Las epístolas del bautismo, de Edmund Fairfield – Por Eric Martínez Bustos

fairfield

*Por Eric Martínez
Traductor de la obra al castellano

No es un secreto que el mundo pentecostal, en general, rehúye de la teología, sin embargo, en el naciente movimiento, ante la crítica doctrinal debido al bautismo practicado por esta nueva iglesia —tanto en lo que respecta al modo, como también el debate acerca de a quienes se debe bautizar— fue la teología la que prestó ayuda al fundador del pentecostalismo chileno, Willis Hoover.  Él escribe una serie de artículos en 1925 en defensa de su práctica bautismal: en el primero de ellos se refiere al modo de administrarlo, y, a diferencia de los hermanos bautistas, apela a la aspersión, apoyándose, entre otros, en el libro Letters on Baptism de E. B. Fairfield.

Epístolas del Bautismo nos acerca al pensamiento de Hoover en lo que respecta al modo de bautizar. Las iglesias que provienen de forma más o menos directa del movimiento pentecostal original conservan, la mayoría, una práctica bautismal mediante la aspersión. A la fecha, la Iglesia Evangélica Pentecostal conserva en sus Artículos de Fe —heredados del metodismo wesleyano— el Artículo XVII, en el que, de forma muy escueta, simplemente se dice que «el bautismo por aspersión debe conservarse en la iglesia» (es interesante notar que el original no contiene esta instrucción, aunque no es extraño que se la haya agregado pues ha sido su práctica normal). La Iglesia Metodista Pentecostal (de derecho público), conserva en su declaración de fe la expresión «el Bautismo por aspersión para arrepentimiento», mientras que en su homóloga, pero de derecho privado, no menciona la forma en que debe administrarse.

Este breve repaso muestra que en las iglesias pentecostales más clásicas el bautismo no parece ser de una importancia tan grande como lo fue para su fundador. De hecho, es muy interesante que la gran mayoría de iglesias que han salido de estas dos principales ramas del pentecostalismo, han abandonado la práctica de la aspersión para reemplazarla por la inmersión. Esto da cuenta de la debilidad teológica y/o argumentativa actual en contraposición de las formas originales del movimiento, en que su fundador estuvo preocupado de sustentar teológicamente sus postulados.

Este libro, por primera vez en español, viene a recordar al lector pentecostal que es posible argumentar teológicamente la doctrina del bautismo que practica habitualmente, como también cualquier otra práctica —que tenga sustento bíblico—.

En la primera carta, el Rev. Fairfield responde a un amigo que le ha preguntado acerca de las razones de su cambio de iglesia, las cuales obedecen a un cambio de perspectiva sobre un tema que era —o sigue siendo— un tema trascendental para los hermanos bautistas. No es un cambio que se haya gestado por ideas personales previas, sino que es el estudio mismo del asunto, lo que lo ha llevado a cambiar su postura. Plantea además la metodología que seguirá para abordar este cambio de sus puntos de vista, la que será mediante una serie de cartas, en la que aportará su propio estudio, y responderá las dudas que surjan de su querido amigo.

A fin de discutir la forma en que debe ser administrado el bautismo, si inmersión o aspersión, Fairfield se plantea la siguiente pregunta: ¿qué significa la palabra bautizar? Y, en la respuesta, sorprende el hecho de que los bautistas de su época tuvieron una traducción propia en que tradujeron el término simplemente como sumergir, dando la idea de que no puede ejecutarse de ninguna otra manera, más que de esta. Eso nos lleva a un punto en el que, o bien ellos tienen la absoluta razón y todos los demás estamos equivocados, o viceversa. Por ello, en esta segunda carta analiza los verbos que aparecen en la gran comisión y los clasifica en palabras de importancia general y de modo específico. En lo sucesivo, desarrollará la idea que plantea aquí, para probar qué tipo de palabra es «bautizar» dentro del mandato de la Gran Comisión.

