*Por Miguel Ulloa

Espíritu de gracia, salud y poder, fuente de luz y amor en esta tierra, derrama sobre todas las naciones las lluvias de tu influencia sanadora.
– Juan Wesley

La celebración cristiana de pentecostés, circunstancialmente, coincide con el “Día de la Experiencia Wesleyana”, o el también denominado “Dia del corazón ardiente”, donde metodistas y herederos de esta tradición, recuerdan el momento en que Juan Wesley vivió una de sus experiencias más importantes que marcó un antes y un después en su vida religiosa. El 24 de mayo de 1738, participando de un servicio religioso en una sociedad morava (tradición luterana) en la calle Aldersgate, en Londres, su diario registra este momento con las siguientes palabras: “Como a las nueve menos cuarto, mientras escuchaba la descripción del cambio que Dios opera en el corazón por la fe en Cristo, sentí arder mi corazón de una manera extraña. Sentí que confiaba en Cristo, y en Cristo solamente, para mi salvación. Y recibí la seguridad de que Él había borrado mis pecados y que me salvaba a mí de la ‘ley del pecado y de la muerte’. Me puse entonces a orar con todas mis fuerzas por aquellos que más me habían perseguido y ultrajado. Después di testimonio público ante todos los asistentes de lo que sentía por primera vez en mi corazón[1].” Será esta experiencia espiritual la que moverá a Wesley y le movilizará.  Pero esto no sólo quedó en una experiencia espiritual personal, sino, como lo menciona el Obispo Federico Pagura, padre del metodismo latinoamericano, tuvimos el privilegio de que nuestro movimiento lo fundara Juan Wesley, quien tenía conciencia de que el evangelio debía ser una transformación personal seguida de una transformación de la sociedad.

Será este el carisma que el metodismo primitivo expresó, y esto tiene relación a la percepción que tenía Wesley en relación al Espíritu Santo, y aunque no desarrolla largas reflexiones acerca de este asunto, sí lo puso en el centro de su comprensión de la vida cristiana, la iglesia y la sociedad, donde esté no es sólo comprendido como un atributo divino, sino que es: la activa acción de Dios en medio de la humanidad. Frecuentemente, Wesley empleará un lenguaje terapéutico y hablará del Espíritu de Dios como el “médico”, culla presencia y acción sana la naturaleza pecaminosa del ser humano, de ahí que, declarará que el Espíritu “inspira” la vida. El concepto “inspira” que Wesley utiliza, está relacionado y vinculado con la raíz latina de la palabra (inspirare), que la podemos traducir como, respirar, animar, infundir nueva vitalidad, entre otros sinónimos. Bajo esta dinámica, debemos considerar la mención que hace en la carta que envía a un Católico Romano, donde define que es este Espíritu “quien obra toda santidad en nosotros”[2].

Al sistematizar lo que tiene que ver con el Espíritu Santo, en la tradición wesleyana o el pensamiento de Juan Wesley, debemos considerar que Wesley tiene la virtud de unir la aproximación dogmática, la forma en que la iglesia ha confesado a Dios, y la significación personal, la manera como la persona se apropia existencialmente de la acción de Dios. Desde esta mirada, la tradición metodista no se quedará en una definición conceptual, abstracta y basada en conceptos especulativos, sino que, buscará como estas declaraciones se transforman en realidades, de ahí que Juan Wesley hablará de una divinidad práctica: Esta es la teología que trata directamente con el problema de cómo una persona se convierte al cristianismo y de cómo permanece siendo un cristiano. Esto tiene que ver solamente con aquellas verdades que son necesarias para la salvación[3].

