Por Amos Yong*

Mis dos entradas previas sobre el pentecostalismo y lo político se han acercado a esta intersección mediante la consideración de la oración y lo profético. Aún si fuese exagerado, de todos modos, los observadores cuidadosos de la vida religiosa saben bien que los cristianos están llamados a orar por sus gobiernos y líderes políticos, incluso cuando puede haber ocasiones de desobediencia civil; lo que la tradición escritural llama “resistencia profética” en respuesta a lo que ocurre en la polis. Pero pese a que la oración y lo profético pueden estar ligadas con la esfera pública de esta manera, ¿no es acaso junto con ellas la alabanza una actividad solamente religiosa, sin consecuencias públicas o políticas? ¿Qué tiene que ver la vida litúrgica de las comunidades de fieles, especialmente las pentecostales con sus extensos cánticos, sus gritos, sus palmas y sus danzas, con la vida pública?

Por supuesto, aquellos que conocen las historias bíblicas han oído sobre cuando el antiguo Israel fue instruido a marchar alrededor de los muros de Jericó, siguiendo a sus siete sacerdotes, que tocaban sus siete trompetas de cuerno de carnero (Jos. 6,4). En al menos dos ocasiones en el Nuevo Testamento, se hace notar que cuando los creyentes de la era apostólica fueron perseguidos por su fe por los magistrados, respondieron no solo con oración sino también con alabanza (Hch. 4,24-31 y 16,25). En estos relatos, los planos religioso y político están conectados. Y estos relatos de los primeros cristianos seguidores de Jesús tienen un rol normativo en el moderno imaginario pentecostal. Al igual que otros restauracionistas, ellos miran a los testimonios apostólicos, especialmente aquellos registrados en el libro de los Hechos, como prescriptivos para la vida y práctica cristianas; la diferencia es que la mayoría de los pentecostales creen que ellos también pueden experimentar el tipo de respuesta divina a su alabanza del modo en que ocurría con la primera generación de seguidores de Jesús. 

No es una novedad que, mientras que hay un número creciente de creyentes pentecostales apostando formalmente a participar en procesos políticos de gobiernos locales, nacionales e internacionales, las bases en general están felices de seguir orando y alabando a Dios en sus hogares, templos y reuniones comunitarias. Si una mentalidad secular replica que en las democracias liberales aquella es una expresión apropiada para la privacidad de la vida religiosa, como algo distinto a lo que ocurre en la polis que es pública, algunos pentecostales estarían de acuerdo. Dirían que son “apolíticos”, prefiriendo buscar y confiar a que Dios orqueste medidas gubernamentales en beneficio de los santos, incluso si todo el tiempo permanecen orando y alabando a Dios mientras anticipan la intervención divina en las esferas política, social y económica de sus vidas.

Otros, sin embargo, podrían ver su oración y alabanza como algo más fundamentalmente político que votar, ser candidatos a un cargo o trabajar como activista en una organización no gubernamental. Una actitud como esa podría deberse al acto de alabanza, el cual al tiempo que es esencialmente religioso, para aquellos que se toman el tiempo de practicar esta actividad también es un modo de impactar, si es que no modelar el mundo conocido y sus realidades. Declarar alabanzas a su Dios y ensalzar su nombre en adoración no es, en este caso, simplemente algo que los creyentes hacen en sus espacios privados, sino que constituye una exaltación de la autoridad, poder y reino divinos sobre cada dominio de sus vidas, sin exceptuar el político. En este caso, la alabanza, como las trompetas sacerdotales alrededor de la muralla de Jericó, puede abrir puertas políticas, transformar la arena pública, e incluso quizá trastornar el mundo conocido (como es dicho de los apóstoles en Hechos 17,6).

Para dejarlo claro, algunos pentecostales perciben, a partir de sus tiempos de alabanza, que Dios los ha ungido para tomar acciones públicas en nombre de lo divino. Los resultados podrían ser ambiguos, especialmente cuando el interés propio es confundido con el impulso celestial. En mirada retrospectiva, sabemos que para muchos de los que se sienten elevados en la oración y la alabanza, hay una fina, si es que discernible, línea entre la “guerra espiritual” y el alzamiento en armas por causa de la fe. Sin embargo, ya sea que se emprenda o no justamente una causa real de guerra, la dimensión política de la alabanza personal y grupal ya no debería pasarse por alto. En el mejor de los casos, la alabanza y adoración cristianas reconocen la dirección divina en modos que edifican al pueblo de Dios incluso en situaciones políticamente adversas. Muchos testimonios pentecostales han surgido precisamente de tales circunstancias, en cuyo caso nunca debemos subestimar la potencia de la alabanza para renovar la fe en la plaza pública.

*Teólogo pentecostal. PhD. en Religion and Theology, Boston University. Profesor de teología en la Regent University School of Divinity, Virginia.

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Originalmente publicado en Reverberations, 2014. Traducido con Autorización. Traducción de Luis Aránguiz Kahn.

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