Por Luis Aránguiz Kahn*

Nuevamente, como todos los años, nos encontramos en el mes del avivamiento pentecostal. Sin embargo, este año es distinto. Entre los tantos problemas que arrecian a nivel mundial, en Chile además nos encontramos a la puerta de un plebiscito para definir si se quiere o no una nueva constitución para el país. No me ocupan aquí los pormenores sobre cómo se llegó a esto ni sobre las consecuencias que tendría la victoria de una u otra opción porque todo ello puede encontrarse circulando profusamente en los más diversos medios y registros. Más bien, quisiera enfocarme, de modo inverso, en lo que este proceso significa en el arco del desarrollo histórico del pentecostalismo chileno y su accidentada formulación de ideas políticas.

¿Ideas políticas pentecostales? Podría preguntarse alguno. Según una narrativa no poco común, los pentecostales casi no tuvieron contacto con la vida democrática en la primera mitad del siglo XX y, según esta misma narrativa, su aparición política solo vino con el Servicio de Acción de Gracias (Te Deum evangélico) en 1975 y no bajo un régimen democrático, sino bajo un régimen militar. Esta tan inexacta como a veces lamentablemente dominante interpretación del desarrollo pentecostal, puede acabar opacando un largo proceso más profundo, en el que se ha gestado la discusión de temas políticos al interior del mundo pentecostal chileno.

Como es bien sabido, el avivamiento tuvo su momento de inflexión en 1909. En esos días, Willis Hoover ya era plenamente consciente de los problemas sociales que aquejaban a la sociedad en la que evangelizaba. No en vano resultó ser el pentecostalismo un movimiento eficaz para llegar a los sectores más vulnerables tanto entre el campesinado como entre las clases marginadas en las ciudades. Pero lo que Hoover vio en su día no llegó ni se fue con él. Estas desigualdades provocaron fuertes conflictos sociales en los años siguientes que agudizaron la polarización política. Fue así que en los años treinta dos insignes pastores en las más altas posiciones en sus iglesias, tuvieron que escribir cartas llamando a los hermanos a participar con su voto en libertad de conciencia, pero sin comprometer a sus iglesias en esos procesos políticos. Uno fue Domingo Taucan, de la Iglesia Metodista Pentecostal, y otro Guillermo Castillo de la Iglesia Evangélica Pentecostal. En esos mismos días, Jenaro Ríos, pastor del Ejército Evangélico de Chile se proponía como precandidato pentecostal de orientación socialista, buscando el apoyo de los evangélicos para su aventura.

Ya tempranamente puede verse que desde el principio el pentecostalismo chileno ofreció al menos dos grandes orientaciones en el terreno político: una era la de respetar la libertad de conciencia -valga recordar, ¡individual!- en la posición política del feligrés para separar adecuadamente el plano eclesiástico del político; y la otra era la de involucrar activamente a los fieles en un cauce particular bajo la dirección de un caudillo. Estas dos grandes formas de comprender la participación en la vida pública han sido algo así como dos almas que han estado presentes permanentemente en el desarrollo del pentecostalismo chileno y su relación con los asuntos políticos. Una es la que admite el involucramiento público, y de manera individual, mientras se reconozca que iglesia y política son dominios distintos. Otra es la que admite el involucramiento público de manera colectiva y sin distinguir claramente los contornos del orden eclesial y del político. En esta última, además, se ha observado históricamente un rol mucho más activo y no por ello positivo, de la figura del pastor como caudillo de masas. Las consecuencias lógicas de una y otra son sobradamente conocidas en la historia del pentecostalismo chileno. El extremo de una es una difuminación de los limites entre iglesia y política, mientras que el extremo de la otra es un deseo de restarse o abstraerse totalmente de los problemas contingentes.

La diferencia entre estas dos almas, como puede notarse, no reside en una posición afirmativa o negativa al involucramiento público. Ambas son abiertas a tal posibilidad. Lo que las divide son dos puntos cruciales en los que no parece haber acuerdo posible. El primero de ellos es la distinción entre involucramiento individual e involucramiento colectivo, al que llamaría “distinción de involucramiento”. Una postura quiere que, idealmente, todos los hermanos y hermanas vayan en pos de una postura política en particular, comprometiendo así a la iglesia como un todo corporativo. La otra no quiere ese compromiso, porque aquello puede dañar a la institución eclesial y a la comunidad local. Por ello, se contenta con admitir que los creyentes pueden tener posturas individualmente, siempre y cuando no las traigan al terreno de la iglesia.