EL ESPÍRITU SANTO

Referente al Espíritu Santo, ante todo, Wesley se funda en la tradición dogmática de la Iglesia, en su diálogo con un católico romano, describe con estas palabras al Espíritu Santo:  “Creo que el infinito y eterno Espíritu de Dios, igual que el Padre  y el Hijo, no sólo tiene perfecta santidad en sí mismo sino que es  quien obra toda santidad en nosotros: ilumina nuestra mente; corrige  nuestros deseos y sentimientos y renueva nuestra naturaleza; une  nuestra persona a la de Cristo, asegurando así nuestra adopción como  hijos; guía nuestras acciones, y purifica y santifica nuestras almas y  cuerpos para que nuestro gozo en Dios sea completo y eterno”[4]. En la primera parte, la afirmación es meramente dogmática, encontrando su base en las resoluciones del Concilio de Constantinopla, complementándose con una aproximación pastoral y activa.

Cuando Wesley en sus sermones habla del Espíritu y de la acción de él, está enmarcado tácitamente en el concepto del nuevo nacimiento, de ahí que, mencionará: “Si algunas doctrinas, dentro del ámbito total del cristianismo, pueden propiamente llamarse fundamentales, indudablemente lo son estas dos: la doctrina de la justificación y la del nuevo nacimiento: la primera en relación con la gran obra que Dios hace por nosotros, al perdonar nuestros pecados; la segunda con la gran obra que Dios hace en nosotros, al renovar nuestra naturaleza caída. En orden cronológico, ninguna de estas es anterior a la otra. En el mismo momento en que somos justificados por la gracia de Dios mediante la redención que hay en Jesús somos también nacidos del Espíritu; pero en el orden del pensamiento, como se dice, la justificación precede al nuevo nacimiento. Primeramente, concebimos que su ira es apartada, y luego que su Espíritu obra en nuestros corazones”[5].

Como un elemento clave en el pensamiento de Wesley, que le hace característico, en el Sermón 122: “El porqué de la ineficacia del cristianismo”, menciona las acciones que ofenden al Espíritu Santo, en todas las menciones que hace estas están relacionadas a la indiferencia ante los que no tienen, los pobres y los necesitados. Explícitamente, Wesley mencionará: “Ruego a Dios que me permita, antes de que vaya y perezca, levantar mi voz una vez más, como un toque de trompeta, para alertar a aquellos que ganan y ahorran cuanto pueden, pero no dan todo cuanto pueden. Son fundamentalmente estas personas quienes continuamente ofenden el Santo Espíritu de Dios, y son responsables en gran medida de que su gracia no descienda en nuestras asambleas. Muchos hermanos nuestros, amados de Dios, no tienen comida, no tienen vestido con qué cubrirse, no tienen dónde recostar su cabeza”[6].

LA ACCIÓN Y LA OBRA DEL ESPÍRITU SANTO

Wesley señala que el Espíritu es lo que Dios hace en nosotros, y esto queda claro en la producción teológica que desarrolló Juan y Carlos Wesley, uno a través de cartas, sermones y tratados, y el otro a través de la himnología, lo que se convirtió en un manual de teología para las masas. Precisamente, en las Obras de Wesley en su versión en español, hay a lo menos cuatro sermones claves, entre muchos otros, para entender lo que hace el Espíritu en y por el ser humano, estos son: Las primicias del Espíritu (sermón 8); El testimonio del Espíritu 1 y 2 (sermón 9 y 10); El testimonio de nuestro propio espíritu (sermón 12).

En todos estos, hay una serie de conceptos que van de la mano, específicamente, la obra del Espíritu (la acción de Dios), el andar en el Espíritu (la respuesta humana), el testimonio del Espíritu (la acción permanente) y los dones del Espíritu (dones mutables de acuerdo a las necesidades de la Iglesia)

La obra del Espíritu: Andan «conforme al Espíritu tanto» en sus corazones como en sus vidas. El Espíritu les enseña a amar a Dios y a su prójimo con un amor que es como fuente de agua que salta para vida eterna. Y por el Espíritu son guiados a cada deseo santo, a cada sentimiento divino y celestial, hasta que cada pensamiento que nace de sus corazones es santidad al Señor[7].