Siguiendo con la idea anterior, en la tercera y cuarta carta el autor explora el significado de la palabra griega baptizo, a la cual recordemos, la versión Bautista de la época, tradujo simplemente como sumergir. El lector encontrará un hábil repaso de lo que significa buscar un término propio que transmita la misma idea que tenían quienes usaban el griego como su lengua común. Si bien en este capítulo se encuentra un análisis del término griego, no es necesario, aunque deseable, que el lector conozca esta lengua, pues el Rev. Fairfield se da el trabajo de explicar cada uno de ellos, además de las ayudas en notas de pie del traductor. En cuanto al significado y al uso, si la palabra baptizo fuera una de modo específico —como se cree en los círculos bautistas de su época— esto debería indicarse en la Gran Comisión, es decir, precisar «aquello en lo que se va a realizar la inmersión» (pag. 17). El Dr. Fairfield arguye que «de unos veinte casos en la Biblia en los que se usa la palabra “sumergir”, solo tres de ellos hacen referencia a sumergir en agua» (pag. 18).

Si la palabra en cuestión no expresa un modo específico, entonces debe expresar solo una idea general, pero esto debe probarse por el uso y el entendimiento de aquellos que usaron la palabra en su minuto. Esto lo desarrolla en la quinta y sexta carta. Para ayudar en esta labor, generalmente se usa un léxico griego, sin embargo, muchos de ellos añaden palabras a los significados, lo cual es considerado, para E. B. Fairfield, como un grave descuido. Para la búsqueda de una definición más exacta, el autor apela al uso dado en escritos apócrifos —aunque no son autoritativos, si muestran el uso del lenguaje de su época— como también la Septuaginta. Es aquí, en la sexta carta, donde introduce un —a estas alturas— posible significado de la palabra baptizo, a saber, aspersión, justamente debido al uso en el griego de estos escritos antiguos. Interactúa además con otros teólogos de su época como el Dr. Alexander Carson, quien fue un connotado autor bautista de aquellos días.

Hasta este punto, el lector pentecostal es beneficiado al comprender los fundamentos que existen para respaldar la postura de la aspersión por sobre la inmersión. En una época marcada por la inexactitud teológica en algunos sectores pentecostales, afianzar una visión correcta, fundada en las Escrituras, y en el análisis concienzudo de la evidencia, en este caso, a favor de un modo de administrar el bautismo, permite al lector pentecostal aprender un procedimiento, no solo para probar esta doctrina, sino para analizar su propia cosmovisión.

Ya al finalizar su sexta carta, el terreno está preparado para introducir el significado de la palabra en cuestión planteado por el autor, es decir, el de limpieza ceremonial. Sin embargo, antes de poder proseguir en dicha línea de pensamiento, en su séptima carta aborda la objeción, ya típica, que dice relación con la traducción literal de baptizo. Para ello, Fairfield, interactúa no solo con los escritos antiguos que ha mencionado anteriormente, sino también con el hebreo. Fairfield fue profesor de lenguas bíblicas durante muchos años, y en este escrito deja ver su gran capacidad en esta área. Además de esto, utiliza, en defensa de su punto, los usos y costumbres de la época griega, especialmente de los viajeros de Oriente.

Superada ya la objeción de su amigo, prosigue retomando el punto de la purificación ceremonial, y en ese sentido, expresa, en su octava epístola, que prácticamente todos los que lo hicieron, tanto en el Antiguo Testamento, como en los libros Apócrifos, utilizaron la aspersión como el modo correcto de administración. Para esto, considera de forma predominante, el texto de Hebreos 9:10, «diversos bautismos», sobre los cuales realizó un listado, para su sorpresa —dice él— «purificaciones había, diversas de ellas, pero inmersiones, ¡ni una!» (pag.47).

Para un pentecostal, la comprensión del bautismo es crucial, puesto que luego, en el entendimiento tradicional de su sector, viene el bautismo del Espíritu Santo, y encontrar similitudes entre ambos, considero, es de la mayor importancia. Si el bautismo en agua es principalmente un símbolo de purificación, entonces permite relacionar a este como un símbolo también del bautismo del Espíritu Santo. En estos argumentos, el lector pentecostal interesado, ganará una razón para cimentar su propio pensamiento con relación a este bautismo espiritual.

Es interesante realizar una salvedad a la hora de leer a este autor, pues en algunos lugares de su desarrollo él se refiere a “la antigua dispensación”. El lector pentecostal relacionará esto de forma casi inmediata a su concepto dispensacional, sin embargo, este autor no se está refiriendo a ello, sino que lo usa como sinónimo de Antiguo Testamento.

