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Por Luis Aránguiz Kahn*

110 años de Pentecostalismo en Chile

Peter Berger, el connotado sociólogo de la religión, dijo alguna vez que cuando hablaba de teología, lo hacía como un “teólogo desautorizado”[1]. Así que, en esta ocasión, dado que no soy un teólogo autorizado, seguiré sus pasos y lo haré como uno desautorizado. Y quiero hacerlo con una reflexión personal, sí, pero que apunta a desafiar esa crisis de sentido –como le gustaba decir a Berger- en la que nos envuelve la sociedad moderna y, por supuesto a la crisis propia que podría diagnosticarse hoy para ese complejo conjunto de diferentes e incluso en ocasiones dispares, expresiones del movimiento pentecostal en Chile.

Quiero iniciar esta participación con una historia, un testimonio. Cuenta un viejo relato que, años atrás, había un predicador. El hermano, por orden del supervisor del punto de prédica, estaba parado frente a un campo en el que no se divisaba ni una sola casa, ni lugar en el que pudiese haber alguien quien pudiese escuchar una predicación a viva voz. El hermano, consternado, pensó en avanzar para encontrar un lugar donde hubiese audiencia. Sin embargo, la orden era clara: “predique aquí”.

Naturalmente, cualquiera en esa situación tiene el derecho a preguntarse por qué debería obedecer una orden así. La verdad es que el único espectador en el radio era un caballo. La primera tensión respecto a la obediencia al hombre podría haberse terminado. Sin embargo, como reza el dicho del pesimista, “las cosas siempre pueden empeorar”. El hermano recibe una instrucción divina en su corazón. Y dicha instrucción era tanto más inexplicable que la primera: de acuerdo al testimonio, el Señor le dijo: “predícale al caballo”. En este punto, poniéndonos en su lugar, podríamos ya acusar sin mayor problema: “locura”. Y, sin embargo, pese a los conflictos interiores legítimos, el hermano comenzó a predicarle al caballo: “a ti caballo que escuchas, Cristo te ama”.

Podríamos cerrar el relato aquí. Pero aún hay algo más. La historia culmina explicando que detrás de un árbol, había escondido un sujeto, un presidiario que estaba huyendo de una cárcel. A ese sujeto le decían “el caballo” y, mientras el predicador le hablaba al caballo de verdad, Dios estaba tratando con el caballo presidiario. Finalmente, ocurrió que ese hombre se convirtió. A mi juicio, este relato encarna el corazón teológico del pentecostalismo.

Tres razones para contar esta historia

¿Por qué este relato en un contexto teológico? En términos estructurales es un relato simple, muy entendible. Sin embargo, no solo aporta una cantidad no menor de material para reflexionar, sino que es un testimonio que se ha transmitido de manera oral por ya décadas en la iglesia. Dicho esto, podríamos limitarnos a sugerir que es una suerte versión moderna pentecostalizada de la literatura exemplum (cuento, fábula) del medievo, que invita a reflexionar sobre la vida humana en relación con lo divino. Y, sin duda, es posible que cumpla con algunos de esos criterios. Pero no solo es parte de un patrimonio cultural oral religioso, ni es una fábula simplemente. Es validado por la comunidad de creyentes como un testimonio: es un relato kerigmático.

1. Dios y el hombre

El testimonio revela un rasgo antropológico fundamental del pentecostalismo. Imaginemos el cuadro: un campo, un caballo, un predicador. ¿Qué sentido puede tener semejante escena? Si para el hermano era difícil hallarlo, cuanto más aquí, en un salón de facultad teológica en la que se estila someter a escrutinio todo lo referido a lo divino. Solo al final del relato, el sentido se nos revela en su totalidad y, sin embargo, dicho sentido solo es explicable en la medida en que hubo un Dios que intervino y que hubo un hijo suyo que supo escuchar.

El pentecostal escucha a Dios. Esta expresión, desde un punto de vista lógico, carece de sentido, al igual que la escena. Pero en este punto, el pentecostalismo ha recuperado uno de los problemas existenciales más importantes, al menos, para la reflexión teológica. Fue el escuchar a Dios lo que colocó a Abraham en una situación ética límite. ¿He de quitarle la vida a mi hijo porque un ser divino me lo pide? Evidentemente, en nuestro caso la cuestión es bastante más sencilla y, aun así, podríamos decir que Dios se valió de esa misma estrategia para cumplir un objetivo superior, incomprensible para el predicador: salvar al presidiario. Cierto: uno no podía luchar con mucho más que el temor al ridículo, el otro luchaba con la vida misma. Pero ambos son expuestos a la contradicción: o los hombres, o Dios.  Más aún: más allá de las particularidades del caso, ambos escuchan a un Dios que habla, y ambos lidian con una instrucción contradictoria.

