por Silvana Díaz

El cristiano ha sido conocido (o debiera ser conocido) por la bondad y amor al prójimo. Teniendo en cuenta el principio de que el ser humano es portador del imago Dei esto quiere decir, la imagen de Dios en el hombre, nuestras acciones debiesen tender a proporcionar el bienestar y dignidad a nuestros semejantes. Cristo mismo ya hace 2000 años, reconoció nuestra dignidad como mujeres e hijas suyas en medio de culturas enormemente opresivas para las mujeres.  En honor al evangelio de Cristo y a esa dignidad que nos ha sido devuelta, nosotras las mujeres cristianas debemos expandir ese mensaje de amor. 

Darrow L. Miller [1] nos dice que Dios tiene características personales las cuales comparte con el hombre, éstas se pueden dividir en cuatro: espiritual, intelectual, moral y volitiva. Dentro de ellas, la moral nos refleja el carácter bondadoso de Dios. Dios actúa de forma amorosa y bondadosa hacia su creación, sobreabundando en amor y misericordia; tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento nos hablan de esta bondad de Dios y de cómo Él se acerca a su pueblo en necesidad. Y aunque el pecado ha desfigurado la imagen de Dios en nosotros, la gracia de Dios en Cristo ha renovado esa imagen, por lo tanto estas características debieran ser el patrón de conducta para la vida humana. 

Los cristianos en el primer siglo fueron conocidos por su trato al prójimo, sirviendo a los pobres y desamparados; ocupándose de las viudas y de los huérfanos, otorgándoles a las mujeres un trato digno. Este actuar fue llamativo y en ocasiones ofensivo para los paganos, así lo expresa el emperador Juliano II (331-363 D.C.), quién admitió que había encontrado una nueva raza de hombre entre los primeros seguidores de Cristo, a quienes denominaban “ateos” porque no adoraban a los dioses del panteón romano:

“El ateísmo ha progresado especialmente a través del servicio amoroso a los desconocidos y a través del cuidado que ponen en enterrar a los muertos. Es escandaloso ver que no hay ni un solo judío que sea limosnero; y que los ateos galileos se preocupan por cuidar no sólo de sus propios pobres, sino también de los nuestros; mientras que aquellos que son de los nuestros esperan en vano la ayuda que nosotros debiéramos prestarles.” [2]

“Los cristianos en el primer siglo fueron conocidos por su trato al prójimo, sirviendo a los pobres y desamparados; ocupándose de las viudas y de los huérfanos, otorgándoles a las mujeres un trato digno.”

Por la misma razón el cristianismo tuvo gran acogida entre las mujeres del imperio romano, las que en relación a los hombres se encontraban en gran desventaja. Según el derecho romano, las mujeres eran consideradas ciudadanas de segunda clase, por lo tanto no gozaban los privilegios de estos primeros. 

Desde el mismo nacimiento las mujeres eran afectadas. Puesto que el infanticidio era permitido, se llevaba a cabo mayoritariamente cuando el bebé era de sexo femenino o presentaba alguna enfermedad física. Otras prácticas que afectaban a la mujer eran los matrimonios a muy temprana edad, en algunos casos sin alcanzar la pubertad, y aunque el derecho romano consideraba que la edad apropiada para contraer matrimonio era a partir de los doce años, muchas veces esto no era respetado. Las mujeres del imperio que enviudaban debían soportar una gran presión social y legal siendo obligadas a casarse, si esto no llegaba a concretarse en un plazo de dos años, las viudas eran sancionadas. 

El cristianismo por el contrario trataba a la mujer con dignidad e igualdad. La instrucción cristiana enseñaba a los esposos a amar a sus esposas, como Cristo amó a la iglesia,[3] el divorcio, incesto, infanticidio, infidelidad conyugal, la poligamia, eran todas prácticas condenadas por el cristianismo. Por otra parte, las mujeres cristianas podían casarse a una mayor edad, en ocasiones escoger a su esposo, o decidir no casarse. Del mismo modo, las viudas eran tratadas con dignidad y especial preocupación. Las mujeres que quedaban viudas, y que así lo deseaban, se consagraban por entero al trabajo de la iglesia y ésta las mantenía.  Pablo en su primera carta a Timoteo, en el capítulo 5 lo menciona.[4]

Lejos de ser una carga para la iglesia, las ancianas viudas eran muy valiosas, puesto que tenían la experiencia para enseñar a mujeres más jóvenes, además del tiempo para dedicarlo al servicio. Sus deberes incluían probablemente participar del bautismo de mujeres, visitar enfermos, visitar presos, enseñar a las mujeres más jóvenes, proveer hospitalidad y cuidar huérfanos, esta última función muy importante en el mundo romano puesto que los huérfanos o abandonados terminaban siendo prostitutas o gladiadores. Por esta razón el cristianismo, antes de convertirse en la religión oficial del imperio, se hizo muy popular entre las mujeres, sobrepasando estas al número de fieles masculinos.[5]

