Lo que nos hace falta de John Wesley

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*Por Luis Aránguiz

Los 24 de mayo se celebra el Aldersgate day, que es el día de 1738 en que John Wesley, uno de los fundadores del formidable movimiento metodista, tuvo la certeza espiritual de su nuevo nacimiento estando en una reunión en Londres. Así que hoy es un buen día para recordarlo y rescatar algunas de las muchas bondades que le legó a los evangélicos a nivel mundial. 

Uno de los grandes temas por los cuales se ha querido recurrir a Wesley en las últimas décadas ha sido el énfasis que le dio a la preocupación por el bienestar social, rescatado además por la propia tradición metodista en Estados Unidos y reflejado en el credo social a principios del siglo XX. No obstante, como queda en evidencia al introducirse en las discusiones de la tradición, también existe la preocupación de que, finalmente, el sentido social sea lo dominante, dejando así de lado otros temas de interés vital. 

Lo cierto es que, si bien en Wesley existió innegablemente este sentido, no era algo que dominara entre todos sus otros intereses. Como líder de un movimiento emergente, uno de los puntos en los que coincide buena parte de la literatura sobre él, es que la preocupación principal siempre fue la cuestión de la conversión, seguida de la santidad. Y es a ella que se sujetan todas sus otras preocupaciones.

La preocupación principal (para Wesley) siempre fue la cuestión de la conversión, seguida de la santidad.

Así, lo primero que importa rescatar de Wesley es la preeminencia que le otorgó a la transformación personal. Lo segundo que importa rescatar es que puso una atención importante al bienestar social siempre sujeto y como consecuencia de, ante todo, el énfasis en la conversión. De aquí se desprende la comprensión wesleyana en los efectos de la religión cristiana: el cambio personal produce cambio social, y, por lo tanto, es en ese orden que ha de estructurarse la acción de los cristianos. En días en que se discute con tanto ahínco el lugar que le cabe a lo uno y lo otro, la comprensión wesleyana de este orden es algo que sin duda no sobra recordar. 

Resuelta esta cuestión de énfasis, hay otros tópicos en los que Wesley nos resulta de particular interés hoy. Uno de ellos es su respeto por la tradición cristiana. Esto se reflejó en su conservación de parte de los artículos de la Iglesia Anglicana, la suya, y que sintetizan elementos del milenario desarrollo teológico cristiano en materias fundamentales como la trinidad y la cristología, y del desarrollo protestante en materias como la justificación por la fe y los sacramentos. También se reflejó en su recuperación de la patrística oriental como parte de su reflexión teológica. Está de cajón su respeto por la reflexión teológica, algo que en algunos círculos evangélicos se vuelve una urgencia, si acaso quieren llevar todavía la palabra ‘evangélico’ con honor en los letreros de sus iglesias.

Asimismo, Wesley era un tipo de protestante que sabía convivir con otro tipo de protestante. Uno de los ejemplos más preclaros de esta actitud ante otros creyentes, fue su relación con George Whitefield, otro de los fundadores del metodismo. El disenso más importante que tuvieron fue el que mientras que Whitefield llegó a un convencimiento calvinista sobre temas soteriológicos, Wesley se mantenía férreamente arminiano. Pese a este profundo desencuentro doctrinal, mantuvieron un respeto y honorabilidad mutua que se reflejó hasta el último día de Whitefield. El sermón del funeral de este connotado metodista calvinista estuvo en manos de su rival teológico, el metodista arminiano John Weesley. Esto tiene mucho que enseñarnos sobre cómo lidiar con controversias doctrinales en días en que la cacería implacable de adversarios se ha vuelto una práctica recurrente. 

Algún lector avisado ya estará preguntándose por qué no menciono la distintiva espiritualidad wesleyana. La razón es sencilla: todo lo anterior, unificado, es parte de la espiritualidad wesleyana. No hay disociación entre un énfasis en la conversión y la santidad, y la actividad de servicio social. Tampoco hay disociación entre espiritualidad y teología y doctrina. Es precisamente esta altura la que le permitía a Wesley diferenciarse de otros protestantes sin por ello caer en la lógica de la enemistad. 

Estos son algunos de los rasgos de Wesley que hacen falta, pensando en las situaciones a las que se ven enfrentados actualmente los evangélicos. Su importancia excede tranquilamente al mundo metodista porque su figura tuvo una influencia no menor también fuera del metodismo. Sin ir más lejos, una parte del pentecostalismo desciende precisamente del metodismo, y a ese sector también le sería provechoso recuperar a Wesley. Aún los sectores evangélicos que no son herederos ni directos ni indirectos de él pueden extraer enseñanzas edificantes con un acercamiento apropiado. En cualquier caso, un buen punto de arranque para quienes quieran conocerlo o refrescar lo que conocen, sería una lectura atenta de sus comentarios sobre el Sermón del Monte. Feliz Aldersgate Day.

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