El segundo punto en que hay desacuerdo, es aquel en que se distingue orden político y orden eclesiástico, al que llamaría “distinción de órdenes”. Una postura cree que la iglesia como organización de personas, puede involucrarse en torno a apoyar una causa política cualquiera. La otra es más reticente, y concibe que la iglesia como organización no debiese entrar en tratativas políticas. En una, por lo tanto, la barrera entre lo político y lo eclesiástico es tan difusa que puede acabar marcando históricamente a una denominación completa con una ideología, partido o gobierno. En otra, la barrera es clara y mantiene, o al menos aspira a mantener, una cierta imparcialidad en esta materia.

Ambas posturas han interactuado en el tiempo, hay iglesias que han mantenido una u otra, hay iglesias que han cambiado de una a otra; el grado de permisividad respecto a los dos puntos en tensión mencionados quizás haya oscilado en uno u otro contexto.

Ahora bien, ¿Qué consecuencias tiene esto en el contexto del actual proceso constituyente? Prontamente participaremos de una votación histórica y de alta polarización, la del apruebo y el rechazo. Si gana el apruebo, vendrá una votación para ratificar la nueva constitución. Esto sin mencionar que hay varios procesos eleccionarios que tendrán lugar próximamente.  En un contexto así, las dos grandes almas del pentecostalismo están nuevamente en pugna. Hay una que deja el voto en manos de la libertad de conciencia de los creyentes, pero también hay otra que busca comprometer a las iglesias como conglomerado con una posición particular. En otros términos, no se exhibe un cambio sustantivo en el modo de afrontar procesos eleccionarios. Hay cambios menores, como por ejemplo que, por haber mayor educación, ahora hay creyentes de la profesión jurídica que están recibiendo gran atención.

Sin embargo, todo queda entrampado en la discusión apruebo/rechazo. Aparecen argumentos de mayor o menor refinación según sea el expositor. Aparecen preocupaciones legítimas como, por ejemplo, si acaso continuará la libertad de culto. Quizá, en menor medida -puedo equivocarme-, aparecen preocupaciones sobre cómo este cambio puede reportar mayor o menor prosperidad para el país. Pero hay una ausencia de una propuesta de origen teórico pentecostal. Esta ausencia se la puede achacar a que no ha habido un desarrollo de pensamiento político pentecostal sustancioso con los años; a que, si bien hay más educación entre los fieles, la falta de un desarrollo teológico político más sustancioso limita las posibilidades de elaborar más velozmente un pensamiento propio; y se podría seguir.

No es mi propósito en esta columna ofrecer respuestas, pero si me permito formular un par de preguntas. ¿Será posible que pentecostales, tanto del apruebo como del rechazo, trasciendan las argumentaciones convencionales tomadas de la prensa y los medios, y puedan producir una elaboración propia, desde sus términos, para el país? ¿Será posible que lo hagan no atendiendo solamente a sus preocupaciones particulares como la libertad de culto, sino a los múltiples problemas que aquejan al país y que requieren solución?

Las iglesias, los grandes obispos y pastores, tienen una responsabilidad histórica frente a Chile. ¿Qué palabra pueden dirigir a la sociedad chilena como autoridades espirituales? Una de las almas del pentecostalismo puede llevarles a desear convertirse en caudillos y comprometer a sus iglesias pasando a llevar la libertad de conciencia de los fieles haciendo llamados abiertamente al apruebo o al rechazo; la otra alma puede llevarlos al exceso contrario, a querer callar para no asumir la responsabilidad de dirigirse al país. En estos momentos históricos, me parece que es imperioso recuperar lo mejor de las dos almas que han convivido al interior del pentecostalismo chileno: respetar celosamente la libertad de conciencia de los fieles sin pretender arrastrarlos a una postura personal y, al mismo tiempo, ser capaces de ofrecer una palabra a la nación, por ejemplo sobre la necesidad del respeto mutuo y de las instituciones democráticas, y no restarse de lo que está ocurriendo.  

A 111 años del avivamiento de 1909, en medio de un proceso histórico, las autoridades pentecostales no debiesen simplemente dejarse llevar por una u otra postura particular, pero tampoco es abstraerse como si lo que está a nuestro alrededor no existiera. Si el balance entre estas dos posiciones pudiera lograrse en el marco de este proceso constituyente, entonces en el futuro no solo recordaríamos este como un momento excepcional de la historia chilena en el cual, sin embargo, los pentecostales se comportaron simplemente como siempre lo han hecho; sino que lo recordaríamos como un proceso histórico nacional que también fue histórico para los pentecostales, porque en él se gestó una renovada comprensión de lo político en el pentecostalismo chileno a 111 años del avivamiento que le dio vida.  ¿Será posible?

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