Andar en el Espíritu: Estos son los que en verdad andan en el Espíritu. Estando llenos de fe y del Espíritu Santo, poseen en sus corazones y muestran en sus vidas, en todo el curso de sus palabras y acciones, los frutos genuinos del Espíritu de Dios, es decir, amor, gozo, paz paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza, y cualquier otra cosa que es buena y digna de alabanza. Adornan en todas las cosas el evangelio de Dios nuestro Salvador; y dan prueba total a toda la humanidad de que están verdaderamente movidos del mismo Espíritu que levantó de los muertos a Jesús[8].

El testimonio del Espíritu: Pero una vez que hemos recibido el Espíritu de adopción, la paz que sobrepasa todo entendimiento, y que echa fuera toda duda y temor guardará nuestros corazones y mentes en Cristo Jesús. Cuando ese Espíritu ha producido en nosotros el fruto genuino y toda santidad interior y exterior, se hace evidente que la voluntad de aquél que nos llama es darnos siempre lo que una vez le plugo conceder. De manera que no hay el menor temor de que jamás nos falte el testimonio del Espíritu de Dios o el de nuestro propio espíritu: la conciencia de que andamos en toda justicia y santidad[9]

Los dones del Espíritu: Si estos dones del Espíritu Santo han de permanecer en la Iglesia a través de las edades, y si serán devueltos o no al aproximarse los tiempos de la restauración de todas las cosas, son asuntos que no es necesario que decidamos. Lo que sí es necesario observar, sin embargo, es que, aun en la época en que la iglesia estaba comenzando, Dios repartió estos dones con mesura. ¿Eran, en esa época, todos profetas? ¿Obraban todos milagros? ¿Tenían todos el don de sanidad? ¿Hablaban todos en diversas lenguas? Ciertamente que no. Tal vez no había ni uno entre cada mil personas que poseyera uno de estos dones. Probablemente nadie excepto los maestros de la iglesia, y aun entre estos sólo algunos poseían los dones. Fue, por lo tanto, para un fin más excelente que todos fueron llenos del Espíritu Santo. Fue para darles (lo que nadie puede negar que es esencial a los cristianos de todas las épocas) el sentir que hubo también en Cristo Jesús, esos santos frutos del Espíritu sin los cuales nadie puede llamarse parte de su pueblo; para llenarlos de amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad; para llenarlos de fe (lo cual podría también traducirse como «fidelidad»), de mansedumbre y templanza; capacitándolos para crucificar la carne con sus pasiones y deseos; y como consecuencia de este cambio interior, cumplir toda santidad exterior, para andar como Cristo anduvo en la obra de la fe, el trabajo del amor y la constancia en la esperanza[10].

Wesley declarará que, el único signo visible y extremo de esa experiencia, se puede resumir en: la vida transformada, los frutos del carácter y de la conducta, los frutos del espíritu. Esto que Wesley planteó tan bien, en palabras de Gonzalo Báez Camargo, salvó al metodismo primitivo de convertirse en una simple oleada de emociones desbocadas y de sentimentalismo ululante. Wesley había experimentado un profundo cambio en el corazón, pero siempre conservó la cabeza sobre los hombros[11], evidencia de esto es lo que menciona en el Sermón: “La naturaleza del entusiasmo”, donde crítica fuertemente el fanatismo religioso:  “Tal es el caso de los fanáticos de la religión, aunque tal vez sería más acertado decir que son fanáticos de ciertas ideas y formas de culto a las que ellos adjudican la categoría de «religión». También ellos se figuran ser creyentes en Jesús; es más, creen que son los campeones de la fe que una vez fue dada a los santos. En consecuencia, todo su comportamiento se basa en esa vana suposición. Si su premisa fuese válida, su conducta se podría disculpar, pero ahora se ha puesto de manifiesto que ella es consecuencia de una mente y un corazón desordenados”[12]. Un segundo grupo de entusiastas lo forman las personas que imaginan haber recibido determinados dones de Dios, cuando en realidad esto nunca ocurrió. Es así que algunos imaginaron poseer el don de realizar milagros: curar a los enfermos por medio de la palabra, o tocándolos, devolver la vista a los ciegos, y hasta resucitar a los muertos–de esto último hay un ejemplo reciente en nuestra historia. Otros se han dedicado a profetizar, a anticipar lo que ha de suceder, y todo esto con mayor certeza y precisión. Pero, por lo general, un breve tiempo basta para disuadir a estos entusiastas. Cuando los hechos desmienten sus predicciones, la experiencia les demuestra lo que la razón no pudo, y los vuelve a su sano juicio[13]