En la novena epístola, prosigue con la prueba de la purificación ceremonial, sin embargo, esta vez lo aborda desde la discusión de si el bautismo es «en» agua o «con», parece una cuestión sutil y sin mayor trascendencia, pero la forma de traducir la preposición griega aportará significado si se hace correctamente. Luego, prosigue con la purificación ceremonial, y muestra que la predicación de Juan el Bautista estuvo marcada por el elemento purificador, lo que concuerda con la definición de bautismo de nuestro autor.

Posteriormente, en la décima carta, analiza las circunstancias geográficas para un bautismo masivo en la conversión de las tres mil personas que se bautizaron en Pentecostés. También, en esta epístola, menciona la relación entre Circuncisión y Bautismo —como también entre la Pascua y la Santa Cena—, uniéndolas en la expresión de su significado, «las dos grandes doctrinas de ambas dispensaciones son las mismas, justificación y santificación—perdón y santidad— perdón y pureza».

Luego de estos argumentos, explora el modo apostólico del bautismo, y para ello, se vale de un interesante análisis lingüístico del griego. La undécima carta aborda este asunto a petición del interlocutor de nuestro autor.

La duodécima carta es una interesante respuesta que interactúa con el pasaje de Lucas 12:50, pues para su interlocutor, parece ser que este pasaje sería insalvable para la postura del Dr. Fairfield. Sin embargo, con una capacidad admirable, navega por el texto, demostrando que para nada afecta su interpretación. No solo este pasaje escritural es abordado por el autor, sino también Juan 3:5, el que una vez más, supera con gran capacidad.

El análisis que realiza del conocido pasaje de Romanos 6:1-11, en el que se dice que «somos sepultados juntamente con él para muerte en el bautismo» es sobremanera interesante, considerando que es, hoy en día, una argumento bastante usado para la defensa de la inmersión, en contraposición a la aspersión. Este abordaje, dado en la decimotercera carta, no debe ser pasado por alto por el lector interesado. La decimocuarta epístola continua la interacción con algunos pasajes difíciles, como Hechos 22:16 y también 1 Pedro 3:20-21, además de analizar algunos bautismos realizados en el libro de Hechos y el testimonio de varios Padres de la Iglesia.

La conclusión general de todo el argumento es dada en la última carta, en la que se refuerza la interpretación del autor sobre el bautismo como purificación ceremonial, y se recogen nuevamente algunos argumentos de los Padres. Esboza el nivel de importancia que esto tuvo en los bautistas de su época —queda por ver si aún es así entre los actuales bautistas— que incluso «crearon una Sociedad Bíblica separada con el propósito de asegurarse de que esta palabra fuera traducida así en todos los idiomas» (pag. 111). Añade aquí un argumento que, si bien no es teológico, invita al menos a una reflexión seria pues él, siendo aún bautista, tuvo algunos problemas de salud asociados a bautizar por inmersión en una época, por ejemplo, primaveral.

El mismo autor explica que pudo haber argumentado un poco más si hubiese analizado los argumentos del paedobautismo, sin embargo, reconoce que no ha llegado a tal análisis aún en su vida.

Las palabras finales de su última carta marcan también un elemento que puede ser interesante para más de alguno. Todo el libro, si bien es un argumento para la aspersión, es también una respuesta a una pregunta crucial, a saber, su salida de la Iglesia Bautista. En esta época de masivo éxodo pentecostal, como se ha dicho en más de una ocasión en distintos lugares, los lectores podemos aprender de la actitud de nuestro autor, quien de forma argumentada da respuesta a las preguntas sinceras de su amigo. Además de eso, no se observa una actitud sectarista, en la que ya no considere a los Bautistas como hermanos, sino que se expresa de la siguiente forma al respecto: «Separados aquí por las diferencias de sentimiento, esperamos la reunión más plena en el hogar de lo alto».

Las iglesias pentecostales que practican la aspersión son cada vez menos, y la mayoría de ellas no tienen las herramientas para una correcta defensa de sus puntos de vista. Este libro es una respuesta razonada a quienes están en la búsqueda de probar teológicamente su forma de administrar el bautismo, y es también una ayuda para quienes se oponen a la aspersión, para una mayor comprensión de esta práctica.  

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