Es así como el cristianismo, de acuerdo a su cosmovisión teista, ha buscado honrar el imago Dei, a través de la ayuda al necesitando y otorgándole el valor que éste merece, ensalzando así también a Dios con sus acciones. Ejemplos tenemos a través de la vida de múltiples mujeres cristianas y misioneras que sacrificaron sus vidas en pos del bienestar del prójimo. Entre ellas podemos mencionar a Amy  Carmichel (1867-1951), quien fue una misionera y reformadora en la India, conocida, entre otras obras, por rescatar a niñas de la prostitución en los templos hindúes, llegando a establecer un albergue y un hospital para cientos de niños que buscaban refugio; o a Ida Sophia Scudder (1870-1960), médica y misionera, la cual dedicó su vida a atender a las mujeres en la India, estableciendo hospitales y fundando una universidad para capacitar a mujeres en la medicina. Más contemporáneamente, no puedo dejar de mencionar a Elizabeth Elliot (1927-2015), influyente mujer cristiana del siglo 20, misionera, escritora y oradora, la cual tras perder a su esposo en manos de los Aucas, tribu indígena de la selva del Ecuador, no sólo no abandonó la labor misionera en dicho país, sino que llegó a establecerse con ellos junto a su pequeña hija, ganando aquella tribu para Cristo. 

Es por ello que, en el fragor de la batalla cultural que atraviesa occidente que lo conduce a lo que muchos consideran una época post-cristiana, resulta fundamental volver a reclamar como nuestro, elementos que han sido históricamente cristianos, como lo son el cuidado en amor sacrificial de nuestro prójimo, quien carga la imagen de Dios, y la dignificación de la figura de la mujer, relegada históricamente; y hacerlo lejos de los odiosos antagonismos que propugnan movimientos que desean tener el monopolio de dichas acciones. El valioso aporte de la mujer al cuerpo de Cristo, no comienza ni acaba en el trabajo pastoral, debate reduccionista en el que muchos se entrampan; sino que está presente desde la etapa más temprana de la iglesia, en aquellas primeras testigos que anunciaron la resurrección de nuestro Señor, y se extiende en el trabajo de misioneras que bien haríamos en recordar y emular. Nuestro propio movimiento pentecostal, contó con la valiosa labor de muchas hermanas, pioneras en el movimiento, que jugaron un papel fundamental en su establecimiento. 

En la actualidad,  ciento de mujeres cristianas trabajan de forma anónima, abnegadamente en la obra del Señor, no buscando precisamente un puesto de liderazgo dentro de las iglesias, sino que cumpliendo esa labor de antaño: visitando enfermos, presos en las cárceles, partiendo su pan con el hambriento, cubriendo al desnudo, predicando el evangelio al necesitado; obra que he podido observar en numerosas mujeres pentecostales a lo largo de mi vida en el evangelio. 

“El valioso aporte de la mujer al cuerpo de Cristo, no comienza ni acaba en el trabajo pastoral; sino que está presente desde la etapa más temprana de la iglesia, en aquellas primeras testigos que anunciaron la resurrección de nuestro Señor, y se extiende en el trabajo de misioneras que bien haríamos en recordar y emular”

Por lo tanto, hoy nosotras las mujeres cristianas pentecostales, siguiendo el ejemplo de nuestras madres, abuelas y hermanas en la fe, prosigamos al blanco, trabajando en la obra del Señor sabiendo que nuestro trabajo en el Señor no es en vano. Seamos una influencia positiva para las que vienen tras nuestro, un referente en sabiduría, femenidad, amor y compasión; portando la imagen de Dios en nosotras y honrando la imagen de Dios en nuestro prójimo.

 “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros”.

San Juan 13:34–35

NOTAS

  1. Darrow L. Miller, Discipulando Naciones (U.S.A., Editorial JUCUM, 2014).
  2. Stephen Neill, A History of Christian Missions (Baltimore, MD, Penguin Books, 1964), p. 42.
  3. Efesios 5:25.
  4. 1 Timoteo 5:3–16.
  5. Frederick W Norris, Christianity – A Short Global History (Oxford, Inglaterra, Oneworld Publications, 2002), p. 48.

REFERENCIAS

  1. Darrow L. Miller, Discipulando Naciones (U.S.A., editorial JUCUM, 2014).
  2. Justo L. González, Historia del Cristianismo, I tomo (editorial UNILIT, 2009).
  3. Janet & Geoff Benge, La intrépida rescatadora – La vida de Amy Carmichel (U.S.A. editorial JUCUM, 2008).
  4. Janet & Geoff Benge, La tenacidad de una mujer- La vida de Ida Scudder (U.S.A. editorial JUCUM, 2010).
  5. John MacArthur, Comentario MacArthur del nuevo testamento: Primera Timoteo (Michigan, Editorial Portavoz, 2004).
  6. Giovanni Gómez, Por qué las mujeres fueron clave en la extensión del cristianismo en el imperio Romano. (2020) https://biteproject.com/mujeres-cristianas-roma/
  7. Mark. E. Ross, Imago Dei (2018) https://es.ligonier.org/articulos/imago-dei/
  8. Beatriz Garrido, Impresionante mujer que marcó mi vida, Elisabeth Elliot (2018). https://protestantedigital.com/magacin/44197/Impresionante_mujer_que_marco_mi_vida_Elisabeth_Elliot

Silvana Díaz Romero, miembro de la Iglesia Evangélica Pentecostal, voluntaria de la Fundación Misión y Pasión. Voluntaria en el hogar de niñas Padre Semaria, San Vicente T.T.

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