PROVOCACIONES DEL ESPÍRITU

(citas textuales del pensamiento de Wesley)

El retrato de un metodista: Metodista es quien tiene el amor de Dios derramado en su corazón por el Espíritu Santo que le fue dado; quien ama al Señor su Dios con todo su corazón y con toda su alma y con toda su mente y con toda sus fuerzas.  Dios es el gozo de su corazón Y el deseo de su alma, que clama constantemente: «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? ¡Y fuera de ti nada deseo en la tierra!  ¡Mi Dios y mi todo! ¡Tú eres la roca de mi corazón y mi porción para siempre![14]»

Los deseos de santidad: De igual modo el Espíritu Santo obra en nuestros corazones, no sólo despertando el deseo de alcanzar la santidad en general, sino haciendo que busquemos afanosamente cada una de las manifestaciones de la gracia, y guiándonos hacia todo lo amable.  Este accionar resulta más que apropiado teniendo en cuenta que la fe se perfecciona por las obras[15].

El amor a Dios y a la humanidad: Esta religión no es otra que el amor: el amor de Dios y de toda la humanidad. El amar con toda la mente, con todo el corazón y con todas las fuerzas al Dios que nos amó primero, fuente de todo don recibido y de toda esperanza por disfrutar. Y amar, como a nuestra propia alma que Dios ha creado, todo ser humano sobre la tierra. Creemos que este amor es la medicina de toda la vida, el remedio infalible para todos los males de este mundo… esta es la religión que quisiéramos ver establecida en el mundo, una religión de amor, de gozo y de paz, asentada en lo más profundo del alma humana, pero con frutos siempre renovados[16].

Coherencia entre el hablar y el hacer: ¿Por qué sufren tanto? Porque ustedes despiadadamente, injusta y cruelmente, retienen lo que nuestro Señor, el Señor de ellos y de ustedes, ha puesto en sus manos para que ustedes atiendan las necesidades de ellos. ¡Vean a los miembros pobres de Cristo, traspasados de hambre, temblando de frío, semidesnudos! Mientras tanto ustedes disfrutan de la abundancia de las cosas de este mundo: carne, bebida y vestimenta. En nombre de Dios, ¿qué están haciendo? ¿Acaso no temen a Dios ni respetan a los hombres?[17]

Valparaíso, Año del Señor 2021.

*Miguel es Pastor de la Iglesia Metodista de Chile en Valparaíso.


[1] Obras de Wesley, Vol. 11, p 66.

[2] Obras de Wesley, Vol. 8, p 172.

[3] VVAA (2002) Estás doctrinas enseñó, p 12.

[4] Obras de Wesley, Vol. 8, p 172.

[5] Obras de Wesley, Vol. 3, p 105.

[6] Obras de Wesley, Vol. 4, p 268.

[7] Obras de Wesley, Vol. 1, p 154.

[8] Obras de Wesley, Vol. 1, p 155.

[9] Obras de Wesley, Vol. 1, p 227.

[10] Obras de Wesley, Vol. 1, p 76-77.

[11] BAEZ, C. (1981) Genio y Espíritu del metodismo wesleyano, p 33.

[12] Obras de Wesley, Vol. 2, p 363.

[13] Obras de Wesley, Vol. 2, p 365.

[14] Obras de Wesley, Vol. 8, p 27.

[15] Obras de Wesley, Vol. 8, p 148.

[16] Obras de Wesley, Vol. 6, p 11-12.

[17] Obras de Wesley, Vol. 4, p 268.

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