por Daniel Araya Rojas

Vivimos una etapa histórica en que nuestro país se ha llenado de discusión política, más aún cuando se enfrenta a la disyuntiva de mantener o cambiar la constitución. Este es un hecho no menor, ya que a partir de ella es que se configuran todas las demás leyes con carácter específico, cubriendo todo ámbito del quehacer en sociedad. 

La tensión producto de este plebiscito se percibe en el ambiente y abarca todas las áreas de interacción; familia, trabajo, televisión, redes sociales, como también a la iglesia. Nadie se salva de verse envuelto en esta atmósfera de discusión que se polariza en las dos opciones que se enfrentan, apruebo o rechazo. 

En el mundo evangélico, a grandes rasgos, quienes aprueban lo hacen argumentando de que es una oportunidad para lograr mayor justicia social. Mientras quienes rechazan, consideran que una nueva constitución traerá consigo problemáticas morales, así como también restricciones a la libre expresión. Parece ser que los pentecostales se inclinan más por esta segunda opción. 

La polarización trae consigo que las personas tomen posturas extremas, y esto por consiguiente produce violencia, la cual se manifiesta en contra de aquel que piensa distinto. ¿Como debemos responder ante esta situación?, ¿dice la Biblia algo que nos pueda traer luz ante este panorama? A continuación, se desarrolla una respuesta a este dilema.

Jesús y la polarización política

En su paso por la tierra, Jesús fue consultado sobre asuntos de importancia política. Por ejemplo, vemos en el pasaje de Mateo 22:15-21, que cuando concurren a Jesús los herodianos y los fariseos, ellos representaban posturas diametralmente opuestas. Por un lado, los herodianos eran partidarios de Herodes, y por ende pretendían cuidar las relaciones con Roma. Y por el otro, en una postura contraria, los fariseos pretendían liberarse del yugo del Imperio, es por esto que consultan a Jesús respecto de un tema que de seguro causaba mucha discusión entre las partes, ¿Es lícito dar tributo a César, o no? Esta no era una pregunta que considerásemos rebuscada para el contexto histórico en que se vivía, ya que en aquella época toda la región estaba dominada por el Imperio Romano, el cual exigía que cada judío pagara un tributo anual. Ese pago o impuesto no pensemos que estaba dirigido a hospitales o a la educación de los niños de Judea, sino que era para “El Cesar” y el sistema imperial que él representaba. 

Tal vez si Jesús hubiese respondido que no debían pagar tributo, la respuesta del pueblo hubiese sido muy aclamatoria, sobre todo por fariseos y zelotes que buscaban la independencia de Israel del Imperio Romano, es así que la revolución no hubiese tardado en ocurrir.

 La respuesta de Jesús a la interrogante antes citada es sabida de todos (Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la inscripción? Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios, Mateo 22:20-21). A la respuesta de Jesús Theo Donner comenta lo siguiente:

Si debemos darle a Cesar la moneda porque lleva su imagen, la conclusión lógica es que hemos de dar a Dios lo que lleva la imagen de Dios – es decir, que hemos de entregarnos a él en forma integral.

La respuesta de Jesús no estaba empeñada, en absoluto, en alterar el sistema terrenal dominante de aquella época, sino que ocupó su argumento en exigir el tributo a Dios porque llevamos su imagen. Es así que el ministerio de Jesús no buscó hacer cambios administrativos de gobiernos, como tampoco alterar la política existente en su época, sino que su mensaje llamaba a volverse a Dios, arrepentirse del pecado y que creyeran en él como el único Señor y salvador, (Juan 5:24). 

 Aunque existe una diferencia histórica, cultural como principalmente política, los principios que entrega la Palabra de Dios siguen siendo los mismos. Entonces la respuesta más sincera, es que, los cristianos discípulos de Jesús, no deben enfocarse e involucrarse en un conflicto político, sino que su esfuerzo hacia los gentiles es exhortarles a acercarse al conocimiento de Cristo (Juan 17:3).

Una respuesta a la polarización

La Iglesia de Dios no debe perder de vista su verdadera ciudadanía, la cual está en los cielos (Filipenses 3:20). Es un pueblo santo, la sal de la tierra que preserva a este mundo caído de la descomposición total (Mateo 5:13), es llamado a ser la luz del mundo que ilumina en medio de la oscuridad (Mateo 5:14). Es así, que los poderes de este mundo, entre ellos el poder político, no pueden dirigir su forma de pensar, tampoco se debe depositar la esperanza en promesas fuera de la Palabra de Dios, menos aún orientar la interpretación de las Sagradas Escrituras en postulados políticos, como se ve con frecuencia en las redes sociales. 

Considerando esta situación por la que los cristianos se ven muchas veces envueltos, John P. Stead refiere las siguientes palabras: 

Los creyentes en Cristo necesitamos estar firmes tanto espiritual como intelectual, moral y políticamente en que somos la alternativa vital, separada de un sistema mundano que glorifica el materialismo, la autoindulgencia y el poder político. 

Cuando el cristiano se deja llevar por la corriente de este mundo pierde su visión y cae en esta clase de disputa por el poder del cual somos testigos en este último tiempo, degradándose al punto de alejar su fe del único Dios verdadero, agrediendo al que piensa distinto y manipulando La Palabra de Dios. 

Finalmente, cada cristiano debe considerar si acaso la respuesta de Jesús le es satisfactoria, o ¿hubiese preferido que dijera que no era lícito pagar el tributo? Por otro lado, debe plantearse de que manera quiere afrontar la situación país, si acaso es tomando algún bando de la politización política, o respondiendo a la manera de Cristo. 

CITAS. 

Donner, T. Posmodernidad y fe. (Barcelona: CLIE, 2012). (pág. 116).Stead, J. P. Piense Conforme a La Biblia, Desarrollo de una visión Bíblica de Iglesia y Estado. (Michigan: PORTAVOZ, 2004). (pág. 316).

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