Migración: una doble responsabilidad

Inmigración Iquique

Por Tomás Landaeta Fuentealba*

El día sábado 25 de septiembre fuimos testigos de graves acontecimientos que han ocurrido en la ciudad de Iquique, donde un grupo de manifestantes bajo la irracionalidad y violencia más inaceptable comenzaron a quemar las pertenencias de migrantes en la vía pública a plena luz del día, esto bajo un contexto de manifestaciones contra la migración masiva y los efectos que ha generado una política, que sin juzgar su intención, ha provocado conflictos sociales.

El presente escrito no tiene el objetivo de ser un tratado teológico, más allá de algunas referencias bíblicas, sino ser una reflexión que aborda esta problemática desde dos miradas: la esfera pública y la esfera privada.

Por privada me refiero no solo a la acción particular de un individuo, sino a todas aquellas acciones que involucren a los grupos humanos, pero no desde lo político e institucional.
Siendo así, desde lo privado tenemos mucha responsabilidad como cristianos, ya que no se debe quedar al margen de un problema sobre el cual la Palabra de Dios sí hace referencia, y por el cual debemos trabajar.

El ‘hacer’, no solo consiste en postear en redes sociales nuestro rechazo a las agresiones xenófobas que recibieron los migrantes en la ciudad nortina, cosa que está bien denunciar, sino también llevar estas problemáticas a la oración e intercesión en nuestras iglesias (sobre todo si entendemos que los problemas sociales son el resultado de una realidad espiritual muchas veces ignorada) y, en particular, tomando medidas prácticas conforme al mandato de Dios sobre nuestra actitud a quienes son extranjeros (Éxodo 22:21, Deuteronomio 10:18, Jeremías 7:6). Esto implica no solo adoptar una actitud de no agresión a los migrantes, sino también una acción bajo los estándares de Cristo, esto es, amar al extranjero como a uno mismo (Levítico 19:34).

Ahora bien, la iglesia bajo sus diversas plataformas y grupos ya sea por iniciativa personal, pastoral, familiar o incluso alcanzando un nivel de grupo de la sociedad civil, siempre ha estado al tanto de estas problemáticas. Hay hermanos preocupados por los que llegan a nuestro país, migrantes que vienen en busca de mejores oportunidades de vida, muchos de los cuales han salido arrancando de países cuyas realidades son paupérrimas y cuyos gobiernos son nefastos.

Por otro lado, desde la mirada pública, necesitamos tener una perspectiva más amplia, de entender que no se gobierna ni se legisla solamente a un grupo ni se toma en cuenta solo una realidad, sino que existe la gran responsabilidad de generar paz y tranquilidad (hablo en términos bíblicos) o, en términos políticos, buscar el bien común. Esto quiere decir, generar en lo posible que la sociedad en su conjunto (sociedad compuesta por muchos grupos cuyos intereses y necesidades son variadas) puedan vivir de forma digna.

Dada estas razones, hay dos preguntas que debemos hacernos. Primero, ¿qué llevó a este grupo de personas manifestarse contra la migración masiva y a otro grupo extremo a actuar con violencia y xenofobia? Apelar al discurso de odio es lo más rápido, pero no soluciona el problema de raíz. Esto no significa que no haya odio porque los hechos hablan por sí mismos. El tema es que no tenemos la certeza de que lo acontecido se haya provocado por un discurso de odio. Siendo así, el primer trabajo que se debe hacer es escuchar a las personas involucradas, atender a los migrantes que viven en condiciones indignas, pero también escuchar a los ciudadanos chilenos que se manifestaron. Esto no se trata de apoyar alguna causa, se trata que desde lo institucional se logra el bien común, dirimiendo conflictos y generado las ayudas pertinentes.

Segundo, ¿cuál es el control migratorio que se necesita aplicar en el país? Esto también se responde desde lo institucional, lo que nos debe llevar al origen del problema que ha generado un hecho lamentable, que es considerar si el país estaba realmente preparado para una política migratoria de ayuda humanitaria a gran escala.

Entendemos que los países son soberanos y tienen el derecho de determinar sus leyes, pero también vivimos en un mundo conectado, por lo que independiente de la nacionalidad, todos somos seres humanos.  Bajo una inspiración socialcristiana, los Estados que están en mejores condiciones tienen el deber de ayudar a los Estados en condiciones desfavorables. Independiente de cuáles sean sus problemas, los gobiernos deben generar cooperación en el sistema internacional no solamente esperando alguna ventaja (aunque sea legítimo hacerlo) sino bajo un sentido de preocupación por el prójimo. Ahora bien, la cooperación no solo se hace transfiriendo la ayuda, sino también recibiendo a los beneficiarios, que en este caso en particular es lo más obvio, porque se trata de migrantes.

Sobre todo eso, la ayuda debe ser muy bien planificada y ejecutada, para que no se generen efectos negativos a otros grupos de personas. Digo esto desde una perspectiva matemática, porque si el país tiene una capacidad para atender a 10, sería imprudente recibir 20. Por capacidad no me refiero al espacio físico, aunque pueda ser quizás un factor, sino a la capacidad que tiene el país de atender las necesidades de las personas, sean estas nacionales o extranjeras, de la mejor manera posible.

Me apresuraría a decir que desde lo institucional se necesita aplicar control migratorio, entendido este como una política que baje al máximo la inmigración irregular. Por ejemplo, cerrar los pasos no habilitados con presencia militar, no para impedir el ingreso al país o agredir a los migrantes, sino para que ellos entren por medio de los canales formales, con el objetivo de llevar una estadística precisa y buscar resultados eficientes y convenientes. Lo anterior no implica tratar a las personas como un número ni promover la antiinmigración, sino que más bien implica establecer una buena administración y gestión de la situación. Tampoco implica vulnerar los derechos y dignidad humana, se trata simplemente que, ante tiempos complejos, es razonable tomar medidas un poco más restrictivas para evitar los efectos negativos, como los que tenemos a la vista, y así promover una mayor seguridad a los migrantes, para que los nacionales no vean que la inmigración sea una amenaza.

Finalmente, creo que los cristianos tenemos una doble responsabilidad, no solo por una acción espiritual, sino también por una acción pública en que se exija a las autoridades políticas que tomen medidas al respecto; así como también exigir a aquellos cristianos que se encuentren o pretenden estar en las esferas de poder, que apliquen políticas públicas y avances legislativos en pos del bien común. Recordemos que en el juicio de las naciones, el trato al extranjero es un elemento muy importante el cual Cristo juzgará. Por esa razón, esta problemática debe abordarse a la luz de la Palabra de Dios en todas las dimensiones que pueda ser aplicada, y de la sabiduría que de ella podemos extraer para solucionar esta problemática. 

*Cientista político. Miembro de la iglesia Comunidad Cristiana Vida en Cristo, Ñiquen.

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