El elemento paradojal es fundamental en la fe pentecostal, porque la vida de los pentecostales está repleta de los “Dios me dijo”. Evidentemente, cabe el cuidadoso examen de espíritus recomendado por Pablo. Aunque una mente que mediatiza sus reflexiones con una mirada secularizada podría decir “eso ya no ocurre” y, en fin, simplemente negarlo, entre los pentecostales parece ser un hecho. Y en ocasiones, tiene resultados no solo inesperados, sino también positivos y testimoniales. Aquí, cabe recordar a ese viejo maestro que es Kierkegaard: “la fe comienza precisamente allí donde la razón termina”[2]

2. La metrópolis y la misión

Este relato puede tener algún sentido en el campo. Pero, ¿qué sentido tiene contarlo en la ciudad, en la metrópolis? La cuestión sobre la predicación pentecostal salta a la vista desde un punto de vista puramente metodológico. Alguien podría preguntarse, ¿por qué preservar una forma de predicación como esa en las ciudades? En alguna ocasión, un amigo dijo que los hermanos no hacen mucho más que predicarle a los autos.

Si, una lectura sesentera diría que este tipo de experiencias de “misión campestre” -para que suene bien- tienen sentido en su contexto y que llegó a la ciudad simplemente para recordarnos la importancia de confiar en que Dios. Si, efectivamente, el pentecostalismo chileno debiese preguntarse sobre el método. Pero la importancia de esta historia no reside en eso.

El pentecostalismo es, por naturaleza, misión. El afamado punto de prédica fue el modo de domesticar un impulso carismático casi incontrolable. En días del avivamiento, los conversos gritaban por las calles del puerto de Valparaíso que Cristo ama. Esta energía de la experiencia vital de la conversión, es algo que de todos modos no le es propio. De aquí que, si bien las discusiones sobre método vendrían bien dadas las nuevas disposiciones del contexto urbano, lo que urge es más bien la preservación de esta vitalidad de la experiencia con Cristo, que se expresa en la misión.

Ahora bien, el pentecostal lleva a cabo una misión que no es simplemente la entrega del mensaje evangélico. Él confía en que ese mensaje, investido de la potencia divina, puede transformar a una persona: “cambiar el corazón”. Por lo cual, no es simplemente enseñar la doctrina cristiana, ni tampoco únicamente promover una experiencia sensible. Es, ante todo, una transformación vital. Este cambio está en las antípodas de la fábula. Es real. No existe tal disociación entre conocimiento y práctica de la fe. Como bien enseñara Philip Spener, “el cristianismo de ninguna manera alcanza con el saber, sino que, antes bien, el mismo consiste en la práctica”[3]. Dios es amor, y el amor es, también, transformación.

3. El milagro

Un último aspecto que quisiera tocar respecto a esta historia, concierne a la cuestión del milagro. No puede desconocerse que el pentecostalismo surgió como una reacción a la teología “moderna”, “liberal”. De aquí que toda su teología sea, en alguna medida, reacción. Pero también es propuesta. El pentecostalismo no niega la dogmática, la ortodoxia, al contrario, es justamente amparándose en ella que reafirma la intervención divina ininterrumpida en los asuntos humanos. Así, el pentecostalismo es una reacción directa al desencantamiento, es un reencantamiento. Y, en tal sentido, el milagro adquiere una significación central. Resulta evidente que en sociedades en proceso de secularización, el milagro se vuelve una dificultad teológica para los cristianos. Pero, en esta lógica, si Jesús resucitó de la muerte, no hay nada menor a eso que deba sorprendernos.

