y protagónico de los profetas fue concluido (Heb. 1:1,2), pues uno mejor que todos ellos había venido.  Ese fue también el mensaje que Dios, el Padre, comunicó a los discípulos en el Monte de Transfiguración, cuando Pedro quería levantar tres chozas para que Moisés, el dador de la ley, Elías, el más grande de los profetas, y Jesús, el Mesías, pudiesen permanecer juntos.  Pedro ni se daba cuenta que hablaban sobre la pronta pasión de Cristo, el cumplimiento de todo lo que la ley y los profetas habían vaticinado.  El Padre corrigió la actitud de Pedro al declararle con gran voz, que Jesucristo era su Hijo, y que a El se le debía oír.  El tiempo de Moisés y Elías había pasado, pues Jesús era el cumplimiento cabal de todo lo que ellos habían hablado (Mat. 17:1-8).

            Vemos entonces, que el ministerio profético en esta era cristiana es, sobre todo, el ministerio de la proclamación del Señorío de Cristo.  No hay mensaje más profético que “Jesucristo es el Señor”. Apocalipsis 19:10 nos enseña que “el espíritu de la profecía es el testimonio de Jesús”. El que profetiza hoy debe hacer lo mismo, anunciar a Cristo. Joel 2:28 prometió que con el derramamiento del Espíritu habría don de profecía en boca de jóvenes, ancianos, hombres y mujeres, esclavos y libres.  Cristo hablaba de lo mismo en Hechos 1:8 cuando dijo, “… cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo… me seréis testigos”.

            Muchos hoy piensan que la profecía es un asunto de “leerle la suerte a la gente”, ser un adivino, un “gitano pentecostal”. Pero eso no es profecía en el sentido cristiano.  El profeta del Antiguo Testamento miraba hacia el futuro para ver a Cristo, un mensaje profético hoy en día mira hacia el pasado, mira hacia Cristo, crucificado y resucitado, y proclama su señorío.

            Indudablemente, Dios usa a personas en funciones proféticas hoy también para dar directrices específicas a determinadas personas sobre determinadas situaciones.  Hay amplia evidencia de esto en el Nuevo Testamento (Ej. Hch. 21:10,11), como también muchos testimonios de la actualidad de cómo Dios ha dirigido a alguien para advertir o orientar a otra persona en medio de alguna situación particular. Pero esas son palabras de la ocasión, exclusivas para la persona intencionada, y no se deben considerar como revelación para toda la Iglesia.  La revelación ya está dada, y esta nos sirve de instrumento de medición para juzgar las profecías para ver si son palabras que proceden del Espíritu, o del hombre (1 Cor. 14:29).

            La Palabra nos advierte que enunciar una palabra profética es una función sumamente sagrada y seria. No es una liviana frase repetida al que está sentado a su lado en algún culto.  El que la da será juzgado por su cumplimiento o no. Es la voz santa de Dios que el Espíritu Santo envía por medio de un siervo, sea niño, joven o adulto, para advertir, redargüir, o animar y siempre llevar al receptor hacia una relación más estrecha con su Redentor.

            En resumidas cuentas, no nos dejemos arrastrar por fervores basados más en malas interpretaciones bíblicas que en otra cosa. El movimiento actual de restauración de apóstoles y profetas debe ser descartado como alternativa viable de gobierno eclesiástico. Las iglesias durante el Nuevo Testamento fueron bendecidas por los apóstoles y profetas, pero no gobernadas por ellos. Además de eso, hay que ver muy bien cuales son las motivaciones, las prioridades, y las enseñanzas de quienes desean influir en las iglesias. Sobre todas las cosas, que seamos estudiantes rigurosos de las Escrituras, que comprendamos bien las verdades que ahí se revelan sobre las iglesias y que el mensaje profético de Cristo crucificado, resucitado y reinante siga siendo nuestra primera prioridad.

*Misionero educador. Editor de la revista de teología Conozca. Autor del libro El restauracionismo apostólico, VIDA, 2008.

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