No obstante lo anterior, sigue siendo evidente que puede pasar que ciertos pentecostales hayan reducido la noción de milagro a la taumaturgia. Lo que cabe no es negarla, sino más bien situarla en el contexto del milagro mayor que el cristianismo siempre ha predicado: a saber, la vida de Cristo. Un milagro que no conduce a Cristo, no es obra de Dios. Es más, en el decir de Bonhoeffer, “lo cristiano depende de lo extraordinario”, siendo lo extraordinario no otra cosa que “el amor del mismo Cristo”[4] marchando hacia la cruz. Y todavía más, ¿cómo se expresa lo extraordinario? En la mirada del mártir, es una acción de los discípulos: ser la comunidad de los que se aman. Y en tiempos en los que un individualismo desenfrenado arrasa con la vida de la ciudad, quizá el milagro más necesario sea precisamente este: hacer comunidad de discípulos. No una reunión de individualistas, sino la Iglesia del resucitado.

4. La, duda, la sorpresa y lo extraordinario

Quisiera cerrar con lo siguiente. Este año particularmente ha traído un intenso debate encaminado a sugerir todo aquello que los pentecostales deben cambiar. La consciencia de estos asuntos nos ha impuesto un sentido de urgencia que, desde luego, no debiésemos descuidar. Pero también, es necesario cuidarnos de que esta consciencia acabe por someternos a la servidumbre de una negatividad que, lejos de edificar, destruye. No debe perderse de vista que el desafío es mas amplio; no se trata solo de lo que debe cambiar, sino también de aquello que corresponde conservar.

La Iglesia se hizo un lugar en la historia no solo por lo que era capaz de negar, sino sobre todo por una afirmación radical sobre la verdad que es una persona. Por eso, he querido atenerme a lo que creo que es fundamental conservar en la pentecostalidad chilena: no el irracionalismo que niega la capacidad del pensamiento, sino el que nos hace conscientes de nuestra finitud respecto a un Dios que, al mismo tiempo que se revela en la Cruz, también se nos oculta. No la formalidad anquilosada que limita la evangelización, sino la fe inquebrantable en que el Dios de los cristianos del primer siglo no cambia según las vicisitudes de la historia y, por tanto, tampoco cambia su capacidad para obrar transformativamente. Y, por último, conservar la fe en los milagros, y sobre todo en el hecho extraordinario de que una de las expresiones supremas del amor divino es la comunidad de los fieles, en la cual Él se manifiesta. Que esa comunidad alternativa en torno al Hijo de Dios es depositaria de una responsabilidad única para con su Señor como para con la sociedad.

Entretejidas en la experiencia pentecostal están la duda, la sorpresa y lo extraordinario. El Dios que habla, el siervo que escucha. La potencia de la transformación vital. El milagro de la comunidad cristiana. Cuánto más podría extraerse de un testimonio como este. A propósito de esta experiencia, bien podría recordarse el sabio consejo que dio Lutero cuando discurría sobre el Deus absconditus: “Ocúpese el hombre Más bien en el Dios hecho carne o, como dice Pablo, en Jesús el crucificado, en quien están todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento, pero escondidos; porque por medio de Jesús, el hombre tiene en abundancia lo que debe saber y lo que no debe saber”[5].

Y usted, ¿se atrevería a predicarle al caballo? Desde hoy, esta no es solo una pregunta retórica, sino también teológica. Pero, como gustan decir a veces los predicadores pentecostales, “no me responda a mí, respóndale al Señor”. Muchas gracias.


Texto originalmente presentado en el panel “A 110 años del pentecostalismo chileno”, el día 02 de septiembre de 2019 en el Centro de Estudios Teológicos (CET), Santiago de Chile. Evento organizado por la Fraternidad Teológica Latinoamericana (FTL) y la Red Teológica de Estudiantes (RTE). La ocasión también contó con presentaciones de la Dra. Elizabeth Salazar y del profesor Claudio Colombo. Rescatado de la RTE.

Notas

[1] Berger, Peter (2016). “Un disenso amigable con el pentecostalismo”. En Estudios Evangélicos. Recuperado de: http://estudiosevangelicos.org/un-disenso-amigable-con-el-pentecostalismo/  

[2]Kierkegaard, Soren. (1987). Temor y Temblor. Madrid: Tecnos. P. 44.

[3] Spener, Felipe (2007). Pia Desideria. Buenos Aires: ISEDET. P. 77.

[4] Bonhoeffer, Dietrich (2007). El precio de la gracia. El seguimiento. Salamanca:Sígueme. P. 106ss.

[5] Lutero, Martin (2006). La voluntad determinada. St. Luis: Concordia. P. 170.

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